Tiziana Lo Porto y Daniele Marotta. Superzelda.
Michèle Gazier y Bernard Ciccolini. Virginia Woolf.
Brandon Graham. King City 2.
Stendhal. Rojo y negro.
Sinclair Lewis, Babbitt.
Francis Scott Fitzgerald. El joven rico.
Raymond Roussel. Locus Solus.
Mohammed Chukri. El pan a secas.
Jorge Valadas. La memoria y el fuego.
Ignacio Vidal-Folch. Lo que cuenta es la ilusión.
Inmma Julián. Conversaciones con Tàpies.
Roberto Fernández Retamar. Hemos construido una alegría olvidada.
Armando Álvarez Bravo. Siempre habrá un poema.
Adam Fathi. El soplador de cristal.
César González Ruano. El ángel en llamas.
Fernando Quiñones. Una escena inédita de Andalucía en pie.
Felipe Benítez Reyes. Las identidades.
María Paz Moreno. El vientre de las iguanas.
Belén Núñez. Letras habaladas.
Luna Miguel. Estar enfermo.
Ignacio Vleming. Clima artificial de primavera.
Juanma Prieto. Noctívagos.
Verónica Moreno. Un cuarto oscuro.
Berta García Faet. Introducción a todo.
Raúl Quinto. Ruido blanco.
Rubén Martín. El mirador de piedra.
Isabel Bono. Brazos, piernas, cielo.
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domingo, 24 de marzo de 2013
viernes, 4 de mayo de 2012
Un premio para Cardenal
Me han sorprendido, la verdad, algunas reacciones adversas hacia la concesión del premio Reina Sofía a Ernesto Cardenal. Cuando estas cosas suceden con una figura tan poliédrica, uno siente la curiosidad -tampoco demasiado acuciante, no crean- de saber qué irrita tanto a los críticos, qué hay detrás de sus invectivas. ¿Es por su obra? ¿Es por su militancia sandinista, de la que se ha distanciado en medio de fuertes polémicas? ¿Es porque fue ministro de la Revolución? ¿Por su condición de cura, o por su pertenencia a la Teología de la Liberación? ¿O por le hecho, que alguna vez me han confirmado amigos comunes en chácharas impúdicas, de ser homosexual? ¿Acaso porque no gustan sus traducciones de Catulo? Cada cual puede tener sus motivos, pero debo decir que no comparto ninguno de ellos. Me complace el premio a Cardenal, casi tanto como lo hizo el año pasado el que recayó sobre la gran Fina García Marruz.
Aunque me pillan muy lejanos, los epigramas del nicaragüense fueron una lectura alentadora de mi juventud. Aquella mezcla de amor y fervor político era justo lo que necesitaba a mis 17 años. Luego me ha divertido reconocerlos, versionados, en lugares tan distintos como un libreto de chirigota, un libro de Juan Bonilla o un muro pintarraqueado, lo que me da a entender que esos poemas han quedado felizmente disueltos en el imaginario popular, son ya de todos. Luego, leí con gusto otros libros suyos, especialmente El estrecho dudoso, que engarza la tradición del Canto general de Neruda con las Crónicas de Quiñones.
Su filiación religiosa podría ser un obstáculo para mis simpatías, pues más de una vez he dicho que no quiero ver a un cura a menos de diez metros de mis sobrinos. Pero Cardenal no ha sido un sacerdote cualquiera. Aquella imagen de 1983, con aquel papa Wojtyla blandiendo un índice rabioso sobre su sonriente subordinado, más o menos en las fechas en que iba a dar de comulgar al tirano chileno, fue más elocuente que cualquier manifiesto o proclama que pudiera imaginarse. Si el nicaragüense podría haberse rebelado, si tendría que haber reaccionado con menos mansedumbre, son especulaciones que no me atañen. A veces la resistencia pasiva tiene un efecto mayor que la acción directa: lo saben quienes quieren penalizarla y equiparar ambas.
¿Será el problema, en fin, la persona? Cardenal no es lo que llamaríamos un tipo simpático. No es demasiado afable, ni chistoso. Le conocí en unas inolvidables jornadas literarias que hubo hace mucho en Jarandilla, junto a escritores cubanos como Miguel Barnet, Nancy Morejón y Fernández Retamar, y me pareció parco en palabras, huidizo, pero no maleducado. Me llamó la atención que fumara tan deleitosamente. Cuando no podía rehuir a los lectores que nos acercábamos a él, se mostraba paciente y hasta solícito. Mi padre, que se había prestado a hacernos de chofer para el grupo de amigos que viajamos hasta allí, se interesó por el episodio del aeropuerto de Managua, y Cardenal le regaló un ejemplar de En Cuba, sus memorias con el castrismo, donde aparece retratado mi amigo Pepe Pérez Olivares, por entonces estudiante de arte, luego poeta colosal. Casualidades de esta vida.
No veo, en definitiva, motivos para arremeter contra Cardenal y el premio con tanta furia. Salvo uno, que casi se me olvidaba: que alguien quisiera el premio para otro. Eso sí puede ser, en la República de las Letras, motivo para matar y morir. Yo mismo he tenido que reprimir mis impulsos de desenvainar la espada cada vez que le negaban algún premio a mi querido Carlos Edmundo de Ory, tendencia que sólo interrumpió su muerte. Pero no está matemáticamente demostrado que desnudar a un santo sirva para vestir a otro.
PS.- La foto, de Claudio Álvarez para El País.
sábado, 27 de febrero de 2010
Y otra vez Madrid (I) La voz de Miguel Pantalón
Aproveché que estaba en Madrid para pegar un salto al Teatro Alcázar y ver El testigo, la adaptación que Rafael Álvarez, El Brujo, ha hecho del conocido relato de Fernando Quiñones. Habrá quien se pregunte por qué no fui a verla cuando vino a Sevilla, al Teatro Central. Eso mismo quisiera saber yo. Por gusto de gastarme 30 euros no es, desde luego. Para ser exactos, 60 euros, pues iba acompañado y con ganas de invitar. No puede decirse que sean precios muy populares los de la capital, pero lo bueno se paga.No debo insistir demasiado en las excepcionales cualidades de El Brujo como cómico, ni en las del texto de Quiñones, que releí hace poco para recordar lo difícil que es mantener la sensación de oralidad de modo sostenido y convincente. Podría buscarle algunos peros a la puesta en escena, desde la conveniencia de algunas morcillas a la confusión de acentos que cualquier espectador andaluz reconocerá, pero todo serían torpes formas de distraerse de una evidencia: el actor hace que casi se haga corta la hora y media de monólogo, y logra levantar oleadas de hilaridad en el patio de butacas.
Eso fue lo que más me llamó la atención: que, a partir de un relato de enorme carga dramática, se pueda erigir un monumental espectáculo de humor. Me vinieron a la cabeza unas palabras de Iván que recogí en mi Viaggio: "Cualquier histrión de tercera fila monta un monólogo humorístico. Nadie, sin embargo, se atreve hoy día a ofrecer un espectáculo trágico, por miedo a que se rían de él". Y así era. Por un lado, daba la impresión de que, con la que está cayendo, es mejor no aguarle el sábado noche al respetable con un dramón; y por otro, es mucho más efectivo y seguro atacar el flanco de la guasa, al tiempo que, a fuerza de risoterapia, se cuida de la salud pública.
El peligro de todo ello es que quede desdibujado el fondo del relato. Que ese aleph que entrevé Miguel Pantalón cuando la inspiración le acompaña parezca un mero desvarío, y no una aproximación al misterio del tan cacareado duende y del secreto mecanismo de las emociones. Y sobre todo, que los desplantes que el cantaor hace ante los señoritos parezcan una extravagancia, y no un arrebato de dignidad.
Si el teatro es ese necesario espejo que nos enfrenta a nuestras contradicciones y a nuestras sombras, yo llenaría el Teatro Alcázar de flamencos, para que entre risas se detuvieran a pensar cuántas veces no han malvendido su arte entre los viejos y los nuevos señoritos a cambio de esos trozos de papel que Miguel Pantalón tiraba por los aires como respuesta a la arrogancia de quienes pagaban el cante grande con limosnas. Y, ya puestos, que tras los flamencos pasaran los artistas plásticos, los escritores, los músicos, los cineastas, los teatreros, los bailarines, haciéndose la misma pregunta. Sin cinismo, sin excesiva contrición, tampoco; sólo por preguntarse, por saber.
"Que se lo meta en el culo el dinero. El que lo dio. Los que lo cogieron, allá ellos". Ése era Miguel Pantalón. En la obra de El Brujo está, muy amortiguado por las risas, pero está. Dando en voz alta su humilde opinión sobre estos tiempos que corren.
P.S.- Una última cuestión, y siento ponerme quisquilloso: de entre toda la gente por cuyas manos pasara el texto del programa de mano, ¿de veras no hubo nadie que se llevara las manos a la cabeza al leer el nombre de un tal 'Pedro García Baena', santo dios?
sábado, 13 de febrero de 2010
Hablando en oro

Hace unas semanas se planteó en nuestro Estado Crítico el debate acerca de si el éxito (o lo que quiera que consideremos como tal: en líneas generales, el éxito de ventas, pero ¿cuántas ventas suponen un éxito?) es una prueba de excelencia o un sambenito para los escritores. Es una pena que la polémica en este blog tomara otros derroteros, porque me parece que la cuestión da para mucho. Mi opinión es que el escritor, consciente o inconscientemente, emplea las facultades que tiene a su alcance para dar forma a su obra, pero en el proceso hay apuestas o renuncias que le abrirán o cerrarán puertas a un determinado segmento de lectores. Si se pone elitista o críptico, se arriesgará a perder al gran público, porque estará buscando a unos interlocutores muy escogidos. Y quien quiera aspirar a un público masivo, orientará sus temas y sus recursos hacia ese objetivo. Unos y otros deben ser consecuentes, y no sólo cuando las cosas salen bien.
Pongo un ejemplo que me parece esclarecedor: Fernando Quiñones escribió en un altillo prestado de la Diputación de Cádiz, con una botella de anís y una caja de polvorones en el cajón como dieta básica, su novela La canción del pirata, la peripecia de un bribón del siglo XVII narrada en primera persona, remedando el lenguaje de la época. Un editor sugirió que si adaptaba el texto al lenguaje actual vendería mucho más, pero Fernando siguió en sus trece. "Esa no hubiera sido ya la novela que yo hubiera querido hacer -comentaba-, sino la que convenía hacer cara al dinero y de cuyo lenguaje no se hubiera podido decir, como alguien dijo, que era como oír y ver, por la calle y del brazo, a don Francisco de Quevedo y Manolo Caracol".
Quiñones hizo, como se ve, su apuesta y su renuncia. Prefirió vender algunos miles de ejemplares a cambio de un piropo como el que hemos transcrito, y de la admiración de un puñado de lectores que aún hoy seguimos seducidos por las aventuras de Juan Cantueso.
He vuelto a recordarlo estos días, tras asistir al almuerzo de presentación de la última novela de Matilde Asensi, Venganza en Sevilla, ambientada también en la época barroca. Esta escritora de indudable éxito -se calcula que tiene cinco millones de lectores, tres de ellos en España- se quejaba con cierta amargura de la escasa consideración que tiene entre la crítica la novela histórica y de aventuras, un hecho que siempre parece ocultar envidias larvadas u otros factores extraliterarios.
La señora tiene todo el derecho de defender la dignidad de su faena, como los demás de someterla a examen. Para mí la definitiva prueba del algodón fueron sus palabras acerca del lenguaje empleado en la novela, que es el del Siglo de Oro pero adaptado a nuestros tiempos "porque cuando lees cosas del Quijote o del Guzmán de Alfarache, a la quinta página ya estás parando y diciendo ‘¿pero qué he leído? Ya me he vuelto a perder'. Yo cojo ese lenguaje, me impregno de él y lo suavizo. Y aun cuando no aporte nada al lector, tiene como objeto transportarle en el tiempo, dar aroma y color a la narración".
Y aquí es donde uno siente que, como diría Serrat, entre estos tipos y yo hay algo personal. Y no sólo por hablar del Quijote como si se tratara de un ambientador o una pastilla de avecrem, sino por el modo definitivamente ofensivo con que trata a sus propios lectores y se pone en evidencia a sí misma. ¿De modo que a la quinta página de las aventuras de don Alonso Quijano uno está perdido como si se hubiera metido en Ikea un sábado por la tarde? ¿Qué clase de papilla quiere administrar Asensi, y todos los asensis del panorama actual, a sus lectores desdentados, sean cinco o sean cincuenta millones?
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