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jueves, 3 de mayo de 2012

Greenaway, pura imagen


Peter Greenaway es una figura lo suficientemente magnética como para impresionar a un nutrido grupo de periodistas experimentados (de esos dispuestos a asegurar que no se impresionan fácilmente) durante una hora de preguntas, y dejarlos con ganas de más. Es lo que hizo recientemente en Sevilla, adonde acudió invitado por el Cicus. Rápido, elocuente, con la justa dosis de humor e ironía, con la llama de gas de sus ojos azules viva pero contenida, hipnotizó a la sala de prensa antes de presentar uno de sus últimos trabajos.

Un poco disperso, se diría que aposta, el galés expuso muchas cuestiones, pero sobre todo una muy llamativa: la idea rompedora de que sobra texto en nuestro mundo, de que ya está bien de leer tanto, que ya somos mayorcitos para empezar a pensar en un lenguaje de imágenes puras, e incluso en una vía pedagógica que pase por la imagen, y no por la palabra. Tales propuestas, dados los bajos índices de lectura que se siguen registrando, frente a la invasión total de imágenes que nos ahoga, podrían parecer un sarcasmo.

Sin embargo, Greenaway sostiene bastante bien su argumentación. Explica que no basta con cultivar la mirada asistiendo a museos o viendo películas, que es fundamental crear también las imágenes, y no valen las excusas alusivas a la falta de pericia: de niños, todos dibujamos, hasta que llega un momento en que, craso error, nos alejamos del papel y los rotuladores...

Es un camino interesante, sin duda, que puede llevar a hallazgos sorprendentes -como ya está ocurriendo desde hace tiempo- en campos tan distintos como el arte, la ciencia o el mundo de los negocios. No obstante, como literófago que soy, debo consignar un punto de desacuerdo con este director. Puede que sobren textos en este mundo, como sobra casi todo. Pero de lo que no estamos sobrados es de lectores. Basta hablar con cualquier profesor de primaria para saber que, al menos en los institutos, la alfabetización no es sinónimo de comprensión de lo que se lee. O pensemos cuántos, de entre los adultos, leen con prisa, en pantallas cada vez más pequeñas, en textos cada vez más fragmentarios, sin calma ni capacidad de reflexión.   

Hace tiempo que quedó desterrada la idea de que la imagen era la enemiga jurada de los libros; sería un error pensar que la fórmula inversa sí funciona. Al día siguiente de escuchar a Greenaway, gran amante de la pintura, me fui a la Iglesia de la Caridad, a ver los Valdés Leal que allí se exhiben. Llevaba casi siete años viviendo en Sevilla y queriendo hacerlo, pero siempre parecía tener otras urgencias. Pensé que el verdadero enemigo es el reloj implacable, la agenda saturada, el ritmo de vida que impone que todo corra ante nuestros ojos como una cinta enloquecida. Caí en la cuenta de que el monstruo del barroco hispalense tenía la costumbre de introducir leyendas en sus cuadros -lo que acaso hubiera irritado a Peter Greenaway-, y de que ya entonces la sensación de fugacidad debía de estresar al más pintado. In ictu oculi, vemos escrito junto a la célebre calavera que sostiene una clepsidra. Así sucede todo, En un abrir y cerrar de ojos...      

lunes, 16 de enero de 2012

Risa contagiosa


Quienes me conocen saben que no puedo ver cine cubano sin emocionarme hasta las lágrimas. Especialmente, cuando La Habana aparece en pantalla. Para mí es como reencontrarme con un antiguo amor cuyas ascuas siguen encendidas. Si aparece decadente, sufro por su degradación. Si aparece esplendente, sufro porque no la tengo. Tal vez por eso, habría sorprendido a muchos verme la semana pasada, a mediodía, riendo a mandíbula batiente en el pase de prensa de Juan de los Muertos, un filme cubano con producción andaluza que acaba de llegar a la cartelera española.


Me esperaba, de entrada, una frikada simpática, a lo Zombies party, y algo de eso hay en la propuesta del director Alejandro Brugués. Pero lo que me sorprendió, como me sorprende siempre, es la enorme capacidad de reírse de sí mismos que despliegan los cubanos, de usar el humor como herramienta de supervivencia. Cuanto más grave ha sido la situación para el común de los ciudadanos, cuanto mayor la descomposición de la sociedad, más agudos se han ido volviendo los chistes, más afinadas las caricaturas.


La situación que describe Juan de los Muertos es el colmo de la crisis, un escenario de masivo contagio zombie donde un grupo de buscavidas tienen que hacer lo de siempre: resolver. No cuentan con el poder, que disfraza su incompetencia bajo la coartada de la conjura imperialista. Están solos ante la adversidad, atrapados entre la voz de una conciencia solidaria y el egoísmo instintivo del sálvese quien pueda. Un trance en el que asoma lo mejor y lo peor del ser humano. O sea, el pan de cada día.

Aquella mirada pragmática que Sergio proyectaba a través del telescopio en Memorias del subdesarrollo, la genial versión de Titón Gutiérrez Alea sobre la obra maestra de Edmundo Desnoes, se ha empapado de sarcasmo cuarenta años después. Ojalá acá, en la vieja Europa, seamos también capaces de ponerle una sonrisa así a los tiempos que están por venir. Éstos sí, terroríficos.



PS.- Mi amigo René me telefoneó para contarme que salía en la película: "Tengo un papel cortito, pero sabroso, ya tú sabes". Alcancé a reconocerlo en los cuatro segundos en los que aparece siendo despedazado a machetazos, pero sólo los grandes actores son así: lucen hasta en los más fulgurantes cameos.

domingo, 7 de febrero de 2010

Un rostro


Dejé el libro sobre la mesita de noche con cierto sentimiento de decepción. Push, de Sapphire. Otra historia de marginación, de gente hundida a la que se le tiende la mano, otra historia de superación personal, de redención por la educación y la cultura. Una historia que se ha contado ya muchas veces. Un best-seller americano, en el peor sentido. El hecho de que subraye tan machaconamente los pasajes más escabrosos -la sistemática violación de la protagonista por parte de su padre, del que tendría dos hijos- tampoco iba a conmoverme demasiado.

Sin embargo, la curiosidad me llevó a ver la versión cinematográfica de Lee Daniels. Y bastaron los primeros fotogramas para hacerme un nudo en la garganta que no aflojó hasta los créditos finales. Eso de que una imagen vale más que mil palabras es una gran falacia, pero a veces funciona. Esta cinta es un ejemplo de superioridad del cine sobre la literatura.

Verán, Edmundo Desnoes necesitó 200 páginas magistrales para explicar desde La Habana el espíritu del subdesarrollo; pero a Tomás Gutiérrez Alea, en la pantalla, le bastó congelar el gesto de una negra bailando guaguancó para decir: "ya ven, esto es el tan cacareado subdesarrollo".

Algo similar he sentido al ver a la actriz Gabourey Gaby Sidibe. Su rostro es la encarnación de todos los estigmas sociales: mujer, negra, pobre, poco agraciada y, según el colmo de lo políticamente correcto, horizontalmente desafiante, estúpido eufemismo de gorda. La mirada de esa chica es desoladora. La sospecha de que hay miles como ella, de una inconsolable angustia. Basta su presencia para decirlo todo.

Esta semana, Precious coincidía como estreno de cartelera con Tiana y el sapo, la primera princesa negra de Disney en sus 90 años. ¿Son las divas del Yes, she can, el modo en que la Obamanía va a hacer visibles a muchísimas mujeres que hasta ayer no lo eran? lo ignoro. "Obama -me escribe un amigo desde Estados Unidos, no sin cierta sorna- creía que podía caminar sobre el agua sin hundirse, pero de pronto ha descubierto que se ha hundido hasta cintura". Tiene toda la razón. Pero ya era hora de que alguien se ocupara de todas las Precious Jones del mundo. Valdrá la pena incluso fracasar en el intento.

martes, 5 de enero de 2010

Antonio de la Torre a dieta


Ya pasó la Navidad y toca recuperarse de los excesos gastronómicos propios de esas fechas. Pensando en ello estaba cuando me vino a la cabeza el heroico ejemplo de Antonio de la Torre, protagonista del filme Gordos. El actor debe de residir cerca de mi barrio, porque me lo encuentro a menudo en el bar de la esquina, buscando la señal del wi-fi en su portátil, o comprando en el mercado de Feria.
En el pasado Festival de Cine Europeo lo entrevisté a propósito de un premio que le concedían. Aunque en sus tiempos ejerció como periodista deportivo, no fue del todo fácil abordarle, pues a priori se mostraba un poco espídico, y tal vez un poco a la defensiva, también. Pero acabé disfrutando y riéndome como hacía tiempo que no me reía en una entrevista. Aprovecho para reproducirla y anunciar que me aplicaré la dieta, pero después de los roscones de Reyes:
–¿Quién le iba a decir a usted que la misma RTVA donde empezó como periodista le premiaría como actor?
–Cuando estaba como periodista, el reconocimiento que quería es que me hicieran fijo. Uno va marcándose sus objetivos: el periodista quiere un contrato fijo... ¿tú eres fijo?
–Por suerte.
–¿Ves? ...Y el actor, como fijo no se puede hacer, quiere que le den premios.
–Pues con Gordos parece que van a lloverle. Dicen que está que se sale.
–Pero lo dicen refiriéndose a la gordura [risas]. ¡Anota eso!
–Anotado. ¿Está haciendo sitio en sus vitrinas?
–No sé yo qué decirte. Agradezco mucho que me digas eso siendo un periodista, un compañero, pero no tengo sensación de esa aclamación popular. Hay de todo, gente a la que le parece muy bien mi papel, gente a la que no tanto... No me veo con demasiadas opciones para el Goya, para ser sincero.
–En el filme Super size me, Morgan Spurlock decía que al engordar aprisa se deprimía. ¿Sufre más el alma que el cuerpo?
–A mí lo que me pasaba es que el actor estaba encantado por un lado, pero como persona me decía what the hell is this?, era todo un poco contradictorio. El cuerpo, ¡puf! no podía casi atarme los cordones, dormía con dificultad, estaba todo el día cansado, me ahogaba... Una sensación bastante heavy.
–Tengo entendido que en la saga de Bridget Jones, Renée Zellweger tuvo que engordar y adelgazar tres veces. ¿Usted se ve haciendo Gordos 2?
–Dani [Sánchez Arévalo, el director] no me haría esa putada. No, no me veo tanto. Qué te digo yo, si hay que engordar para otro papel un poco, bueno. Pero esta barbaridad de coger 30 kilos, nunca más. Piensa que tengo 41 años, aunque me considero que estoy en forma, pero a partir de cierta edad, ese viaje de kilos es un peligro...
–¿Y adelgazando como Christian Bale en El maquinista?
–Eso es fascinante, pero ¿ves? Ese adelgazó 30 kilos y ni lo nominaron para el Oscar... Hay que tener en cuenta que una cosa son los papeles y otra la interpretación. Hay cosas como la manera de moverme, en la que yo no tenía que hacer nada, simplemente me desenvolvía como estaba. Otra cuestión es reflejar los conflictos, las cosas que le pasan al personaje.
–¿Debemos defender el cine europeo aunque no estemos muy seguros de qué es Europa?
–Si te digo la verdad, y aunque sea políticamente incorrecto decirlo en un festival, yo defiendo el cine en general, no me gusta ponerle etiquetas. Dicho lo cual, está de puta madre que haya festivales, los amo, el Europeo, el Iberoamericano, el de al-Andalus, maravilloso. Pero no soy excesivamente patrio. Las buenas historias me parecen fascinantes vengan de donde vengan. Y las malas me dan por saco, vengan de donde vengan.
–Paz Vega ha demostrado que Hollywood no quedaba lejos de Triana. ¿Usted se ve cambiando la calle Feria por el Paseo de las Estrellas?
–A estas alturas de mi vida no me veo dando un cambio radical. Si cayera la breva, sí me puedo ver aceptando un proyecto. Pero sinceramente, ya me parece bastante tarea conseguir trabajar aquí, en el cine español. Sí me gustaría hacer algún papel en inglés, algo modestito, tipo una coproducción rodada en inglés, o algo así. Pero no me imagino a Michael Mann llamándome, como a Luis Tosar.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Eso que llaman éxito (y V) Celda 211

Esta edición del Festival de Cine Europeo me deparó otros encuentros dignos de mención: me topé con los ojos pequeños de John Hurt, al que yo siempre recordaré almorzando en la nave Nostromo poco antes de que Alien se abriera paso entre sus vísceras; también con los ojos enormes de sir Ben Kingsley, que sigue teniendo las hechuras de Gandhi aliñadas con unos modales exquisitos; conversé con Jostein Gaarder 18 años y 26 millones de ejemplares después de El mundo de Sofía, y con el actor Antonio de la Torre -a la sazón vecino de mi barrio- con 30 kilos menos que en el filme Gordos...
Pero la película de la que todo el mundo me habla estos días es Celda 211. Yo confieso que tuve la novela dando vueltas por casa durante años, sin que me animara a meterle mano. Creo incluso que llegó a estar en un montón de libros que tengo a la entrada para donarlos a alguna librería de saldo, hasta que supe de su versión cinematográfica y me dije: veamos de qué va esto.
Debo advertir que el autor de Celda 211, Francisco Pérez Gandul, es periodista deportivo, profesión que exige capacidad para sostener el tono épico e ilimitada capacidad de fabulación, sobre todo en época estival, cuando acaba la liga y se abren las especulaciones sobre traspasos y fichajes. Este sevillano trabajó además en El Correo de Andalucía, y aunque no nos hemos encontrado nunca personalmente fue de lo más amable respondiendo al cuestionario que le envié.
Ahora que la película arrasa en taquilla, puedo decir que la novela Celda 211 dista de ser una obra redonda. Posee un planteamiento directo y atractivo, pero adolece de giros inverosímiles, personajes mal dibujados, diálogos poco naturales. Es una ópera prima mejorable, como casi todas. Lo que me da una enorme curiosidad es descubrir cómo el director Daniel Mozón, apoyado en un actorazo como Luis Tosar, ha logrado limar los defectos del texto para hacer ese peliculón que hoy es el asombro de todos.
Hace unas semanas, el cubano Leonardo Padura me hablaba de mi querido Edmundo Desnoes en estos términos: "Desnoes es autor de una sola novela, Memorias del subdesarrollo, pero mientras que el cine tiene la costumbre de destrozar todos los libros que toca, él tuvo la suerte de que le hicieran una obra maestra". Creo que Kubrick también supo mejorar toda la literatura que tocó, ya fuera Nabokov, Schnitzler, Arthur C. Clarke o Stephen King. Y eso porque el buen cine no se limita a trasladas fielmente a la pantalla el mundo de una novela: va siempre más allá, lo desarrolla, lo amplifica, lo ensancha, lo enriquece.
Francisco Pérez Gandul no debe sentirse peor por ello, ni mucho menos. Es el padre de una criatura capaz de seguir creciendo en otras manos, y eso es mucho. Tampoco el segador de trigo es el artífice del pan, pero no cabe duda de que sin su contribución la mesa quedaría mucho más triste y deslucida.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Eso que llaman éxito (III) Paz Vega

Varias compañeras de mi periódico recuerdan a Paz Vega cuando estudiaba con ellas en Ciencias de la Información. Cuentan que ya por aquel entonces la trianera no pasaba desapercibida entre los varones, lo cual no significa nada, porque dicha Facultad es un inveterado vivero de estudiantes bellas. Es curioso ese designio que envía a unos a Hollywood y a otros, por ejemplo, a El Correo de Andalucía. Paz Vega se codea con los astros de la Meca del Cine, se morrea con el deseado Colin Farrell en la recién estrenada Triage, gana una millonada por poner sus grandes ojos negros y su mentón partido ante la cámara; sus antiguas compañeras, en cambio, echan horas extra en jornadas estresantes por mil y pico euros. Claro que cuando Paz Vega estrena una película todo el mundo se apresura a denunciar que es un actriz francamente mala, mientras que mis amigas son felicitadas con frecuencia por su buen hacer; además, si en un periódico se comete algún error -que alguno siempre hay- se solventará con una simple fe de errores y servirá para envolver el pescado de mañana. Paz Vega podría ganarse hoy la vida haciendo entrevistas, pero la suerte ha querido que sea ella quien las ofrezca. En este último trabajo, casualmente, la actriz hace de novia de un reportero. Para que luego digan que este gremio nuestro no es endogámico.

Eso que llaman éxito (II) Colin Farrell

Tantos años entrevistando a famosos, famosetes y famosillos no me han ayudado a comprender del todo cómo opera en la mente humana eso que llaman éxito. Fernández Mallo -que, como Ildefonso Falcones, se vacuna contra la pérdida de la realidad manteniendo sus ritos y levantándose cada mañana a las siete para ir a su trabajo de siempre- me contaba que ve el fulgurante ascenso de su carrera literaria desde fuera, como una película donde actuamos todos, pero en la que él no necesariamente participa.
Iba pensando en eso camino de la rueda de prensa que tendríamos con Colin Farrell, al sol ligero en una de las terrazas del hotel M, junto a la Giralda. El día antes nos habían obligado a ver -como condición sine qua non para acceder a las entrevistas- una película bastante pobre como es Triage. Y allí estaba su prota, gafas Ray Ban, camisa bajo rebeca gris estrechita que a mí me quedaría fatal, aretes en ambas orejas, cigarrillos American Spirit en los labios.
Será porque acaba de morirse un grandísimo actor, José Luis López Vázquez, que de pronto sólo puedo ver a Colin Farrell metido, como aquél, en una cabina de teléfonos en Última llamada. Si hago un esfuerzo puedo reconocerlo también bajo una capa de tinte rubio en Alejandro Magno, y rapado con una diana tatuada en la frente en Daredevil. Y fumando muy seguido, como ahora, en El sueño de Cassandra, de Woody Allen. No doy para mucho más.
La rueda tampoco rinde demasiado. El sol nos quema las coronillas. Colin Farrell accede a hablar de la polémica acerca de un vídeo suyo de contenido sexual cuya circulación por internet ha intentado impedir judicialmente, sin éxito hasta ahora. La pantalla grande le ha dado la fama, la diminuta de los archivos avi le está amargando la vida.
Se indigna pero acaba resignándose. Internet, dice, es demasiado grande, no hay nada que hacer, está fuera de su control. Se vacuna haciendo su vida de siempre. Trata de ver todo lo que pasa como si fuera irreal, como una película donde actuamos todos, pero en la que él no necesariamente participa.

martes, 27 de octubre de 2009

De repente, Roman Polanski

Fueron sólo unos segundos. Un gorila le abrió la puerta de aquel garito y salió escoltado por dos rubias -ese tipo de polaca intachable, de ojos azulísimos, largas piernas y cabellera flamígera- mucho más altas que él. Yo subía en ese momento los pocos escalones de acceso al pub y me quedé congelado. Ni siquiera pudimos cruzar miradas, porque parecía mirar a todas partes sin fijarse realmente en nada. Un coche negro frenó en la puerta y lo engulló. También a las rubias.
Ahora dicen que está preso, que la cagó a base de bien hace 30 años. Creo que debería haber dado la cara antes, creo que no hay que esperar a que pasen 30 años de nada. Creo que la fama es una losa y el corporativismo mal entendido una actitud peligrosa. Como se dice en el cine, el tipo está metido en un buen lío. Como se dice en el cine, no quisiera verme en su pellejo.
Lo veo en las fotos de la prensa y recuerdo con intensidad aquella noche. Mi plan era pasar unos días en Varsovia solo, como primera escala para conocer algo del país. En el avión conocí a un chico muy simpático, de Alcalá de Henares, que viajaba para hacer un curso avanzado de polaco. En su localidad la población polaca supera los 4.000 habitantes, y según me confesó había empezado a estudiar su lengua como todos, para ligar. No sé si mucho éxito, pero un nivelizado sí tenía.
Como él también estaba solo, me invitó a dar una vuelta al anochecer. Tradujo amablemente la carta del restaurante y me condujo por los locales diseminados a la espalda de Nowy Swiat, llenos de gente guapa. A la entrada de uno de ellos se produjo el encuentro con el personaje en cuestión. A mí me hizo mucha gracia, porque no hay mucha gente que se encuentre con Almodóvar en su primera noche en Madrid, ni con Woody Allen en su primera noche en Manhattan.
-¿Quién es? - preguntó mi amigo al ver mi expresión de sorpresa.
-Nadie -respondí-. Alguien que hace películas.

viernes, 23 de octubre de 2009

Madrid de puente (y III) Soledad en pantalla

Ese puente pude comprobar que los fines de semana no sólo se llenan hasta la bandera los teatros madrileños, sino también los cines, lo cual parece aún más extraordinario. Como todo el mundo a nuestro alrededor, dudamos unos instantes entre Tarantino, Woody Allen y Campanella, y al final optamos por el argentino. El secreto de sus ojos es una buena película, desde luego, llena de triquiñuelas, eso también, lo que Borges llamaría "un poco maquinita", pero sustentada por unos trabajos actorales formidables.
Ahí en la pantalla me gustó ver de nuevo a Soledad Villamil, a la que entrevisté hace ya más de un lustro cuando vino al Festival Iberoamericano de Teatro (FIT) de Cádiz. Yo estaba un poco fascinado por haber visto no hacía mucho El mismo amor, la misma lluvia, una película que conquista instantáneamente, pero que a duras penas resiste dos o tres visualizaciones. De la entrevista no recuerdo gran cosa, lo cual quiere decir que no hablamos de nada muy revelador y que mi memoria no da para mucho.
Sí que retengo que Soledad venía con su hijo pequeñito, que ya debe de estar haciendo la mili, y sólo se separaba de él para subir a las tablas. También que allí arriba cantaba e interpretaba y lo hacía muy bien, mejor que en el cine, donde se empeñan en clavarle unos primeros planos muy difíciles de sostener. En el filme de Campanella no está mal, pero es tan aplastante la presencia de sus compañeros, que acaba pareciendo una novata, o casi.
De todos modos, me gusta verla de nuevo en la pantalla grande, como me gusta saber que pasó por Cádiz, por ese FIT cuya nueva edición está a punto de comenzar, y en el que también actuara años antes el propio Ricardo Darín, o el gran Walter Reyno, que está gigantesco en El aura. Por allí pasó Soledad, más alta de lo que parecía en el cine, con un inconfundible lunar en la nariz y unos ojos bonitos y un poco tristes, idóneos para los papeles dramáticos.

domingo, 14 de junio de 2009

En PhotoEspaña (II) Roberto Andò

Me lo imaginaba mucho mayor. "Roberto -me dijo Scianna sonriendo- es muy mayor, pero por dentro". No he visto nunca ni un título de su filmografía, pero me atrapó un librito suyo, Diario sin fechas, que tuvo en España una tirada tan minoritaria que he llegado a creer que soy su único lector.
Más joven de lo que había pensado, como decía, de semblante noble y conversación riquísima, Roberto Andò volvió después de un tiempo de autoexilio a su ciudad natal, Palermo, para ajustar cuentas con ella. Pero, cuando ya estaba preparado para arremeter, descubrió que aquella "ciudad perpleja" de la que hablaba Lucio Piccolo era ya en realidad una ciudad muerta. Conozco esa sensación porque he sentido cosas similares con mi Cádiz, que según se mire puede a ratos tener más de Comala que de Macondo. Lo bueno de caminar sobre las ruinas -de lo que una ciudad ha sido, de lo que ha sido para ti, de lo que tú fuiste en ella- es que, entre la elegía y la esperanza, entre lo que está a punto de perderse y lo que aún no ha nacido, todo está por hacer.

domingo, 1 de marzo de 2009

Aronofsky y el rock americano

Iba predispuesto, sí, a que me gustara, y no salí defraudado del cine. Me apetecía reencontrarme con ese Mickey Rourke resurrecto después de El corazón del ángel, y a quitarme el mal sabor de boca que me dejó Darren Aronofsky con Réquiem por un sueño. Iba dispuesto a que me contaran de nuevo la fábula del ídolo caído, de la estrella que se apaga y tiene que aprender a seguir adelante. Y a abandonarme a la estética del fracaso, a la que muchos rendimos culto en nuestros primeros poemas porque creíamos que así sobrellevaríamos mejor, e incluso dignificaríamos, nuestras propias, pequeñas derrotas sentimentales.
Lo que no esperaba encontrarme era una banda sonora tan ajustada al mensaje de la película. La música de The wrestler está trufada de viejas glorias del rock americano. Me costó reconocer, de tan vieja, la canción de Quiet Riot que acompaña a cada salida al ring del personaje de Ram, ese amarillento Metal health. Más fácil fue identificar la de Firehouse -yo prefería Don' t treat me bad y All she wrote- y el Balls to the wall de la etapa decadente de Accept. Vetustos hits de los que ya nadie se acuerda. ¿Dónde están esos tipos que ayer llenaban estadios, y paredes con su efigie en los pósters, y no daban abasto con tanta groupie? ¿Qué se hizo de esos nombres que nos sabíamos de memoria como si fueran míticas alineaciones de fútbol, y que hoy son fantasmas extraviados en la memoria, pálidas figuras de cera en el museo de nuestros días perdidos?
Y no porque fueran buenos, no. He vuelto a escuchar alguna de esas canciones y me parecen malísimas. No digamos si busco los clips en Youtube. Madre mía. Y sin embargo, casi me echo a llorar cuando el viejo y hormonado Rourke se pone a canturrear el Round and round de los Ratt, y llega a la conclusión de que "los 90 fueron una mierda", o algo así. Claro, vino Kurt Cobain y su nihilismo desengañado y lo barrió todo. Pero no es que los 80 fueran lo máximo en buen gusto y creatividad. Es que teníamos toda la vida por estrenar y aguantábamos todos los combates que quisieran echarnos encima.

Quiñones (I) Suspenso general

Hace unos meses, un lector asiduo de este blog me sugirió, con toda justicia, dedicar una entrada a Fernando Quiñones con motivo del 25 aniversario de La canción del pirata, su mejor novela. También el año pasado se cumplían diez años de la muerte de Fernando, y los 40 de la creación de Alcances, la muestra cinematográfica que él impulsó cuando Cádiz era el desierto cultural más árido que cabe imaginar. No sé si no quise o no pude escribir sobre ello. Ahora, terminando de leerme Las crónicas del hombre, reciente biografía del escritor firmada por la profesora Amalia Vilches, siento dos cosas. Una, que el parcial olvido en el que se encuentra Quiñones es un fracaso colectivo, un suspenso general del que todos habremos de redimirnos. El primer culpable podría ser él mismo, que nunca cuidó las formas, pero que bien podría alegar a su favor haber cumplido de sobra con su imponente obra, como diciendo: ¿qué más quieres, picha?
La segunda culpa correspondería a la familia, que no fue consciente, nunca del todo, del escritor que tenía en casa. Es algo muy común, pero no por ello menos determinante, sobre todo a la hora de crear una fundación sin empuje y sin presupuesto. Todavía hay quien piensa que es el Ayuntamiento de Chiclana quien hace un favor a Quiñones manteniendo su patrimonio en un piso, como si fuera un mileurista. De la tupida red de pequeñas miserias que han rodeado a la fundación hasta ayer nos ocuparemos otro día, o no nos ocuparemos.
Sigamos con los insuficientes, o mejor, con los Necesita mejorar: la Universidad, que durante años no le hizo ni puñetero caso y por poco no logra aprobar el honoris causa, estando ya Fernando muy malito. La dirección de Alcances, que este año pasado registró la taquilla más baja de su historia y se niega a rendir cuentas, hasta el punto de no facilitar a la prensa los datos de asistencia. El mundo del flamenco -incluyo al CAF y a la Agencia- que no han tenido el detalle de dedicarle ni un ratito en todo 2008, ¡con la de ratitos, y días y noches que dedicó Fernando al arte jondo! Los escritores y amigos, que han apostado por cualquier otro caballo ganador en tanto pensaban que la marca Quiñones no daba jurdós o lustre, o simplemente hemos sido del todo incapaces de reflejar la verdadera dimensión del personaje o poner de relieve, como se merece, la altura de su obra.
Leyendo el esforzado trabajo de Amalia Vilches, a pesar de alguna que otra inexactitud y algunas inconvenientes afectaciones, he vuelto a sentir, eso sí, que Quiñones es mucho Quiñones, y que acabará encontrando su legítimo sillón en el Parnaso, con nuestra ayuda o sin ella. Quizá sean las generaciones futuras las llamadas a conquistar con nota esa asignatura pendiente. Pero si fuéramos nosotros mismos, tanto mejor. No por Fernando, sino por nuestra propia dignidad y nuestro bien.

lunes, 23 de febrero de 2009

Días de Facebook (II) Los Galiardo

Entrevisto a Juan Luis Galiardo con motivo de un homenaje que le tributan en Alcalá de Guadaíra. El galán, a sus 68, luce visibles arrugas y el cabello empieza a escasearle, pero -como su compadre Juan Diego- no ha perdido el brillo de la mirada. Esa luz que tienen ambos es la llama que los mantiene ahí. Coqueto como él solo, le da instrucciones a mi fotero, Antoñito Acedo: "El gran fotógrafo Alcaine decía que, a partir de una edad, primeros planos y sin mucha luz. Primeros planos, y buscar el alma del personaje", dice, confiado de que el alma no críe patas de gallo. Pero es un grande, desde luego: un cómico de los que quedan pocos, con arrugas o sin ellas.
De vuelta al ordenador me encuentro casualmente en el Facebook con su sobrino, Juanito Galiardo, joven pero excelso pianista. Hacía tiempo que no hablábamos y aprovecha para telefonearme y hablarme del festival de jazz que monta en Cádiz cada año, de lo difícil que es sacar estas iniciativas adelante. Le conocí cuando estudiaba magisterio, pero ya era un bicho de las teclas, se lo rifaban todos. Luego se fue a Berkley, que es algo así como la NBA de la música, donde todos los profesores son monstruos y recibes clases particulares de gente cuyos discos veneras. Ahora, cada vez que preguntas por él, está en Japón o en Filipinas de gira. A Juanito le agradezco, además, haber grabado un delicioso piano en nuestro disco Olla de Grillos, y de haber participado con su arte en el documental Veinte años no es poco, del director Antonio de Cos.
Pero mi mayor gratitud la reservo para su padre, Juan Gómez Macías, pintor de colores asombrosos y hombre agudísimo, autor de una madrugadora portada de nuestra revista Caleta y, como responsable del aula de literatura de San Roque, el primer insensato que apostó por mi poesía y decidió publicarla. A él le debo la plaquette El yo y el Ella. No me olvido del momento en que me bajé del autobús de Algeciras, separado de San Roque por una ancha carretera, ya con la noche medio caída y con un tráfico infernal, preguntándome: ¿Y si me pilla un coche y me muero sin ver mis poemas impresos?
San Roque también es la patria chica de gente como Carlos Castilla del Pino o Andrés Vázquez de Sola, lo que sugiere una impronta de genio y demencia a partes iguales, de sensibilidad y desbarajuste tremendamente productivos. Habrá que estudiarlo. O mejor, habrá que volver por allí, que ya toca.

sábado, 21 de febrero de 2009

Regreso de Leopoldo María Panero

Aunque lo tendré cerquita, a tres calles, no iré esta noche al recital de Leopoldo María Panero. Ya lo vi muchas veces en El desencanto de Chávarri, hasta aprenderme de memoria pasajes enteros. Lo vi en Después de tantos años, en pantalla grande, y no me olvido de Quiñones a mi lado, suspirando "¡Michi!" al ver al menor de los hermanos, aquel Mickey Rourke ibérico y dipsómano, arrastrando penosamente los pies. Le rendí tributo, con Iván, en la londinense calle de Carnaby Street, una noche negra de chirimiri, noche de homenajes improvisados, después de descubrirnos ante la casa de Heinrich Heine. Fui a verlo a su hotel cuando vino hace un par de años a Sevilla, invitado por el Spoken Word, y ya no había casi manera de entrevistarlo, aunque todavía era capaz de lanzar algún destello de lucidez, alguna frase lapidaria, propia o robada de Baudelaire o Lautreamont. Fui al teatro Lope de Vega a ver el espectáculo que compartía con Carlos Ann y Bruno Galindo. La guinda era él: salió con sus insustituibles cigarrillo y cocacola, farfulló un poema apresurado, maldijo entre dientes y desapareció entre bambalinas. Lo que más me molestó fue el gesto de uno de los del grupo, sonriendo hacia el público y juntando las manos como quien pide perdón. Discúlpenle, parecía decir, él es así. Es que está loco. ¿Pero a que mola?
Ayer volví a verlo, volví a ensayar sin éxito una entrevista. Estaba en la terraza aledaña del hotel Doña Blanca, bebiendo cafés uno tras otro sin que a nadie se le ocurriera pedírselo descafeinado, metiéndose el filtro entero de los marlboro en la boca, aspirando y desmenuzándolo a la tercera calada. Ya sólo le veo sonreír cuando alguna chica está cerca, pero carece de capacidad para hilar el menor discurso coherente. Sólo vuelve una y otra vez sobre la idea de que han querido matarle: lleva veinte años con eso.
La gente joven, los nuevos escritores, le veneran como a un ídolo del rock. Hay motivos: creo que firmó algunos de los mejores poemas en nuestro idioma de todo el siglo XX, pero el Panero de 2009 es un señor que necesita calor y atención médica, no fans incondicionales. En algún sitio escribí que los muertos y los locos, que tanto miedo inspiran, gozan a la vez de un raro prestigio: se han asomado a lo desconocido y vuelven con noticias del otro lado. También tienen parentesco con los niños pequeños: todo el mundo quiere verlos, tenerlos en brazos y hacerles morisquetas, pero sólo un ratito.

domingo, 8 de febrero de 2009

Jesús Torres, just do it

En el mercado de Feria suelo encontrarme con algunos de los rostros culturetiles más interesantes de la ciudad. Ya he contado alguna vez que veo con frecuencia al escritor José María Conget. También me cruzo siempre con Antonio de la Torre, que ganó un Goya por Azul oscuro casi negro, y fue periodista deportivo antes que actor. Y veo a menudo, cargado de bolsas de fruta y verdura, a Jesús Torres.
Este guitarrista fue para mí, junto con su compañera, la exquisita bailaora Isabel Bayón, uno de los grandes descubrimientos de mi fugaz paseo por Tokio. La semana pasada volví a encontrármelo, esta vez en rueda de prensa previa a la presentación de su disco en solitario, Viento del Norte, un trabajo hondo y bello, lleno detalles de clase y emoción contenida, sin aspavientos exhibicionistas. Torres, sin embargo, no se considera un solista. Lo suyo es y ha sido siempre tocar para el baile. ¿Por qué se animó, entonces, a grabar este trabajo? Él se encoge de hombros: hubiera sido peor, dice, quedarse con la duda de si sería o no capaz de hacerlo.
Yo animo a todo el mundo a hacer lo mismo con la Literatura: escribir, que el verso y la prosa no sean patrimonio único de los que nos consideramos escritores. Si sale algo bueno, el mundo habrá ganado un texto valioso; si el resultado es malo, alguien se dará cuenta de que escribir bien no es ninguna tontería. Pero hay que hacerlo. No por la fama, ni la gloria, ni el dinero. Sólo porque, como decía Edmund Hillary, el mejor motivo para querer subir al Everest sigue siendo porque está ahí.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Días de Facebook (I) Los Barnatán

Pues sí: por si no tuviera suficiente con tres teléfonos, dos cuentas de correo, una de MSN y el blog, he sucumbido a la tentación del facebook, ese divertimento burgués del que no tardaremos, también, en cansarnos. Lo que me interesa del invento es la posibilidad de reencuentro que presta, esa suerte de segunda oportunidad que nos brinda para retomar amistades extraviadas, quién sabe si también de revivificar amores marchitos y medio olvidados.
A mí me ha dado mucha alegría, por ejemplo, citarme de improviso en ese rincón virtual con Marcos-Ricardo Barnatán y su familia. Cuando terminé mis Palabras mayores y me dispuse a buscar prólogo, dudé entre pedírselo a alguna firma más o menos famosa, como Savater, o a quien no siendo tan célebre gozara de otra clase de prestigio. No me arrepiento nada de haberme decantado por la segunda opción. Barnatán, novelista y crítico de arte, argentino de cuna pero con el alma y el aspecto de un sabio de Sefarad, era y es el autor de la mejor biografía que hay sobre Borges en español, y por ello me atreví a pedirle unas líneas. No sólo no dudó en remitirme el texto deseado con sello urgente, sino que aceptó venir a Cádiz a presentármelo, y consintió la misma molestia en el acto similar que celebramos en la madrileña Casa de América.
El regalo de tener a Barnatán en mi ciudad fue, además, doble, pues vino acompañado de su esposa, Rosa Pereda. Maestra de periodistas, activa currante en el germen de El País, autora también de un montón de libros que van de la pintura a la política, Pereda -como la llama el propio Marcos- es una mujer sencillamente cautivadora. Puede parecer una tontería, pero la recuerdo muy a menudo cuando tomo un taxi: "el medio de transporte de los periodistas", me dijo cuando confesé que no tenía carné. Aún conservo con cariño en mi casita de Cádiz un tosco muñeco de palo que ella me regaló, comprado en la Plaza de la Catedral a un veterano heroinómano: yo no tiro nada que me evoque momentos felices.
Un par de veces visité la casa de los Barnatán en Madrid. La primera vez me abrió la puerta el hijo, Jaime, jovencito educado y sonriente, que hoy es una pujante figura del cine y la tele. Debutó, si no me equivoco, en El día de la Bestia, luego ha hecho muchas series y filmes, desde Torrente a El Comisario, y hasta sigue los pasos de sus progenitores haciendo pinitos literarios. Creo que me gané el respeto de una ahijada mía el día que le dije que yo conocía a Chuky, su personaje favorito en Los Serrano.
No hace mucho, Marcos-Ricardo Barnatán sufrió un infarto. Me alegra mucho que saliera de ese trance, y encontrármelo ahora de vez en cuando en la ventanita del carelibro, como dicen los colombianos. Pero no puedo olvidarme en esta enumeración familiar de la madre de Marcos, aquella señora adorable que me sorprendió con su visita cuando presenté mis Palabras mayores en Buenos Aires. Pensé que acudir a aquel acto era para ella una forma de estar cerca de su hijo, siquiera un instante, y de revalidar ese orgullo de madre cuando tocara oír su nombre seguido de los obligados elogios y gratitudes. Sentada en primera fila, yo la veía asentir con la cabeza y sonreír comprensivamente, como si dijera: "Sí, hijo, yo ya sé lo que es tener en casa a un chiflado por Borges".

lunes, 2 de febrero de 2009

Dani de Zayas, qué buen oído

Me llevé un alegrón cuando vi su nombre entre los candidatos a los Goya, y no dudé en destacarlo en titulares. Días después me lo encontré en la Casa del Libro, y me dio las gracias efusivamente. Es lo menos que podía hacer, dije con toda franqueza. Comentó que iba a tener que vérselas con los mejores profesionales del país, pero nada podía bajarlo de la nube. "Me siento como una princesa", dijo con sorna. Pues bien, hoy Dani de Zayas ya es reina.
De él supe en principio por Iván, que hace unos años logró embarcarse en el equipo de la película Invierno en Bagdad, de Javier Corcuera. En aquel castigado Irak conoció y trabajó hombro con hombro con Dani, Julio, Mariano, gente toda de lo más grato y competente del cine sevillano. La primera noche que salí por Sevilla como vecino de la ciudad me encontré a Dani en el mítico bar Hércules -no confundir con el Hércules Mítico- tomando cañas con Antonio Dechent, y sentí que recibía una buena bienvenida.
Con posterioridad me lo he ido encontrando en muchos rodajes y saraos. Y, puesto que este mundillo es muy chico, supe que Raquel, una de mis mejores amigas, iba a casarse con un primo suyo. "En casa -me dijo este pariente- todo el mundo pensaba que mi primo Dani estaba loco cuando dijo que quería dedicarse al cine. Siempre fue el colgao, el hippy de la familia".
Ayer el hippy de la familia subió a recoger tres kilos de bronce y un montón de aplausos en el foro más importante del cine español. Se lo merece no sólo porque haya hecho un magnífico trabajo en 3 días, película de Javier Gutiérrez a cuyo rodaje tuve la suerte de asistir en Gerena, sino porque lleva mucho, mucho tiempo haciendo las cosas bien, en cintas de Alberto Rodríguez, Santi Amodeo, Álvaro Begines, Chiqui Carabante, Richard Jordan...
Cuando voy a un instituto y los chavales me preguntan qué carrera elegir, cuál puede tener más o menos salidas, les pido que se olviden de eso. Que piensen qué oficio pueden amar, cuál puede realizarles más, y lo abracen como se abraza de veras una vocación, y que traten de ser buenos en él, a ser posible los mejores. La próxima vez les pondré como ejemplo a Daniel de Zayas, ese colgao que hoy mira al mundo desde la cima.

martes, 13 de enero de 2009

1.25 dioptrías

Desde la pasada semana los macarras del barrio no pueden pegarme, me he quedado sin excusa para no saludar a los conocidos que pasan por la acera de enfrente y no hay contoneo de caderas callejero que escape a mi alcance visual: tengo gafas. Camino de la Óptica, iba recordando un episodio dramático de El mar no baña Nápoles, de la Ortese: aquella pobre niña a la que le ponen gafas, haciendo la familia un gran esfuerzo económico, y luego resulta que están mal graduadas, y hay llantos para dar y regalar.
¿Cómo habrían quedado las mías? Y, sobre todo, ¿me cambiarían la vida? ¿Cambiarían al menos mi visión de las cosas? García Montero fue al oculista una vez y de ahí salió uno de sus mejores poemarios, Vista cansada. A mí, hasta el momento, sólo me ha servido para mantener una conversación un poco surrealista con mi amigo Miguelito, en Cádiz:
-¿Te acuerdas de una peli que se llamaba El hombre con rayos X en los ojos? -me preguntó.
-Sí, claro me acuerdo -le dije-. Un tipo que empezaba viendo a las chicas desnudas, y al final tenía que arrancarse los ojos, porque no soportaba ver tanto.
-Así era.
-Es más, recuerdo que la pusieron en la tele un sábado por la mañana.
-¡Es verdad, era un sábado por la mañana!
La memoria de los viejos, dice Aquilino Duque, es así: no sabes donde has puesto las gafas hace un momento, pero te acuerdas de detalles de hace 30 años: los que han pasado, ¡ay!, desde aquella emisión.
Pero mi anécdota favorita alrededor de este tema es una que me refirió mi querido Manu Pérez. Al parecer, conoció a un niño de cuatro o cinco añillos, al que llevaron a una revisión rutinaria de la vista. La conclusión fue que el chaval veía menos que un gato de escayola, porque tenía como cuatro o cinco dioptrías en cada ojo. Había pasado los primeros años de su vida envuelto en una espesa neblina. Cuando aquella criatura se puso sus primeros lentes, dijo una frase que ojalá pudiéramos proclamar cada día:
-¡Mamá, mamá, qué bonito es todo!

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Abajo Batista

De mi última visita a Cuba hace ya cuatro o cinco años. Me divirtió mucho una broma, netamente cubana, que circulaba por la ciudad. Por ejemplo, llegábamos mis amigos y yo a la Casona de Línea y preguntábamos a quien hubiera por allí qué tal todo:
-Aquí, hablando mal de Batista- respondían con sorna.
Pasaban unos conocidos en moto, levantábamos la mano para saludar, y lo mismo:
-¡Abajo Batista!- nos gritaban puño en alto.
Para quien no pille el chiste, ese Batista del que hablan es el que fue derrocado del gobierno cubano hace unos años. Dentro de algunas horas, hará 50 años de eso, que se dice pronto. Pongo la tele y por azar pillo empezada El Padrino II, que muestra a Michael Corleone atrapado en esa Habana explosiva del Año Nuevo de 1958.
Pensé en pasar este fin de año allí, pero los vuelos estaban carísimos y casi todos los amigos lejos: Enrique en Nueva York, Leticia en Miami, Patri en Las Vegas, Jorge en Barcelona, Alberto y Justo en Madrid, Pepe aquí en Sevilla... Cada uno ha hecho su vida lo mejor que ha podido, pero en todos ellos hay un desgarro más o menos traumático, una melancolía crónica y sin cura.
50 años son demasiados para casi cualquier cosa. Ignoramos lo que la letra de los santos nos tendrá reservado para el año próximo en Cuba, pero ojalá que sean vientos de cambio a mejor. Y si llamamos Batista a cualquier forma de tiranía, a la siembra de cizaña entre los pueblos, a cualquier abuso de poder y a quienes condenan a esa gente a elegir entre la penuria, la nostalgia o la demencia, entonces no hay más remedio que gritar, a todo pulmón y en serio:
-¡Abajo Batista!

domingo, 28 de diciembre de 2008

Andreotti, fin de la huida

Uno de los primeros libros que me leí -quiero decir uno de los primeros libros adultos, y leído de cabo a rabo- fue un ensayo que andaba por casa titulado En nombre de Dios. Su autor, un tal David A. Yallop, trataba de esclarecer la misteriosa muerte del papa Juan Pablo I trazando conexiones más que verosímiles (en la tercera parte de El Padrino, Coppola recrea en la ficción una trama similar) entre el Gobierno italiano, la logia masónica P2, el Banco del Vaticano y el crimen organizado. Muchos años antes de pisar Sicilia por primera vez, me dejé fascinar por las relaciones de poder que han podrido durante las últimas décadas las entrañas de ese país querido.
He vuelto a encontrarme con algunos de los protagonistas de aquel libro en la película Il Divo, de Paolo Sorrentino. Me ha encantado, para empezar, la estética de todo el filme, los guiños a la cultura del clip, a Tarantino, a Kubrick. En el guión, la agilidad no riñe con el calado: la imagen se mueve continuamente, pero no deja de hacer diana. Y es sobresaliente el trabajo del actor Toni Servillo, que demuestra que una caricatura puede llegar a ser más fiel que un retrato hiperrealista.
En Sevilla pude conversar hace unos meses con Nicola Giuliano, el productor de la peli. Se me cayó el alma a los pies -y entendí algunas cosas- cuando contó que en la televisión italiana ya apenas hay cine ni documentales, pues la crónica rosa se come media programación. A ello atribuye él que la juventud de su país ignore por completo qué representan, por ejemplo, Aldo Moro o las Brigadas Rojas, dos fenómenos nada remotos, sino más bien de anteayer.
Claro que, pensándolo bien, ¿qué idea tienen los jóvenes españoles de Suárez, Calvo Sotelo o González? ¿Y de Carrero Blanco, o del propio Franco? Si el ejemplo italiano nos sirve de algo, ya podemos empezar a nadar contra la corriente de la desmemoria, siempre eficacísima destructora de verdades.
De momento, la buena noticia es que Andreotti, el que dijo que "en las novelas policíacas siempre se encuentra al culpable. En la vida real casi nunca ocurre", un político que ha derrochado esfuerzos toda su vida, en una huida desbocada, para evitar que la justicia lo abrazara como se merece, ha sido atrapado. Donde no alcanzaba la mano del juez, llegó el arte. El cine ha hecho lo que no pudo hacer ninguna policía. No irá a la cárcel, bueno. Pero que los hechos consten en acta.