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lunes, 5 de agosto de 2013

Otras lecturas/ relecturas de abril, mayo, junio y julio

Johnny Ryan. Pudridero 2.
Paco Ignacio Taibo II/ Eko. Pancho Villa toma Zacatecas.
Guy Delisle. Crónicas de Jerusalén.
Liniers. Macanudo 8.
Sammy Harkham. Todo y nada. 
Pep Brocal. Alter & Walter o La verdad invisible.
Daniel Clowes. El rayo mortal.
Paco Alcázar. Huracán de sensatez.
Maximilien Le Roy / A. Dan. Thoreau. La vida sublime.
Mauricio Wiesenthal. Siguiendo mi camino.
Mauricio Wiesenthal. Perdido en poesía.
Remedios Zafra. (h)Adas. 
Carla Carmona. En la cuerda floja de lo eterno.
José Luis Pardo Torío. Estética de lo peor. 
Guy de Maupassant. La vida errante.
Rainer Maria Rilke. En Ronda.
Mauro Corona. El fin del mundo equivocado.
Dacia Maraini. Bagheria.
Maurizio Serra. Malaparte, vidas y leyendas. 
Rory Carroll. Comandante. La Venezuela de Hugo Chávez.
Saul Bellow. Jerusalén ida y vuelta.
Henry Miller. Big Sur.
Jerome Ferrari. Donde dejé mi alma.
Dino Buzzati. El desierto de los tártaros.
Dino Buzzati. El gran retrato.
Leonardo Sciascia. Para una memoria futura (Si la memoria tiene un futuro).
Erri de Luca. Tú, mío.
Danilo Kiš. Una tumba para Boris Davidovich.
Danilo Kiš. Enciclopedia de los muertos.
Danilo Kiš. Lección de anatomía.
Srdjan Valjarević. Lago de Como.
Velibor Čolić. Los Bosnios. 
Pablo Martín Sánchez. El anarquista que se llamaba como yo.
Laura Freixas. Una vida subterránea (Diario, 1991-1994).
Llucía Ramis. Todo lo que una tarde murió con las bicicletas. 
Betina González. Las poseídas.
José María Conget. La mujer que vigila los Vermeer.
Miquel Martí i Pol. Un día cualquiera.
Pere Gimferrer. Alma venus.
José Ramón Ripoll. Piedra rota.
Joan Margarit. Se pierde la señal.
Antonio Hernández. Nueva York después de muerto.
Manuel Moya. Apuntes del natural.
Rafael Suárez Plácido. Simulacro. 
Carmen Moreno. Relámpagos.
Nacho Montoto. Tras la luz.

domingo, 24 de marzo de 2013

Otras lecturas/relecturas de enero y febrero


Alison Bechdel. ¿Eres mi madre?
Luis  Eduardo Aute. El niño y el basilisco.
Franck Maubert. El olor a sangre humana no se me quita de los ojos. Conversaciones con Francis Bacon.
F. T. Marinetti. Necesidad y belleza de la violencia
Giorgio Agamben. Lo abierto. El hombre y el animal. 
Gilles Lipovetsky. La era del vacío. 
Vicente Verdú. La hoguera del capital.
José Ovejero. Estética de la crueldad.
José Luis Sampedro. Los mongoles en Bagdad.
José Luis Sampedro. El mercado y la globalización. 
Jacobo Siruela. El mundo bajo los párpados.
Andrew Scull. La locura: una breve introducción.
Jacques Rancière. El malestar en la estética.
Vincenzo Consolo. La herida de abril.
Paul Auster. El cuento de navidad de Auggie Wren.
Jesús Carrasco. Intemperie.
Carlos Castán. Polvo en el neón. 
Francisco de Aldana. Sonetos.

Otras lecturas/ relecturas del mes de diciembre

Tiziana Lo Porto y Daniele Marotta. Superzelda.
Michèle Gazier y Bernard Ciccolini. Virginia Woolf.
Brandon Graham. King City 2.
Stendhal. Rojo y negro.
Sinclair Lewis, Babbitt.
Francis Scott Fitzgerald. El joven rico.  
Raymond Roussel. Locus Solus.
Mohammed Chukri. El pan a secas.
Jorge Valadas. La memoria y el fuego.
Ignacio Vidal-Folch. Lo que cuenta es la ilusión.  
Inmma Julián. Conversaciones con Tàpies.
Roberto Fernández Retamar. Hemos construido una alegría olvidada.
Armando Álvarez Bravo. Siempre habrá un poema.
Adam Fathi. El soplador de cristal.
César González Ruano. El ángel en llamas.
Fernando Quiñones. Una escena inédita de Andalucía en pie.
Felipe Benítez Reyes. Las identidades.
María Paz Moreno. El vientre de las iguanas.  
Belén Núñez. Letras habaladas. 
Luna Miguel. Estar enfermo.
Ignacio Vleming. Clima artificial de primavera.
Juanma Prieto. Noctívagos.
Verónica Moreno. Un cuarto oscuro.
Berta García Faet. Introducción a todo.
Raúl Quinto. Ruido blanco.
Rubén Martín. El mirador de piedra.
Isabel Bono. Brazos, piernas, cielo.

domingo, 3 de junio de 2012

Otras lecturas/ relecturas del mes de mayo

Sebastian Haffner. La dimensión de Hitler. 
Michel Damiano. Porque la vida no basta.
Edmundo Desnoes. El cataclismo.
Fernando Savater. Tauroética.
Albert Boadella. Pregón taurino, Sevilla 2006.
Mauricio Wiesenthal. Desde la Historia. 
Jean Genet. Cuatro horas en Chatila. 
Lina Ben Mhenni. La revolución de la dignidad.
Fernando Pessoa. Aforismos.
Mark Strand. Hopper.
Mark Strand. Hombre y camello.
Jorge Eduardo Eielson. El diálogo infinito.
Manuel Vilas. Gran Vilas.
Álvaro Tato. Libro de Uroboros.
Vanessa Pérez-Sauquillo. Estrellas por la alfombra.
Miguel Ángel Contreras. Libro de precisiones.
Miguel Veyrat. Poniente.
Miguel Veyrat. El cielo vacío.
Víctor Botas. Las cosas que me acechan.
Víctor Botas. Prosopon.
Víctor Botas. Segunda mano.
Víctor Botas. Aguas mayores y menores.
Víctor Botas. Historia antigua.
Víctor Botas. Retórica.
Víctor Botas. Las rosas de Babilonia.
Raquel Lanseros. Los ojos de la niebla.
José Daniel Serrallé. Aves nocturnas.
Jesús Fernández Palacios. Poemías.
Carlos Peinado Elliot. La herrumbre herida. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Greenaway, pura imagen


Peter Greenaway es una figura lo suficientemente magnética como para impresionar a un nutrido grupo de periodistas experimentados (de esos dispuestos a asegurar que no se impresionan fácilmente) durante una hora de preguntas, y dejarlos con ganas de más. Es lo que hizo recientemente en Sevilla, adonde acudió invitado por el Cicus. Rápido, elocuente, con la justa dosis de humor e ironía, con la llama de gas de sus ojos azules viva pero contenida, hipnotizó a la sala de prensa antes de presentar uno de sus últimos trabajos.

Un poco disperso, se diría que aposta, el galés expuso muchas cuestiones, pero sobre todo una muy llamativa: la idea rompedora de que sobra texto en nuestro mundo, de que ya está bien de leer tanto, que ya somos mayorcitos para empezar a pensar en un lenguaje de imágenes puras, e incluso en una vía pedagógica que pase por la imagen, y no por la palabra. Tales propuestas, dados los bajos índices de lectura que se siguen registrando, frente a la invasión total de imágenes que nos ahoga, podrían parecer un sarcasmo.

Sin embargo, Greenaway sostiene bastante bien su argumentación. Explica que no basta con cultivar la mirada asistiendo a museos o viendo películas, que es fundamental crear también las imágenes, y no valen las excusas alusivas a la falta de pericia: de niños, todos dibujamos, hasta que llega un momento en que, craso error, nos alejamos del papel y los rotuladores...

Es un camino interesante, sin duda, que puede llevar a hallazgos sorprendentes -como ya está ocurriendo desde hace tiempo- en campos tan distintos como el arte, la ciencia o el mundo de los negocios. No obstante, como literófago que soy, debo consignar un punto de desacuerdo con este director. Puede que sobren textos en este mundo, como sobra casi todo. Pero de lo que no estamos sobrados es de lectores. Basta hablar con cualquier profesor de primaria para saber que, al menos en los institutos, la alfabetización no es sinónimo de comprensión de lo que se lee. O pensemos cuántos, de entre los adultos, leen con prisa, en pantallas cada vez más pequeñas, en textos cada vez más fragmentarios, sin calma ni capacidad de reflexión.   

Hace tiempo que quedó desterrada la idea de que la imagen era la enemiga jurada de los libros; sería un error pensar que la fórmula inversa sí funciona. Al día siguiente de escuchar a Greenaway, gran amante de la pintura, me fui a la Iglesia de la Caridad, a ver los Valdés Leal que allí se exhiben. Llevaba casi siete años viviendo en Sevilla y queriendo hacerlo, pero siempre parecía tener otras urgencias. Pensé que el verdadero enemigo es el reloj implacable, la agenda saturada, el ritmo de vida que impone que todo corra ante nuestros ojos como una cinta enloquecida. Caí en la cuenta de que el monstruo del barroco hispalense tenía la costumbre de introducir leyendas en sus cuadros -lo que acaso hubiera irritado a Peter Greenaway-, y de que ya entonces la sensación de fugacidad debía de estresar al más pintado. In ictu oculi, vemos escrito junto a la célebre calavera que sostiene una clepsidra. Así sucede todo, En un abrir y cerrar de ojos...      

miércoles, 1 de febrero de 2012

Otras lecturas/ relecturas del mes de enero

Antonia Santolaya. Bienvenidos a mi país.
Hans Magnus Enzensberger. El gentil monstruo de Bruselas.
Pierre Michon. El origen del mundo.
Claire Auzias. Gitanas.
Tahar Ben Jelloun. El retorno.
Saphia Azzedine. Confesiones a Alá.
Hubert Haddad. Palestina.
Hubert Haddad. Viento de primavera.
Primo Levi. Los hundidos y los salvados.
Ivica Djikic. Cirkus Columbia.
Albert Londres. El judío errante ya ha llegado.
Alberto Moravia. El hombre que mira.
Alberto Moravia. La romana.
Roberto Saviano. Ven conmigo.
Roberto Saviano. Vieni via con me.
Giuseppe Bonaviri. El enorme tiempo.
Rodrigo Rey Rosa. Severina.
Valentín Roma. Rostros.
Margartita Leoz. Segunda residencia.
Nuria Barrios. Nostalgia de Odiseo.
Fernando López de Artieta. Grosso modo.
José María Castellet. Nueve novísimos.
Rafael Lucena Soto. Letras flamencas.
José Heredia Maya. Penar ocono.
Rajko Duric. Sin casa y sin tumba.
Lois Pereiro. Poesía última de amor y enfermedad.
Isabel Bono. Ciego Montero, ¿dónde te metes?
Isabel Bono. Maomegean.
Antonio Muñoz Quintana. Canciones para un pequeño circo ruso.
Rafael de Cózar. Los huecos de la memoria.
Michel Houellebecq. Supervivencia.
Constantino Cavafis. Poesía completa.
Catulo. Poesías.

viernes, 1 de abril de 2011

Otras lecturas/ relecturas del mes de marzo

Alessandro Baricco. Emmaus.

Aleksandr Hemon. Amor y obstáculos.

Joumana Haddad. Yo maté a Scherezade.

Carlos Pujol. Los fugitivos.

Antonio Orejudo. Un momento de descanso.

Rafael Reig. Todo está perdonado.

Jorge Edwards. La tumba de Montaigne.

Agustín Fernández Mallo. El hacedor (remake) de Borges.

Jorge Luis Borges. El hacedor.

Tony Judt. Algo va mal.

Llàtzer Moix. Arquitectura milagrosa.

Guillermo Pérez Villalta. Melancólico Rococó.

Luis García Montero. Un invierno propio.

Joan Margarit. No estaba lejos, no era difícil.

Alfredo Taján. Naumaquia.

Rubén Darío. Sonetos completos.

sábado, 8 de enero de 2011

Adioses del 2010: Sigfrido Martín Begué


Una variante del aserto "lo que no se escribe, no existe" niega carta de naturaleza a todo aquello que Google no pueda encontrar. Me ha hecho pensar sobre todo esto la triste noticia de la defunción de Sigfrido Martín Begué, el 31 de diciembre pasado, en ese final de año que se ha llevado a tanta gente, y tan valiosa. He buscado en mis cuadernos de hace siete u ocho años sin éxito, lo he intentado por los buscadores de la red, pero no he encontrado una sola referencia a la visita que este excepcional dibujante hizo (¿la hizo?) a Cádiz, invitado por el programa FronteraSur del que tuve la suerte de formar parte.

Y he tratado de recordar un café que me tomé a solas con él -aunque luego se nos incorporó (¿seguro?) la también artista Pilar Albarracín- en el bar del Palacio de Congresos, donde celebramos el encuentro. Casi lo estoy viendo, con chaqueta negra y corbata roja. Y trato también de rescatar sus comentarios ingeniosos, su buen humor sin ser chistoso, la modestia con que recibía mis piropos a su obra, absolutamente sinceros. Durante años, cada domingo, Sigfrido nos obligaba a abrir el suplemento de El País por la última página, donde sus trabajos ilustraban los artículos de Antonio Muñoz Molina. Pero en la necrológica de este periódico no se dice nada de eso. ¿También lo he soñado?

Amante de los suelos ajedrezados, de los animales y los muñecos articulados, de los homenajes a grandes pintores; icono de la Movida a su manera, surrealista a su manera, pirandelliano a su manera, Sigfrido Martín Begué se ha ido prontísimo, a los 51 años, y no tengo modo de poner en pie, ni documentar como es debido, mi propio recuerdo personal. Lo que sí he encontrado es una obra suya, que reproduce la Isla de los Muertos de mi adorado Böcklin. Sólo que no logro ver a Sigfrido a bordo de la barca de Caronte, sino subido a esa avioneta, saludando desde arriba, haciendo girar esa hélice multicolor.

martes, 23 de marzo de 2010

Un día con PRISA (I) El Roto


Entrevisté a Andrés Rábago, El Roto, aprovechando que visitaba Sevilla para participar en un ciclo de conferencias. No son muy chistosos los viñetistas a los que he entrevistado, la verdad. Acaso fuera Vázquez de Sola el más risueño. A mi favorito, Juan Ballesta, nunca llegué a pillarlo. Sí recuerdo a un Chummy Chúmez sobrio como pocos. Forges fue por teléfono de lo más amable, se preocupó por la situación de los corresponsales de provincias de El País, pero no gastó bromas.

El Roto también demostró una educación exquisita, pero no sonrió ni una sola vez, ni siquiera para acompañar sus propias ironías. No se lo reprocho: prefiero la inteligencia que derrocha en su colaboración diaria en El País, por muy sombrío y desasosegante que resulte a menudo, a la pesadez del gracioso profesional. Tal vez por eso él prefiere definir su trabajo como sátira, y no como humor gráfico.

Llegué al aula magna de Ingenieros con la charla empezada, y por no molestar a los alumnos me senté discretamente en una escalera lateral. Una joven estudiante que también llegaba tarde me imitó y se sentó un escalón más arriba. El conferenciante dijo en un momento dado que, para dibujar, necesitaba saber que hay alguien al otro lado del papel, que no hay mensaje sin destinatario. Hizo una breve pausa y entonces escuché un bisbiseo. Miré con disimulo a la chica y reparé en el cable blanco que salía de su bolso y desaparecía bajo sus cabellos. Estaba escuchando música. Seguramente estaba allí porque los matriculados en el ciclo tenían derecho a créditos de libre elección o algo así, pero no tenía el menor interés por la charla. Se limitaba a mirar hacia el escenario, fingiendo atención, pero sin duda su cabeza estaba muy lejos.

Se me ocurrió que sería una aceptable viñeta de El Roto: un señor diciendo que el mensaje no existe sin receptor, ante un multitudinario auditorio de jóvenes conectados a su i-pod.

domingo, 28 de febrero de 2010

Y otra vez Madrid (II) en Arco


El hecho de que hablar aquí de Arco parezca ya anacrónico, a una semana escasa de su clausura, lo dice casi todo. Lo que me había traído a la capital era la gran fiesta española del arte contemporáneo, pero mi visita fue tan fugaz que apenas alcancé a llevarme una ligera impresión. Ligeramente negativa, quiero decir.

Acaso la extensión y el formato de la propia feria no favorecen demasiado la contemplación de las obras, sino más bien el bombardeo de imágenes en la retina del visitante, que algo queda. Me hubiera gustado ver los trabajos de García-Alix, me hubiera gustado ver la selección de artistas de Los Angeles, ciudad invitada. O tal vez no lo deseaba tanto, porque nada me hubiera impedido buscarlos: tal vez lo que me apetecía de veras era tomarme un vino con mi amigo César, a salvo del arte. Y César apareció.

Como César tiene pase Vip de cualquier sarao, y válido para dos personas, nos metimos en la zona Vip. Una zona Vip prefabricada, como toda la feria, decorada en rigurosos blanco y negro para hacer juego con los trajes de los visitantes. Una barra un poco caótica, en la que pedimos dos albariños, surtía de agua mineral en abundancia al resto del público. El mundillo del arte bebe agua, ya lo saben, con una sed parangonable a la de cualquier rave party.

Esa hora que echamos en el limbo de Arco me dio a entender que lo importante aquí es el alma. La obra es perecedera, el dinero se gasta, sólo el alma es eterna, el valor más seguro. El verdadero Arco es un encuentro de almas que se abrazan, se preguntan por la familia, trasmigran de un expositor a otro, se compran, se venden y excepcionalmente hasta se regalan.

Antes de marcharme di una últimamente vuelta de reconocimiento. Por aquí un galerista trataba de camelarse a Pedro Almodóvar, por allá el bueno de Rafael Ortiz atendía con paciencia a un husmeador de jóvenes talentos; en un pasillo me crucé con Paula, que antes trabajaba para el MNAC, pero los dos íbamos hablando por teléfono y sólo pudimos sonreírnos; vi de pasada una obra de Cristina Lucas y varias de Pereñíguez, y otras de un montón de gente que no fui capaz de identificar. Era como mirar a través de aquellos viejos visores de diapositivas que antiguamente vendían como souvenirs de la Costa del Sol: no se ve mucho, pero lo importante lo tienes a mano.

También me detuve con Pablo Juliá, que presentaba el catálogo de un fotógrafo originario de Heilongjiang que expone estos días su obra en el Centro Andaluz de Fotografía. Wang Qingsong es su nombre, y es autor de unas piezas muy narrativas y elaboradas, realizadas en estudios de cine alquilados en los que cuenta con numerosos modelos. Wang juega a fundir referencias orientales con alusiones a la sociedad de consumo occidental, creando composiciones espectaculares que no dejan de tener un puntito perverso. Casi se diría que es bastante japonés, si esto no fuera tan ofensivo para un chino.

lunes, 15 de febrero de 2010

Luis Gordillo y otros escritores


Media docena de amigas le regalaron a Ángela por su cumpleaños un libro escrito por ellas mismas, una especie de homenaje polifónico en el que todas eran a la vez autoras y protagonistas. Todas son también periodistas, de modo que la prosa aguda se les supone como el valor a los legionarios. Esperaba mucho de sus relatos, pero el resultado final superó mis expectativas: no tienen nada que envidiarle a la mayoría de las antologías de nuevos narradores que circulan por ahí.

¿Qué diferencia hay entre la gente que escribe bien y un buen escritor? He vuelto a hacerme esa pregunta cuando, en el transcurso de las dos últimas semanas, se han acumulado en mi mesa varios libros de autores que relaciono más con otras disciplinas que con la literatura. Sin salir de Sevilla, me encuentro con Esplendor en el melonar, poemario de Eduardo Bonachera -Tachera-, carismático líder del grupo de rock Los Sentíos; con Las correspondencias, interesantísimo proyecto de ese inquieto y visionario artista que es Pedro G. Romero; y con Little memories, los cuadernos secretos del pintor Luis Gordillo, primera entrega del sello editorial que ha impulsado la prestigiosa galería Rafael Ortiz.

Permítanme detenerme en este último título para tratar de responder a la pregunta de arriba. Alguna vez he dicho que cualquier persona con un nivel cultural medio puede pergeñar un texto aceptable; lo que define al escritor es la constancia -no basta con que suene la flauta- y sobre todo la capacidad para discernir entre lo que vale la pena y lo que, de entre sus escritos, peca de banal, de sensiblero, de torpe o intrascendente. Es decir, no se trata tanto de saber crear, como de saber tirar. No sé por qué, creo que los grandes maestros escriben más con la papelera que con la pluma.

Luis Gordillo, pintor de indiscutible significación, se presentó ante la prensa como "un analfabeto poético". Llegó incluso a despreciar a Cernuda, tildándolo de cursi: unas declaraciones que han ofendido mucho a algunos cernudianos, pero que yo entiendo como una maniobra de distracción, una boutade. Es evidente que estaba ensayando una peculiar captatio benevolentiae, sugiriendo que lo leyéramos como pintor que escribe, y no con la vara de medir poemas al uso. Legítima reclamación que no evita llegar a una conclusión: Gordillo ha escrito cosas brillantes y cosas insignificantes; a un aforismo feliz le sigue una ocurrencia más pobre, y todo se mezcla en una elegante y despreocupada promiscuidad.

Estas carencias de la edición están justificadas, no obstante, por un hecho: Luis Gordillo no es un mindundi, sino un artista plástico de primera línea. Y hasta sus escritos más flojos complementan y enriquecen, de un modo u otro, una obra que merece la admiración de muchos. Hasta como simple curiosidad tiene su valor. Claro que no todos somos Luis Gordillo: por si acaso, mejor tener siempre a mano el rotulador rojo, la voraz papelera, o mejor aún, la chimenea redentora, para arrojar en ella todo eso que se interpone obstinadamente entre nosotros y la buena literatura.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Hernán Cortés, retrato de familia

No sabemos qué cachondeos habrá aguantado de niño a cuenta de su nombre, pero no cabe duda de que Hernán Cortés -el gaditano, no el que formó la marimorena en Tenochtitlan- es un pintor para tomárselo muy en serio. Fui a la presentación de su nueva exposición en Sevilla, titulada un poco pomposamente El retrato como opción estética, y me lo encontré cálido y sonriente, feliz en la ciudad de la que un día se marchó siendo un simple estudiante y a la que regresa con vitola de artista consagrado.
Creo que no hablábamos desde que lo entrevisté con motivo del retrato que hizo a la infanta Cristina, hace mucho. Cortés, pintor de la Corte -como Goya o Velázquez, sí- pero no cortesano en el sentido peyorativo: puede pintar a gente poderosa, el perfil de Felipe González o de Jesús de Polanco, la mirada del banquero o del ministro, pero nunca pone su pincel al servicio de otra cosa que lo que él ve. Si sobrevivió a aquella ola hiperrealista de finales de los 80, que llenó las revistas y las salas de ojos asombrados al grito unánime de "¡parece una foto!" fue porque nunca se limitó a ejercitar su virtuosismo en la imitación de la realidad, sino que dejó su sello, su personal idea del arte, en cada pieza que firmó.
A Hernán Cortés me unen muchas y muy distintas cosas, empezando por el paisanaje gadita y siguiendo por mi veterana amistad con su ex mujer, la también pintora Carmen Bustamante, cuyo retrato de mediados de los ochenta preside la entrada de la muestra. También he tenido muy gratos encuentros con la hija de ambos, Ana, una chica encantadora que ya debe de ser una señora arquitecta, y a la que también veo retratada junto a Carlitos, su hermano, que al parecer se ha convertido en un músico notable. El arte no se heredará genéticamente, no, pero algo siempre cala. Dicen los chauvinistas que el arte gaditano también, pero ésa es otra historia.

lunes, 23 de febrero de 2009

Días de Facebook (II) Los Galiardo

Entrevisto a Juan Luis Galiardo con motivo de un homenaje que le tributan en Alcalá de Guadaíra. El galán, a sus 68, luce visibles arrugas y el cabello empieza a escasearle, pero -como su compadre Juan Diego- no ha perdido el brillo de la mirada. Esa luz que tienen ambos es la llama que los mantiene ahí. Coqueto como él solo, le da instrucciones a mi fotero, Antoñito Acedo: "El gran fotógrafo Alcaine decía que, a partir de una edad, primeros planos y sin mucha luz. Primeros planos, y buscar el alma del personaje", dice, confiado de que el alma no críe patas de gallo. Pero es un grande, desde luego: un cómico de los que quedan pocos, con arrugas o sin ellas.
De vuelta al ordenador me encuentro casualmente en el Facebook con su sobrino, Juanito Galiardo, joven pero excelso pianista. Hacía tiempo que no hablábamos y aprovecha para telefonearme y hablarme del festival de jazz que monta en Cádiz cada año, de lo difícil que es sacar estas iniciativas adelante. Le conocí cuando estudiaba magisterio, pero ya era un bicho de las teclas, se lo rifaban todos. Luego se fue a Berkley, que es algo así como la NBA de la música, donde todos los profesores son monstruos y recibes clases particulares de gente cuyos discos veneras. Ahora, cada vez que preguntas por él, está en Japón o en Filipinas de gira. A Juanito le agradezco, además, haber grabado un delicioso piano en nuestro disco Olla de Grillos, y de haber participado con su arte en el documental Veinte años no es poco, del director Antonio de Cos.
Pero mi mayor gratitud la reservo para su padre, Juan Gómez Macías, pintor de colores asombrosos y hombre agudísimo, autor de una madrugadora portada de nuestra revista Caleta y, como responsable del aula de literatura de San Roque, el primer insensato que apostó por mi poesía y decidió publicarla. A él le debo la plaquette El yo y el Ella. No me olvido del momento en que me bajé del autobús de Algeciras, separado de San Roque por una ancha carretera, ya con la noche medio caída y con un tráfico infernal, preguntándome: ¿Y si me pilla un coche y me muero sin ver mis poemas impresos?
San Roque también es la patria chica de gente como Carlos Castilla del Pino o Andrés Vázquez de Sola, lo que sugiere una impronta de genio y demencia a partes iguales, de sensibilidad y desbarajuste tremendamente productivos. Habrá que estudiarlo. O mejor, habrá que volver por allí, que ya toca.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Otras lecturas/ relecturas del mes de diciembre

Milena Agus. Mal de piedras.
Clarice Lispector. La hora de la estrella.
Clarice Lispector. Silencio.
Clarice Lispector. La ciudad sitiada.
Clarice Lispector. Felicidad clandestina.
Patrizia Runfola. Lecciones de tinieblas.
Patrizia Runfola. Praga en tiempos de Kafka.
Agota Kristof. Claus y Lucas.
Agota Kristof. La analfabeta.
Agota Kristof. No importa.
Lara Cardella. Quería los pantalones.
Constantino Bértolo. La cena de los notables.
Carlos Vitale. Unidad de lugar.
Marcello Fois. Hierro reciente.
Marcello Fois. Siempre caro.
Pedro Simoshe. No te lo vas a creer.
Sergio Chejfec. Mis dos mundos.
Wallace Stevens. La roca.
Italo Calvino. El castillo de los destinos cruzados.
Andrea Camilleri. Vosotros no sabéis.
Alan Pauls. Historia del llanto.
Allan Kaprow. La educación del des-artista.
André Maurois. Diario.
Federico de Roberto. Atestados.
Abilio Estévez. Muerte y transfiguración.
Agustín García Calvo. Cantar de las dos torres.
Lionel Tran. Sida mental.
Juan Antonio Bermúdez. Compañero enemigo.
Nacho Montoto. Espacios insostenibles/ Mi memoria es un tobogán.
Cristina Grande. Naturaleza infiel.
Jack Kerouac. Big Sur.

lunes, 22 de diciembre de 2008

24 horas en Madrid (y III) Recuerdo de Rafael Soto

Desando mis pasos, sorteo las esculturas, las líneas puras de Baltasar Lobo en el Paseo del Prado, y me dirijo a Atocha para tomar un cercanías a Torrelodones. No, no voy al Casino: allí vive Clara Soto, la viuda de Rafael Soto Vergés, amigo entrañable y poeta único. A Rafael, que además fue un hombre sencillo, cálido, bromista a tiempo completo, la vida lo trató con una brutalidad espantosa: primero un accidente atroz se llevó a su primera mujer, luego una enfermedad le quitó un hijo, por último el cáncer consumió sin piedad su cuerpo menudo. Dicen que en sus últimos días cabeceaba diciendo: "Esta vida es una estafa". Y tenía motivos para opinar así, el pobre Rafael.
Lo frecuenté mucho en su casa de Pozuelo, donde tenía un fabuloso gabinete de magia -la segunda de sus pasiones, después del verso- y en la de Cádiz, lindando con Cortadura, en aquellos cumpleaños veraniegos en los que Clara hacía cenas pantagruélicas y cócteles de película, y claro, ya no había quien echara a tanto letraherido como se juntaba allí hasta las tantas. Algunas de las mejores entrevistas que le hice fueron a esas altas horas y con algunos whiskies en lo alto, discutiendo si era o no conveniente publicar titulares como: "Todos los que viven de Cavafis se van a ir al carajo".
En Torrelodones, reconozco su colección de pinturas -fue de los que mejor escribió de arte en nuestro país-, sus libros, los perdurables saldos de lo que fue. Clara descorcha un vino de su tierra, argentino, y brindamos por la memoria de Rafael. Recuerdo sus ojos claros, ¡cómo tuvo que romper corazones en su juventud!, y su bigote tiznado de nicotina, y su sonrisa llana, y también su verbo exuberante, lleno de colores y sonoridades, sin el cual no habría quizá existido, por ejemplo, el Arde el mar de Gimferrer.
Rafael Soto Vergés murió tantas veces, y resurgió tantas de sus cenizas, que me parece mentira que ya no esté. Rió tanto que parece imposible que su risa se desvanezca tan fácilmente. Por eso de vuelta a Madrid, junto a los raíles helados de la estación de Las Matas, supe que su ausencia de esta noche es poco menos que anecdótica. Como el gran mago que era, sólo está esperando el momento oportuno para reaparecer en medio de una espectacular nube de humo y recoger, una vez más, la ovación que sus incondicionales siempre le debemos.

sábado, 18 de octubre de 2008

Barcelona (VI) Ballard en el Raval

El Raval: llevo asociado ese nombre a fuertes imágenes, las del magnífico documental En construcción de José Luis Guerín, las del libro de Arcadi Espada, Raval. Del amor a los niños, y su prolongación cinematográfica, De nens, de Joaquim Jordá, que he visto varias veces con asombro, indignación y tristeza. Por eso, internarme en el barrio diez años después va a depararme -voy preparado para ello- notables sorpresas. Estoy seguro de que persisten en él graves problemas de fondo, pero el lavado de cara, y el reciclaje del aire mismo que corre por sus calles, es espectacular.
Se antoja una ironía que este ave fenix urbanístico albergue ahora una exposición dedicada a J. G. Ballard, el narrador del Apocalipsis por excelencia. El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), uno de los motores espirituales del Raval, acoge estos días una muestra sobre el escritor británico, que siempre parece estar a punto de ponerse de moda y nunca acaba de romper en el mercado español. Un autor de culto para autores de culto, como demuestra el vídeo que recibe al visitante al principio del recorrido, y en el que veo a Fresán hablando de las cualidades de Ballard como profeta.
¿Era este señor tan sólo un profeta? Se dice lo mismo de Jules Verne, de George Orwell, de Aldous Huxley, de Philip K. Dick, de Isaac Asimov. Pero no basta con ser la Bruja Lola de las artes y las letras. Hay que dejar otra clase de huella, porque las profecías que se cumplen dejan sin trabajo a quienes las formularon: el futuro es insaciable, siempre pide más.
Ballardiano es, según el diccionario Collins, "Referente a James Graham Ballard, novelista británico, o a su obra; Que se parece o sugiere las condiciones descritas en los relatos o novelas de Ballard, esp. la modernidad distópica, los desoladores paisajes creados por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o ambiental". Recorro la exposición, muy imaginativa, aparatosa en las formas pero un tanto anémica en el fondo, entretenida en cualquier caso, rastreando signos ballardianos.
Tengo en casa la autobiografía del escritor, Milagros de vida, y me interesa muchísimo su nacimiento en Shangai y la famosa experiencia en el campo de concentración japonés, que luego Spielberg rentabilizó en El imperio del sol. El grueso de la obra ballardiana, sin embargo, no me agrada. Leo fragmentos de Crash, de Exhibición de atrocidades, y el efecto que me producen es definitivamente desasosegante, cuando no del todo desesperanzador.
Creo que algunos pasajes de la exposición (el auto semienterrado en la arena, la reproducción de la sala de hospital con sus biombos y sus camillas gélidas) también lo pretenden. Uno sale de allí pensando que tal vez ese futuro que ya es presente sea, en efecto, una mierda. Pero apenas empieza a caminar por este Raval remozado, tampoco puede uno evitar una sonrisa al recordar a don Antonio Machado: por suerte, hoy como ayer, mañana es siempre todavía.

sábado, 11 de octubre de 2008

Mariscal tiene arte

Yo acababa de cumplir la mayoría de edad y aquella mascota me parecía, como a casi todo el mundo, un mamarracho. ¿Un perro, un perro para representar a España? Con el tiempo he ido apreciando mucho más, e incluso admirando, la vasta obra como artista y diseñador de Javier Mariscal. Ni los más fieros detractores pueden negarle un estilo personal y un gran sentido del humor. Ambas cosas volvieron a ponerse de manifiesto hace unos días, cuando vino a Sevilla a inaugurar una exposición. Mariscal está tocado por esa luz, que a mí se me hace tan catalana, del burgués bien criado y de intachable formación, y a la vez gamberrete, iconoclasta y vividor.
Me reí mucho con todas sus ocurrencias, y sólo lo vi ponerse serio, serio de veras, cuando le pregunté por el hecho de que los artistas contemporáneos estén siempre bajo sospecha de fraude por parte del gran público, que llama camelo a todo lo que no entiende. Mariscal pidió respeto para todo aquel que se dedica al duro oficio del arte, e insistió en la idea de que la cultura es un alimento de primera necesidad: "Si dejas de comer, siquiera un poco de maíz, te marchitas a paso rápido. Pues lo mismo sucede con tu alma si no consumes arte, poesía, lo que sea".
La cuestión de los camelos me recordó una conversación con Iván y Dani, en Madrid: ¿Cómo reconocer qué es arte y qué es timo? La única receta que se me ocurrió, y la sigo defendiendo, es esta: es timo aquella presunta obra de arte que se corresponde exactamente con su definición. Un televisor dentro de una bolsa de plástico transparente, por ejemplo, es un timo. Pero es imposible imaginarse el Guernica, un cuadro de Tápies, una obra de Eliasson o de Sol LeWitt recurriendo sólo a las palabras. Y recordé también un sms que recibí al día siguiente de Dani, que por entonces estaba enganchado a un guitarrista anglosajón llamado Andy Timmons, que preguntaba con franco interés: "Andy, ¿es arte o es Timmons?"

martes, 5 de agosto de 2008

Far west (II) More is more

En El planeta americano, Vicente Verdú destaca el gusto de los estadounidenses por la cantidad. El buffet More del hotel es una buena prueba de ello. Su lema: "Less is not more. More is more". También lo es la piscina, inundada por la luz solar que refleja, como un espejo, la pirámide del hotel. Compro una botella de agua mineral marca Luxor y compruebo que también son exagerados en materia de pureza: "This pristine purified drinking water is processed by Carbon Filtration, Reverse Osmosis, Microfiltration, UV Treatment and Ozonation". No sabe a nada especial.
De pronto, el cielo se oscurece, empieza a chispear y todo el mundo huye como de una catástrofe. La piscina queda clausurada por decreto meteorológico. ¿Qué hace uno en Las Vegas un día de lluvia? Nueve de cada diez encuestados diría: entrar en un centro comercial, el templo de la abundancia y la diversión. El que visitamos tiene una barra de degustación de oxígeno, la mayor variedad de carcasas de i-pods que quepa imaginar, un lugar para recibir masajes en los pies y una galería de arte en la que comparten espacio horrendas piezas kitsch con obra gráfica de Picasso y Renoir, que la publicidad sólo alcanza a definir como "breathtaking".
El descenso por el Strip reafirma la idea de una Disneyland concebida para los adultos, para el niño que hay dentro de cada adulto. El Excalibur, El New York New York, el MGM, versiones de París y Venecia... Pero en realidad nadie ha querido reproducir fielmente esas referencias; por el contrario, lo han hecho todo de tal manera que se note que son burdas copias. Igual que quienes acuden al espectáculo America Superstars y no paga por ver a Michael Jackson, a Marilyn o a Elvis, sino a tipos que los imiten de tal modo que provoquen la sorpresa o la hilaridad.
El downtown, con sus esquinas decadentes pero con alma, es la demostración palpable de que todo, incluso Las Vegas, puede ser clásico, y bello, sólo con dejar que el tiempo haga su trabajo. Frente a estos carteles desvaídos, cargados de polvo y nostalgia, proliferan las wedding chapels, los lugares donde, por puras razones espaciales, más unidas estarán siempre las parejas. Pasamos frente a una y vemos a unos recién casados posando para el fotógrafo, subidos a un carro con guirnaldas. El caballo que tira del vehículo es de plástico.

lunes, 9 de junio de 2008

En casa de Natalia Bolívar

Descendiente del libertador americano, discípula aventajada del gran Fernando Ortiz, la compañía y la conversación de Natalia Bolívar son lujos que he podido disfrutar varias veces. La primera en Cádiz, donde también pude hablar con aquel cantante y hombre bueno llamado Lázaro Ros, y donde experimenté el placer de tocar los tamborés batá que en Cuba son considerados santos por sí mismos, y a los que se agasaja con todo tipo de ofrendas; la última, esta semana en Sevilla, con el pretexto de la presentación del último libro de Natalia, Los orishas del panteón afrocubano, que acaso no contenga demasiadas revelaciones para los iniciados, pero sí valiosas pistas para quienes conozcan poco o nada acerca de la santería.
Pero quiero recordar aquí, entre un encuentro y otro, aquella visita que hicimos a casa de Natalia una amplia delegación de gaditanos, entre los que se encontraban políticos, periodistas, funcionarios, intelectuales varios, cada uno de su padre y de su madre. El único requisito era que cada invitado llevara una botella de ron, con lo que la mesa de la sala principal se vio cubierta en un momento por unos 30 litros de plata embotellada y destilada de los cañaverales de Santiago de Cuba. La reunión empezó de lo más pacífica, escuchando la caricia de un violín que acompañaba los cánticos yorubas del grupo habitual de Natalia. En un momento dado fui al baño y me demoré observando la espléndida colección de pintura de nuestra anfitriona -creo recordar un Portocarrero, un Mariano, un Lam-, un descomunal busto en bronce del antepasado Simón y un no menos gigantesco, si bien amigable, galápago que casi obstruía el pasillo.
Pues bien, los violines dieron paso a los tambores, el ron corrió con alegría, y en un momento dado todos nos vimos inversos en una espiral de la que parecía imposible salirse, un subidón de bailes y voces en cuyo éxtasis, sin duda, llegamos a ver el rostro de dios, que es la dicha suprema. Unos y otros, autoridades y canalla libresca, parecíamos los niños de Hamelín calzados con las zapatillas rojas del cuento, hipnotizados bajo el poder de las músicas de Yemayá, Eleggua y Changó. Lo último que recordamos es que, en pleno apogeo de la fiesta, la turba salió a la terraza a recibir un aguacero benéfico, redentor, que nos mandó a casa pipando pero purificados.
Después he visto otras cosas, algunas de veras asombrosas, relacionadas con el culto a los santos afrocubanos. Pero nada como aquel trance colectivo en casa de Natalia Bolívar, aquella epifanía habanera. He intentado a veces buscar la palabra exacta que resumiera esa noche, pero sólo se me ha ocurrido el viejo lugar común: magia.

viernes, 30 de mayo de 2008

Sorolla y el rostro de España

Vinieron mis padres a visitarme, y fuimos juntos a ver la muestra Visión de España de Sorolla, que acoge estos días el Museo de Bellas Artes. A mi madre le llama la atención el formato de las piezas, tan grande que te permite entrar en las escenas como a través de una ventana, abstraerte en ellas. La luz del valenciano, personalísima, inconfundible, tiene algo hipnótico: los visitantes quedan deslumbrados como gorriones ante, por ejemplo, la escena de los pescadores de atunes o la del mercado extremeño, que irradian resplandores tremendamente logrados. Mucha gente se asombra también de la riqueza de las texturas, el modo en que el pintor recrea los detalles de un traje de luces, una falda bordada o unos abalorios.
Ya en casa, leo algunas de las cartas -recientemente publicadas- que Sorolla envió a su mujer, Clotilde, mientras realizaba aquel periplo por la España profunda que plasmaría en estas telas. Sonrío ante su debilidad: "Yo fumo y fumo, pienso en mi cuadro que tengo delante", dice. También habla de los tejidos -"el traje es bonito, pero es muy barroco"-, de los accesorios -"caballos, monturas, trajes caros..."-, del paisaje o de la meteorología. Pero me ha costado encontrar referencias a los modelos, como ésta: "Las gentes son más ladinas que todo cuanto he visto y conocido en mi vida, son los Sanchos exactos. De Quijote hasta la presente no he conocido ninguno".
Me choca porque, si en algo vemos la esencia de España en esta serie, no es en el tipismo regional ni en los fondos ibéricos y mediterráneos; si Sorolla clavó nuestro espíritu como pocos -habría que irse a Goya y a Zuloaga para encontrarle parangón- fue gracias a esos rostros embrutecidos, ágrafos, malcomidos, esos semblantes de santo inocente, el de la bailaora con sombra de bigote sobre los labios y el del marinero con orejas de soplillo, el diestro ceceante o el capillita absorto. El gran hallazgo de esta exposición es esa cara indisimulable del subdesarrollo, que diría Desnoes, esas facciones que todavía reconocemos por la calle, a menudo, un siglo después de que fueran retratadas.