Moebius. Inside Moebius vol I.
Davide Toffolo. Pasolini.
Danilo Kiš. Penas precoces.
Rachid Boudjedra. El caracol obstinado.
Teresa Aranguren. Palestina, el hilo de la memoria.
Nikos Kavvadias. La guardia.
Emir Suljagic. Postales desde mi tumba.
Paolo Rugarli. El nido de hielo.
Antonio Tabucchi. Viajes y otros viajes.
Bohumil Hrabal. Trenes rigurosamente vigilados.
Paul Virilio. La administración del miedo.
Chuck Klosterman. Fargo Rock City.
William Saroyan. Memorias.
Liam O'Flaherty. Deseo.
Arthur Cravan. Cartas de amor a Mina Loy.
Edmundo Desnoes. No hay problema.
Vicente Verdú. La ausencia.
Ricardo Menéndez Salmón. La noche feroz.
Hans Christian Andersen. Los zapatos rojos.
Wilhelm Busch. Max y Moritz.
José Ángel Valente. El maestro cantor.
Miguel Ángel Zapata. Fragmentos de una manzana y otros pooemas.
Leonard Cohen. El libro de la Misericordia.
Joaquín Marco. Variaciones sobre un mismo paisaje.
Fernando Sanmartín. El llanto de los boxeadores.
Virginia Aguilar Bautista. Seguir un buzón.
VV.AA. El pájaro y la flor.
VV.AA. Un balón envenenado.
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martes, 1 de mayo de 2012
lunes, 30 de agosto de 2010
La lámpara de Miguel Ortega
Entre las muchas sorpresas que me tenía reservadas, la ciudad de Tokio me brindó hace ya un par de años la suerte de conocer y oír al cantaor Miguel Ortega: un artista más o menos de mi edad, pero con tres décadas de trayectoria a sus espaldas, que junto a mi ya veterano amigo Antonio El Pulga y a Carmen Grilo oficiaba como voz de atrás en un espectáculo que iba a estrenarse en la capital japonesa. Acudí a un par de ensayos del grupo, donde no me pasó desapercibido el hermoso rajo de su garganta, y ya entre sakes y viandas capturadas con palillos comprobé que se trataba de un ser humano de buena madera, así como de un aficionado cabal, curioso y estudioso de los cantes antiguos. En este tiempo ha perdido la frondosa melena de rizos que lucía entonces, pero no sus notables facultades. Hace unos meses presentó su primer disco, Una mirada atrás, que se merece sin ninguna duda una audición reposada y atenta. Y hace apenas un par de semanas, se consagró con la prestigiosa Lámpara Minera del Festival de La Unión. Ojalá que su luz ilumine los pasos de este flameco de Los Palacios por el camino de la felicidad y del buen hacer.
viernes, 2 de julio de 2010
Otras lecturas/ relecturas del mes de junio
Joe Sacco. Notas al pie de Gaza.
Dubravka Ugresic. El museo de la rendición incondicional.
Marcos-Ricardo Barnatán. Naipes marcados.
Javier Mije. El fabuloso mundo de nada.
Haruki Murakami. De qué hablo cuando hablo de correr.
Marcel Schwob. Vidas imaginarias.
Theóphile Gautier. La pipa de opio.
Jules Amedée Barbey d’Aurevilly. La dicha en el crimen.
Carlos Ann. Líneas perdidas.
Nuria Mezquita. Ellas se masturban.
Felipe Benítez Reyes. Vidas improbables.
Abelardo Linares. Y ningún otro cielo.
Ana Rodríguez Callealta. Vértigo.
Ángel Mendoza. Pájaro negro.
Dubravka Ugresic. El museo de la rendición incondicional.
Marcos-Ricardo Barnatán. Naipes marcados.
Javier Mije. El fabuloso mundo de nada.
Haruki Murakami. De qué hablo cuando hablo de correr.
Marcel Schwob. Vidas imaginarias.
Theóphile Gautier. La pipa de opio.
Jules Amedée Barbey d’Aurevilly. La dicha en el crimen.
Carlos Ann. Líneas perdidas.
Nuria Mezquita. Ellas se masturban.
Felipe Benítez Reyes. Vidas improbables.
Abelardo Linares. Y ningún otro cielo.
Ana Rodríguez Callealta. Vértigo.
Ángel Mendoza. Pájaro negro.
jueves, 1 de abril de 2010
Otras lecturas/ relecturas del mes de marzo
Liniers. Conejo de viaje.
Sergio Olguín. Lanús.
Sergio Olguín. Oscura monótona sangre.
Edgar Hilsenrath. Fuck America.
Rodolfo Walsh. ¿Quién mató a Rosendo?
Michel Leiris. Edad del hombre.
Abdelá Taia. Mi Marruecos.
Tariq Ali. Conversaciones con Edward Said.
Kirmen Uribe. Bilbao-Nueva York-Bilbao.
Vladimir Nabokov. El original de Laura.
Román Gubern. Metamorfosis de la lectura.
Jacques Bonnet. Bibliotecas llenas de fantasmas.
Jack Kerouac/ William Burroughs. Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques.
Lampedusa. Lord Byron.
Petros Márkaris. Muerte en Estambul.
Richard Ford. Mi madre.
VV.AA. Por favor, sea breve 2.
Kobo Abe. Idéntico al ser humano.
Francisco de Quevedo. Poesía inédita.
Julio Martínez Mesanza. Elogio del desierto.
José Luis Rey. Barroco.
Sergio DeCopete y García. La ciudad de las delicias.
Daniel Lebrato. Elecciones generales, todo a cien.
F. T. Marinetti. Necesidad y belleza de la violencia.
Sergio Olguín. Lanús.
Sergio Olguín. Oscura monótona sangre.
Edgar Hilsenrath. Fuck America.
Rodolfo Walsh. ¿Quién mató a Rosendo?
Michel Leiris. Edad del hombre.
Abdelá Taia. Mi Marruecos.
Tariq Ali. Conversaciones con Edward Said.
Kirmen Uribe. Bilbao-Nueva York-Bilbao.
Vladimir Nabokov. El original de Laura.
Román Gubern. Metamorfosis de la lectura.
Jacques Bonnet. Bibliotecas llenas de fantasmas.
Jack Kerouac/ William Burroughs. Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques.
Lampedusa. Lord Byron.
Petros Márkaris. Muerte en Estambul.
Richard Ford. Mi madre.
VV.AA. Por favor, sea breve 2.
Kobo Abe. Idéntico al ser humano.
Francisco de Quevedo. Poesía inédita.
Julio Martínez Mesanza. Elogio del desierto.
José Luis Rey. Barroco.
Sergio DeCopete y García. La ciudad de las delicias.
Daniel Lebrato. Elecciones generales, todo a cien.
F. T. Marinetti. Necesidad y belleza de la violencia.
domingo, 3 de enero de 2010
Otras lecturas/ relecturas del mes de diciembre
Gipi. Exterior noche.
Rep. Bellas artes.
Jonathan Swift. Los viajes de Gulliver.
Esther Tusquets. Confesiones de una vieja dama indigna.
Rodrigo Fresán. Historia argentina.
Jerzy Jarzębski. Schulz.
Kenzaburo Oé. Renacimiento.
Cees Nooteboom. Tumbas.
Gertrude Stein. París Francia.
Jules Renard. Diarios.
Charles Baudelaire. El spleen de París.
Charles Baudelarie. Cuadernos de notas y consejos a jóvenes escritores.
Pierre Jean Jouve. Poesía.
Henri Michaux. Escritos sobre pintura.
Henri Michaux/ R. Wilcock. Fragmentos.
Juan Pedro Quiñonero. El taller de la gracia.
Juan Manuel Roca. Los cinco entierros de Fernando Pessoa.
Carlos Edmundo de Ory. Novísimos aerolitos.
Carlos Edmundo de Ory/ Eduardo Chicharro. Las patitas de la sombra.
Rosario Troncoso. Juguetes de Dios.
Roberto Bolaño. Los perros románticos.
Juan Gelman. De atrásalante en su porfía.
Hans Magnus Enzensberger. La balada de Al Capone.
Benjamín Prado. Romper una canción.
Arcadi Espada (ed.). El fin de los periódicos.
Giampaolo Rugarli. La troga.
Rep. Bellas artes.
Jonathan Swift. Los viajes de Gulliver.
Esther Tusquets. Confesiones de una vieja dama indigna.
Rodrigo Fresán. Historia argentina.
Jerzy Jarzębski. Schulz.
Kenzaburo Oé. Renacimiento.
Cees Nooteboom. Tumbas.
Gertrude Stein. París Francia.
Jules Renard. Diarios.
Charles Baudelaire. El spleen de París.
Charles Baudelarie. Cuadernos de notas y consejos a jóvenes escritores.
Pierre Jean Jouve. Poesía.
Henri Michaux. Escritos sobre pintura.
Henri Michaux/ R. Wilcock. Fragmentos.
Juan Pedro Quiñonero. El taller de la gracia.
Juan Manuel Roca. Los cinco entierros de Fernando Pessoa.
Carlos Edmundo de Ory. Novísimos aerolitos.
Carlos Edmundo de Ory/ Eduardo Chicharro. Las patitas de la sombra.
Rosario Troncoso. Juguetes de Dios.
Roberto Bolaño. Los perros románticos.
Juan Gelman. De atrásalante en su porfía.
Hans Magnus Enzensberger. La balada de Al Capone.
Benjamín Prado. Romper una canción.
Arcadi Espada (ed.). El fin de los periódicos.
Giampaolo Rugarli. La troga.
viernes, 1 de mayo de 2009
Otras lecturas/ relecturas del mes de abril
Stefano Fabbri/ Danilo Manera. Il monile di Bengasi.
Martin Amis. Experiencia.
Henri Michaux. Las grandes pruebas del espíritu.
Henri Michaux. Un bárbaro en Asia.
Henri Michaux. Frente a los cerrojos, seguido de Puntos de referencia.
Antoine Compagnon. ¿Para qué sirve la literatura?
Ricardo Menéndez Salmón. El corrector.
Arturo Pérez-Reverte. Ojos azules.
Javier Codesal. Feliz humo.
Aquilino Duque. Entreluces.
Mario Benedetti. Testigo de uno mismo.
John Ashbery. El doble sueño de la primavera.
Juan Gelman. Mundar.
Nazim Hikmet. Poemas finales.
Rafael Ramírez Escoto. Ziggurat.
Martin Amis. Experiencia.
Henri Michaux. Las grandes pruebas del espíritu.
Henri Michaux. Un bárbaro en Asia.
Henri Michaux. Frente a los cerrojos, seguido de Puntos de referencia.
Antoine Compagnon. ¿Para qué sirve la literatura?
Ricardo Menéndez Salmón. El corrector.
Arturo Pérez-Reverte. Ojos azules.
Javier Codesal. Feliz humo.
Aquilino Duque. Entreluces.
Mario Benedetti. Testigo de uno mismo.
John Ashbery. El doble sueño de la primavera.
Juan Gelman. Mundar.
Nazim Hikmet. Poemas finales.
Rafael Ramírez Escoto. Ziggurat.
lunes, 6 de abril de 2009
Ciudad Condal (y IV) Yo salvé a Murakami
Estaba yo en la cafetería de la Casa Asia, haciendo tiempo para la rueda de prensa de Murakami (¡me he vuelto puntual, quién lo diría años ha!), cuando apareció una de las chicas de Tusquets pidiendo con urgencia un café y un botellín de agua para el eximio escritor. Al parecer, su proverbial timidez le había jugado una mala pasada, y en el photo call previo, cuando tuvo ante sí a cuarenta foteros disparando sus flashes a bocajarro, empezó a ponerse pálido, se agarró a una silla e hizo amago de desfallecer. Con las prisas, la chica de prensa no había pillado dinero, y muy amablemente se lo presté.
El sorbo de cafeína debió de hacer su efecto, porque al rato reapareció Murakami de lo más bien. Camiseta azul, muy fibroso para sus 60 añazos, leyó muy concentrado el letrerito que señalaba su nombre y tomó asiento. No nos pareció a simple vista el misántropo que anticipaba su leyenda, sino más bien un tipo normal, un poco desbordado y un poco divertido, como lo estaría cualquiera en su pellejo si empezara a escribir a los 30 años y se convirtiera en fenómeno de masas muy deprisa.
Después de rechazar docenas de invitaciones y reconocimientos, Murakami aceptó el premio que le concedieron los alumnos de un instituto de bachillerato, y da la impresión de que todo lo que le mueve es así, fruto de la curiosidad más espontánea.
El gran misterio es qué tienen las novelas de Murakami. Un virtuoso del lenguaje no es. Tampoco es que sus tramas sean excesivamente elaboradas. ¿Entonces? Él mismo esbozó una explicación convincente: lo más difícil en el Japón actual, y en el mundo de hoy, es ser individuo. Y la mayoría de los personajes de Murakami quieren precisamente eso, emanciparse un poco de la masa y sentirse a sí mismos. Tal vez sea eso, sumado a la sensación de pérdida que encierran sus narraciones, y al miedo y a la esperanza que se entreveran en ellas. Pero a menudo pienso que todo es más sencillo: Murakami tiene ese algo inefable que Borges llamaba encanto. Sus historias son como esas personas que no son las más guapas, ni las más brillantes, pero nos magnetizan más que las demás.
Ya salía de allí pensando que había sido una bonita experiencia estar frente al escritor, saber cómo habla y actúa el hombre al que he dedicado unas pocas horas de lectura, cuando mi amiga de Tusquets alargó el brazo para devolverme el préstamo:
-¿Y no poder decir, con andaluza exageración, que salvé la vida a Murakami?
domingo, 8 de febrero de 2009
Jesús Torres, just do it
En el mercado de Feria suelo encontrarme con algunos de los rostros culturetiles más interesantes de la ciudad. Ya he contado alguna vez que veo con frecuencia al escritor José María Conget. También me cruzo siempre con Antonio de la Torre, que ganó un Goya por Azul oscuro casi negro, y fue periodista deportivo antes que actor. Y veo a menudo, cargado de bolsas de fruta y verdura, a Jesús Torres.
Este guitarrista fue para mí, junto con su compañera, la exquisita bailaora Isabel Bayón, uno de los grandes descubrimientos de mi fugaz paseo por Tokio. La semana pasada volví a encontrármelo, esta vez en rueda de prensa previa a la presentación de su disco en solitario, Viento del Norte, un trabajo hondo y bello, lleno detalles de clase y emoción contenida, sin aspavientos exhibicionistas. Torres, sin embargo, no se considera un solista. Lo suyo es y ha sido siempre tocar para el baile. ¿Por qué se animó, entonces, a grabar este trabajo? Él se encoge de hombros: hubiera sido peor, dice, quedarse con la duda de si sería o no capaz de hacerlo.
Yo animo a todo el mundo a hacer lo mismo con la Literatura: escribir, que el verso y la prosa no sean patrimonio único de los que nos consideramos escritores. Si sale algo bueno, el mundo habrá ganado un texto valioso; si el resultado es malo, alguien se dará cuenta de que escribir bien no es ninguna tontería. Pero hay que hacerlo. No por la fama, ni la gloria, ni el dinero. Sólo porque, como decía Edmund Hillary, el mejor motivo para querer subir al Everest sigue siendo porque está ahí.
domingo, 1 de febrero de 2009
Otras lecturas/relecturas del mes de enero
Carlos Giménez. Todo Paracuellos.
Julián Meza. Sicilia, la piedra negra.
Akira Yosimura. Justicia de un hombre solo.
Akiko Yosano. Poeta de la pasión.
Lampedusa. Relatos.
René Char. Común presencia.
Iván Thays. Un lugar llamado Oreja de Perro.
Sandro Penna. Algo de fiebre.
Peter Stamn. Paisaje aproximado.
Emilio Rosales. Oye al viento cantar.
Emilio Rosales. El libro de las transformaciones.
Inés Pedrosa. La instrucción de los amantes.
Ignacio Martínez de Pisón. Las palabras justas.
Andrés Neuman. Década.
José María Álvarez. Bebiendo al claro de luna.
Javier Barreiro. Lobotomía.
Giovannicabra. Cuatro minutos sin aire.
Carmen Camacho. Arrojada.
Julián Meza. Sicilia, la piedra negra.
Akira Yosimura. Justicia de un hombre solo.
Akiko Yosano. Poeta de la pasión.
Lampedusa. Relatos.
René Char. Común presencia.
Iván Thays. Un lugar llamado Oreja de Perro.
Sandro Penna. Algo de fiebre.
Peter Stamn. Paisaje aproximado.
Emilio Rosales. Oye al viento cantar.
Emilio Rosales. El libro de las transformaciones.
Inés Pedrosa. La instrucción de los amantes.
Ignacio Martínez de Pisón. Las palabras justas.
Andrés Neuman. Década.
José María Álvarez. Bebiendo al claro de luna.
Javier Barreiro. Lobotomía.
Giovannicabra. Cuatro minutos sin aire.
Carmen Camacho. Arrojada.
martes, 4 de noviembre de 2008
Cosas de El Grilo
Joaquín Grilo en Sevilla. Yo admiraba al bailaor jerezano desde hacía mucho tiempo, cuando militaba en el grupo de Paco de Lucía. Siempre tuvo buena planta, compás y una gran personalidad, con ese modo de rematar como quien no quiere la cosa, que a mí se me hace espectacular. Cuando fui a Japón me hizo mucha ilusión saber que El Grilo estaba allí, y la primera noche, de marcha por Roppongi, lo vi desplegar toda la gracia del mundo.
Me pregunté por qué no ha llegado más lejos. Si sería falta de olfato empresarial, como le sucede a tantos buenos artistas, si sería falta de capacidad organizativa. Porque ahí lo que sobraba es arte. Más tarde me contaron (y yo ya puedo contarlo aquí, pues ha pasado el suficiente tiempo) que, en el avión de ida, un japonés espetó a El Grilo porque estaba haciendo mucho ruido, puede que incluso le diera un toque en un hombro, y éste se volvió y le atizó sin pensarlo un puñetazo. El anillo se clavó en el pómulo de la víctima y empezó a manar la sangre. Hubo lágrimas y peticiones de perdón, pero cabe imaginarse el sofocón no sólo del japonés, sino de toda la compañía que viajaba con el jerezano, ante la posibilidad de que el trabajo colectivo se fuera al traste. De hecho, la policía esperaba en el aeropuerto de Narita, pero las ágiles e intensas gestiones por parte de la compañía japonesa que organizaba el evento lograron que la cosa quedara sólo en una fuerte reparación económica.
El genio de los genios es así, me dije. Puro arrebato, tanto en escena como afuera. Lo importantes es saber arrepentirse y aprender a domar los impulsos. Pero el día que estábamos partiendo de vuelta a España, casi sin dormir, volví a ver a El Grilo provocando con modos pendencieros al pobre recepcionista del hotel, que no entendía nada y cabeceaba nerviosamente. Ahora, viendo al gran Joaquín Grilo en rueda de prensa, presentando un nuevo espectáculo, he recordado por qué lo borré aquella madrugada de mi lista de ídolos. Porque me gustan los bailaores por su manera de escobillar y por sus replantes de bulería, y no por su demoledor crochet.
sábado, 7 de junio de 2008
Tokio la nuit (y III) Kawabata en Asakusa
Sospecho que a lo largo del tiempo ha debido de haber más de una Asakusa. La que Yasunari Kawabata describe en su novela La pandilla de Asakusa es, como indica la contraportada, una mezcla de Montmartre y Times Square -pasando, añadiría yo, por el viejo Paralelo barcelonés-, un espacio entre la libertad y el golferío, lleno de locales de revista, clubes de jazz y atracciones nocturnas.
La zona que yo conocí, diurna pero muy concurrida, carecía de la atmósfera canalla que describe el Nobel japonés. Guardo de ella recuerdos fragmentarios, pero muy vívidos. El primero, la silueta de la Asahi Beer Tower, que como su nombre indica emula un vaso de cerveza coronado por un pegote de espuma ("Aunque a mí me parece más bien una caca", reconoció Yayoi).
Luego, el imponente templo Senso-ji, al que accedimos luego de sortear un largo pasillo de tiendas donde me dejé mis buenos yenes comprando muñecas de madera y preciosos juegos de sake. Por allí vi paseando a un inconfundible luchador de sumo, mole carnosa en medio de la turba consumista, cuyo único secreto es, siempre según Yayoi, comer bastante tarde y regalarse largas y profundas siestas.
Ya dentro del templo, entre descomunales lámparas de papel, incensarios, efigies de buda y alguna soberbia fuente, esas huchas de la suerte a las que también se refiere Kawabata, llamadas o-mikuyi: agitas la hucha y dejas que asome una de las varillas que contiene por un agujerito. La varilla indica el número del cajón donde está prescrito tu futuro, sólo tienes que abrirlo y tomar una hojita escrita en japonés e inglés. En caso de que el pronóstico sea desastroso, basta con hacer un lazo con el papelito alrededor de unos alambres instalados al efecto, y el sangangui -la palabra gaditana que suena más japonesa- queda al instante conjurado.
Nota 1.- Me gusta la foto de la solapilla, donde aparece Kawabata sonriente y fumando. No se lo llevó el tabaco, sino el filo de la katana: se suicidó a los 72 años.
Nota 2.- Cuando García Márquez vino a Cádiz, nos habló de El palacio de las bellas durmientes, de Kawabata. Se lamentaba de no haber tenido una ocurrencia igual de brillante. Pero para qué: años después publicaba la floja Memoria de mis putas tristes.
Nota 3.- Habrá que hacer algún día una colección de motivos por los cuales los grandes se hicieron escritores. Mohamed Chukri, por ejemplo, decía que el quiso ser escritor desde que, siendo niño, vio que todo el mundo saludaba por la calle con sumo respeto a un poeta (el nombre del poeta lo hemos olvidado, pero el de Chukri no). En el caso de Kawabata, la iluminación vino al ver a Tanizaki, autor consagrado -y uno de mis ídolos- rodeado de chicas hermosas.
Tokio la nuit (II) Murakami en Shinjuku
Shinjuku es zona de rascacielos, de tiendas donde los turistas adquieren superi-pods que no les caben en el bolsillo, pero también alberga un gigantesco parque, el Shinjuku Gyouen, lleno de árboles primorosamente podados, cómicos y músicos ambulantes, tranquilas familias retratándose junto a un estanque agitado por el aleteo de pececillos rojos. Shinjuku es casi una ciudad en sí misma dentro de Tokio, y dentro de Shinjuku casi podemos hablar, como si se tratara de una matrioshka, de otra ciudad conocida como Kabukicho, o sea, Ciudad Kabuki. "Área mafiosa", me advirtieron mis guías japonesas, pero exenta de peligro más allá de las prevenciones al uso.
Kabukicho es sitio de buen comer y buen beber, pero buena parte de su fama se la debe a su carácter de barrio rojo. Yo no tuve tiempo de explorarlo en su apogeo nocturno, pero me cuentan que la variedad de su oferta es mucho más ilimitada que la capacidad humana para fantasear. Desde tradicionales sex shops a los más sofisticados supermercados de sexo, todos los placeres lúbricos -incluido el ligue de toda la vida, pero en locales muy estudiados a tal efecto- están al alcance de la mano en Kabukicho.
Pues bien, éste es el escenario de Sopa de miso, la novela de otro Murakami, el escritor, músico y cineasta Ryu Murakami. Al empezar me temía una especie de American Psycho a la japonesa, pero confieso que a mitad de la novela ya estaba cautivado. Hay pasajes de violencia extrema, pero siento que es algo más que un thriller sangriento. Por otro lado, me dejó cavilando acerca del muy japonés gusto por el desmembramiento, que va de Mazinger Z o los Transformers -cuyos poderes radican, entre otras cosas, en la capacidad de descoyuntarse o de hacerse pedazos para reunirlos luego- a películas del tipo de la sádica Ichi the killer, donde al final no queda nadie con el cuerpo en su sitio. Eso me ha hecho pensar también en una de las manifestaciones del porno más extravagantes que conozco: un catálogo fotográfico que vi hace tiempo, lleno chicas japonesas que posaban con vendas o escayolas, muchas de ellas dispuestas de tal modo que simulaban mutilaciones.
Y al mismo tiempo, la ingenuidad sexual de los japoneses puede llegar a ser enternecedora. Mi amiga Yayoi, que no es ninguna niña, me preguntó durante una cena en qué consistía exactamente un sex-shop. Traté de explicárselo como buenamente pude, y después de meditar un rato en silencio me preguntó: "Pero... ¿Hay probadores?"
Nota.- Una de las palabras japonesas más fáciles de retener es chin-chin, que designa al sexo masculino. De ahí a leerse el Libro de Genji en su lengua original sólo hay que estudiar un poco.
viernes, 6 de junio de 2008
Tokio la nuit (I) Murakami en Roppongi
La última semana de convalecencia se hizo un poco angustiosa, de modo que decidí ejercitar la lectura como evasión deliberada, consciente. Tada me había devuelto a Japón, y me propuse regresar a Tokio -donde sólo pude estar físicamente unos pocos días- a lo largo de tres noches seguidas, valiéndome de tres libros previamente elegidos. Personalmente prefiero el avión, pero si uno pone mucho empeño tampoco está tan mal volar sobre la letra impresa.
La primera noche me terminé el volumen de relatos de Haruki Murakami, Sauce ciego, mujer dormida. Murakami menciona a menudo Roppongi, conocida como zona pija y de notable animación nocturna. Ninguno de estos factores deben predisponer contra este distrito, toda vez que a uno le acompañen los suficientes yenes y el ánimo trasnochador. Calidoscopio monumental, Roppongi es un derroche de neones de colores sobre fachadas que te desnucan, pero sin el aire decadente a lo blade runner de un Shanghai. Su trasiego a pie de acera no se detiene nunca, y ni siquiera a las claras del día siente uno que desfallezca ese hormiguero vicioso y alegre. Mucho restaurante caro, sí, pero sobre todo locales de copas en cuyas puertas vemos arremolinarse a los porteros enchaquetados, corpulentos, muchos negros norteamericanos y latinos. Si te convencen para que subas, entras con ellos en un ascensor: cada uno de los pisos alberga un garito diferente. En la plaza de Taksim, en Estambul, estuve en sitios parecidos, pero a lo sumo tenían tres o cuatro plantas. Aquí estamos hablando de muchas más. Sólo un detalle hace antipático Roppongi a mi criterio, y es la insistencia de los camareros para que consumas continuamente. El espacio en Japón es caro, y si vas a ocuparlo más vale que pagues por él. Pero Roppongi, insisto, bien vale unos billetes, aunque sólo sea para sentirse dentro de aquellos cuadros pintados a aerógrafo que en los 80 trataban de imaginar cómo sería la diversión nocturna en el siglo XXI.
¿Y Murakami? Se sabe que en España se dio a conocer sólo hace unos años, cuando ya llevaba mucho tiempo siendo una celebridad en Japón y en Estados Unidos. Cuando algún amigo me ha preguntado qué tiene Tokio Blues para enganchar tanto, sólo he atinado a responder con un recurso borgiano: nada especial, pero tiene encanto. Ese encanto también asiste a sus cuentos, algunos tiernos, otros reflexivos, más de uno estremecedor. Algún crítico ha dicho que son buenos porque se antojan novelas abortadas. Disiento completamente. Más bien serán las novelas de Murakami relatos musculados, porque cada una de las piezas de este libro tiene su propia entidad y constituye un universo cerrado y completo, idóneo para perderse en él como en el laberinto insomne y luminoso de Roppongi.
sábado, 24 de mayo de 2008
Dímelo en japonés
Un mudo con un libro bajo el brazo titulado Gestualidad japonesa parece un chiste, pero debo advertir que este trabajo de Michitaro Tada me ha deparado una de las lecturas más gratas de los últimos meses. Sí, puede que ahora que la palabra ha dejado de asistirme sea bueno regresar -o al menos asomarse- al código de la mirada y el gesto, a ese abecedario prelingüístico que siempre está por descubrir. La información que el autor aporta sobre cosas tan curiosas como el sentido de la copia y de la imitación de los habitantes de este país, sus reservas acerca del contacto físico, los secretos de su protocolo, tal vez no nos sirva para comunicarnos con los nipones que se retratan junto a la Giralda, pero seguro nos presta claves para entender los cuadernos de la Shonagon, las novelas de Murakami o las cintas de Kitano, donde tanto pesan los silencios.
No hace mucho estuve en una rueda de prensa con Bob Wilson, y recuerdo que nos habló fascinado de las mil maneras que tiene el teatro oriental de, por ejemplo, dar unos simples pasos o mover la manga de un kimono. Leyendo a Tada he recordado también que de jovencito fui un judoka bastante entusiasta, pero incapaz de descifrar la profunda significación de cada uno de los ritos que repetíamos en cada entrenamiento.
El saludo clásico (rei), lo reflejó muy bien el poeta Juan Antonio González-Iglesias en estos versos, que exceden el pretexto orientalista para cargarse de valor simbólico:
...que con la reverencia
mutua se intercambian
discípulo y maestro en el aikido.
Uno a otro se dicen:
Gracias por enseñarme.
Nota.- Una cosa más sobre Tada: entre sus muchos libros figura un ensayo -que se promete apasionante- sobre el vínculo metafórico entre el incendio intencionado y el amor en las canciones populares. Por cosas como ésta resulta imposible no amar ese país.
jueves, 10 de abril de 2008
Brooklyn Museum. El arte de Murakami
En el coqueto y espacioso Museo de Brooklyn, junto al jardin botanico, se abre al publico una exposicion del japones Takashi Murakami. Lo que prometia ser solo una curiosidad -el hecho de que un artista manga muestre su obra en un espacio de estas caracteristicas- deriva en un paseo fascinante. Murakami, mucho mas que un artifice de dibujos animados, condensa en su obra un monton de iconografias japonesas, pero tambien occidentales. En el estan los grabados de samurais, la ola gigante de Hokusai y Godzilla como El Bosco y Miro, los Transformers y el hongo atomico de Hiroshima, los videojuegos de marcianitos y el mundo Disney. En una sala del recorrido se muestran sus creaciones para Louis Vuitton, un espacio todo pintado de blanco, con dependientes vestidos de blanco, que representan el limbo donde el museo es tienda y la tienda es museo. Murakami juega sobre todo con la infantilizacion de la sociedad, con esa inocencia que suaviza el horror. En los dibujos y grabados de la escuela Utagawa -siglos XVIII y XIX-, que se muestran simultaneamente en el piso de abajo, hay una solemnidad que en Murakami es alivio, puro juego. Entre la teta y el colmillo, la mama y el coco de nuestras primeras pesadillas, desarrolla su arte este provocador en un mundo impasible ante las provocaciones. Una chica paso boquiabierta ante una de sus piezas y solo atino a decir:
-Quite intense.
sábado, 2 de febrero de 2008
Jin Oki, japonés jondo
Hace un par de días presentó en Sevilla su tercer disco, Respeto. Se llama Jin Oki. Nació como yo, en el Año del Tigre del calendario chino, y es uno de los guitarristas más prometedores del flamenco nipón. Un día se dio cuenta de que no podía ser un gitano del barrio de Santiago, por más que se mentalizara, pero también que Jerez está lleno de gitanos y sin embargo Jin Oki sólo hay uno.
Según me ha confesado, el paso decisivo en su camino ha sido darle la vuelta a la pregunta ¿qué es el flamenco para mí? para interrogarse: ¿qué soy yo para el flamenco? Me parece un cambio de enfoque muy interesante: uno es el centro de su propio mundo, pero conviene preguntarse de vez en cuando, con humildad pero sin bobos complejos, qué lugar ocupa en el universo, qué papel puede permitirse desempeñar, qué puede aportar en él. Desde el instante en que Oki se plantea esa cuestión, está empezando a hacer algo hermoso. El resto lo harán las seis cuerdas que le acompañan a todas partes.
Nota.- En las relaciones con las personas, donde lo frecuente es preguntarse ¿qué querrá fulanito de mí? ¿qué soy para él o ella?, yo recomiendo a mis amigos hacer el viaje inverso, ¿que quieres tú de, o qué quieres darle a fulanito? A veces proporciona sorpresas.
lunes, 21 de enero de 2008
Amor Amarillo
"Sé que es un prejuicio", admitió alguien durante la cena, "pero he acabado pensando que los chinos y los japoneses no sienten como nosotros, me cuesta creer que quieran a sus parejas, incluso a sus hijos". Otros en la mesa se han mostrado de acuerdo, y con no poca audacia han concluido que los orientales no saben amar. Sólo he estado una vez en China y una vez en Japón, de modo que no tengo un campo de estudio demasiado amplio. Pero me atrevería a decir que tanto en un país como en otro -ambos tan diferentes- la gente parece a simple vista tan amorosa (con quien procede, claro) como en cualquier otro lugar. Menos expresivos, quizá, más cuidadosos de invadir el espacio del otro; menos epidérmicos, sin duda; sólo efusivos, tal vez, cuando el vino los desinhibe, pero en ningún caso distantes o insensibles.
Me ha hecho gracia llevar precisamente esta noche en la mochila una antología de Guojian Chen, Lo mejor de la poesía amorosa china, un título que para mis amigos parece casi una paradoja. Basta hojearlo para preguntarse si alguien puede escribir sin saber qué es el amor -y el dolor que con frecuencia arrastra- estos versos:
Laúd en mano, subo al alto pabellón,
vacío, pero lleno de luz de luna.
Vibran acordes de amor.
Se me quiebran las entrañas.
Y también las cuerdas.
Nota.- Los japoneses también andan sobrados de argumentos similares, pero la más bella expresión -y contención- amorosa que se me viene a la mente es el último diálogo de la película Hana-bi de Takeshi Kitano, cuando antes de morir los amantes no prorrumpen en llanto; tan sólo se dicen, escuetamente: "Gracias".
domingo, 6 de enero de 2008
Las arañas ubicuas de Bourgeois
En apenas veinticuatro horas, he visto dos fotografías de las arañas de Louise Bourgeois en sendos periódicos nacionales: unas junto a la Tate Modern, otras frente al Leeum. Suficientemente grandes para ser monumentos, suficientemente portátiles para ser objeto de exposiciones temporales, son un ejemplo perfecto de esa idea de arte en espacios públicos (y para todos los públicos) que garantiza el éxito: entre los generales a caballo y los armatostes sin pies ni cabeza, los transeúntes enloquecen con figuraciones que no necesiten demasiadas explicaciones y queden bien en la foto. La Plaza Nueva y la Alameda de Sevilla han ensayado modestas experiencias similares con una respuesta espectacular.
Lo que sucede es que me cuesta relacionar esas arañas con Londres y Seúl. Yo me he encontrado con los arácnidos en cuestión dos veces, una en La Habana en 2005, junto al Parque Central, y otra en Tokio, el año pasado, a la salida del Roppongi Hill. Verlas ahora en la capital británica me produce una sensación similar a descubrir la torre Eiffel en El Cairo o la torre inclinada en Nueva York. Tal vez la ubicuidad sea un atributo de la obra de artistas como Bourgeois. Pero cabe recordar que las cosas -y las personas- no son ubicuas porque estén en todas partes, sino porque están allí donde vamos.
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