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lunes, 1 de agosto de 2011

Otras lecturas/ relecturas del mes de julio

Charles Burns. Tóxico.
Francesco Matteuzzi y Elisabetta Benfatto. Anna Politkovskaya.
Roberto Saviano. La belleza y el infierno.
Niccolò Ammaniti. Io non ho paura.
Paolo Sorrentino. Todos tienen razón.
Michela Murgia. La acabadora.
Isabelle Eberhardt. Hacia los horizontes azules.
Juan Villoro. 8.8. El miedo en el espejo.
Luis Manuel García Méndez. El señor de los naufragios.
Jaime García Maffla. Escenas de caza.
Fernando Ortiz. Miradas al último espejo.
Stephanie Alcantar. La incertidumbre también tuvo infancia.
Jordi Virallonga. Por si no puedes.
Víctor Rodríguez Núñez. Tareas.
Manuel Ruiz Torres. El inicio del mundo.

viernes, 1 de octubre de 2010

Otras lecturas/ relecturas del mes de septiembre

Tim Hamilton/ Ray Bradbury. Fahrenheit 451.
Honore de Balzac. Mujeres lo bastante ricas.
Albert Camus. El malentendido.
Albert Camus. Los justos.
Albert Camus. Estado de sitio.
Albert Camus. La peste.
Eric Hazan. Viaje a la Palestina ocupada.
Milena Agus. Perché scrivere.
Giorgio Todde. El extremo de las cosas.
Salvatore Satta. El día del juicio.
Henry James. El punto de vista.
Antón Chejov. Cuaderno de notas.
Adolfo Bioy Casares. Unos días en el Brasil.
Pietro Aretino. Casos de Amor.
Julián Rodríguez. Santos que yo te pinte.
Julián Rodríguez. Tríptico.
Ricardo Menéndez Salmón. La luz es más antigua que el amor.
Giovanni Verga. Cavalleria rusticana y otros cuentos sicilianos.
Darina al-Joundi/ Mohamed Kacimi. El día que Nina Simone dejó de cantar.
Don Winslow. El invierno de Frankie Machine.
José Martínez Ros. Trenes de Europa.
Carmen Moreno. Cuando dios se equivoca.
Luisa Futoransky. Partir, digo.
Eduardo Jordá. Pero sucede.
Francisco José Cruz. El espanto seguro.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Eso que llaman éxito (I) Fernández Mallo

Qué extraño: cuando leí Nocilla dream, la primera entrega de una trilogía que ha convertido a su autor, Agustín Fernández Mallo, en un referente de la nueva literatura española, me pareció una obra interesante, fresca y diferente. Más tarde, cuando los mecanismos del mercado empezaron a pregonar que esa novela era la repanocha, empecé a verle fisuras y a cogerle manía. Era como si cada piropo fuera poniendo de manifiesto no sus virtudes, sino sus carencias, que obviamente las tenía. Nuestra percepción de las cosas está muy condicionada por las expectativas, y no es lo mismo sorprenderse o decepcionarse con un literato desconocido que con Borges o Faulkner.
Algo parecido me pasó, pero a la inversa, con el autor. La primera vez que lo vi, en el encuentro de jóvenes escritores de la Fundación Lara, me pareció un tipo demasiado bien pagado de sí mismo, convencido de haber inventado la pólvora. Esta percepción negativa se acentuó leyendo su ensayo Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma, al que hay que reconocer valentía y arrojo, pero que revela a mi juicio un profundo desconocimiento de lo que ha sido la poesía española en las últimas décadas. Sin embargo, al verle llegar ayer al hotel, arrastrando cansado su maleta, y comer cacahuetes y beber cocacola en la entrevista posterior, me dije que yo era injusto, que Fernández Mallo es un chaval normal, gallego amable e inteligente, al que el sistema ha puesto ahí, en el ojo del huracán, para que represente algo que no existe y haga de objeto de culto o de muñeco de pim pam pum para la crítica y el público.
Es imposible leer su última novela, Nocilla Lab, sin tales prejuicios. Sigue siendo un tipo interesante, con buena mano para la prosa, sin duda, tal vez un poco deslumbrado por los efectos, empecinado en la hibridación de lenguajes, como si en el afán innovador se jugara todo. "¿Te has dado cuenta -me dijo hace poco Javier Reverte- de lo mal que ha envejecido la prosa más rupturista de Cela, y cómo en cambio Quevedo y Cervantes cada día parecen más jóvenes?" Sí, me doy cuenta. Y creo que Fernández Mallo dará su gran salto cuando sus obras no sean experimentos. "Cuando se habla de experimento -dijo otro- es porque se trata de experimento fallido".
Hay algo más, y es su fe absoluta en que la ciencia redima a la literatura de su anquilosamiento, de su parálisis. Cree que la poesía sufre de esclerosis múltiple y que la senda es el Haiku de la masa en reposo. Tal vez sin pretenderlo, desdeña o se olvida de la emoción. O tal vez yo sea un lector obsoleto por seguir con Ory:
La física nuclear no me sirve para saber por qué lloro por amor.
O con Mauricio Wiesenthal, que dejó escrito la superioridad de la emoción sobre la ciencia, por la sencilla razón de que aquélla es irrefutable.
PS.- Lo que más me ha gustado de Nocilla Lab: una idea hermosa, que las parejas llamadas a perdurar son aquellas en las que ambos tienen un sentido del humor similar. Y jugar a reconocer, en los escenarios que describe, lugares que yo también visité: las curvas que conducen a una fábrica abandonada pertenecen, apostaría, a la zona de Piscinas. Tengo fotos de la fábrica. Y una isla que menciona no puede ser otra que Sant' Antioco. El hotel con forma de pirámide en Las Vegas es el mismo en el que yo me alojé.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Otras lecturas/ relecturas del mes de diciembre

Milena Agus. Mal de piedras.
Clarice Lispector. La hora de la estrella.
Clarice Lispector. Silencio.
Clarice Lispector. La ciudad sitiada.
Clarice Lispector. Felicidad clandestina.
Patrizia Runfola. Lecciones de tinieblas.
Patrizia Runfola. Praga en tiempos de Kafka.
Agota Kristof. Claus y Lucas.
Agota Kristof. La analfabeta.
Agota Kristof. No importa.
Lara Cardella. Quería los pantalones.
Constantino Bértolo. La cena de los notables.
Carlos Vitale. Unidad de lugar.
Marcello Fois. Hierro reciente.
Marcello Fois. Siempre caro.
Pedro Simoshe. No te lo vas a creer.
Sergio Chejfec. Mis dos mundos.
Wallace Stevens. La roca.
Italo Calvino. El castillo de los destinos cruzados.
Andrea Camilleri. Vosotros no sabéis.
Alan Pauls. Historia del llanto.
Allan Kaprow. La educación del des-artista.
André Maurois. Diario.
Federico de Roberto. Atestados.
Abilio Estévez. Muerte y transfiguración.
Agustín García Calvo. Cantar de las dos torres.
Lionel Tran. Sida mental.
Juan Antonio Bermúdez. Compañero enemigo.
Nacho Montoto. Espacios insostenibles/ Mi memoria es un tobogán.
Cristina Grande. Naturaleza infiel.
Jack Kerouac. Big Sur.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Otras lecturas/relecturas del mes de noviembre

Francisco Ruiz Noguera. Arquitectura efímera.
Ryszard Kapuściński. Viajes con Heródoto.
Trinidad Gan. Fin de fuga.
Hasier Larretxea. La última bala.
Anna Maria Ortese. El mar no baña Nápoles.
Benjamín Prado. Siete maneras de decir manzana.
Ezra Pound. Il mare.
Ottavio Cappellani. ¿Quién es Lou Sciortino?
Ricardo Defargues. La cima vieja.
Georges Perec. Lo infraordinario.
Henrik Norbrandt. Puentes de sueños.
Arthur Schopenhauer. El arte de tratar con las mujeres.
Percy B. Shelley. Epipsychidion.
Andrea Camilleri. La muerte de Amalia Sacerdote.
Francisco López-Seivane (ed.). Perlas de sabiduría.
Jesús Aguado. Mendigo.
Stephen Mitchell (ed.). Gilgamesh.
Giovanni Verga. La vida en el campo.
Agustín García Calvo. Suma del vuelo de los hombres.
Ángeles Mora. Bajo la alfombra.
Victoriano Crémer. El último jinete.
Eduardo Fraile. La chica de la bolsa de peces de colores.
Jesús Tortajada. Ruegos y preguntas.
Jack London. La llamada de la Naturaleza.
Tobias Wolff. Ladrón de cuarteles.
Ignacio Padilla. El androide y las quimeras.
Daniel Douglas Duncan. My black gullwing. Picasso & Lump.
Jorge Amado. Capitanes de la Arena.
Vincenzo Consolo. A este lado del faro.
Milena Agus. Las alas de mi padre.

domingo, 31 de agosto de 2008

Por Cerdeña (VI) De Sassari al fin de trayecto

Claro que después de catar ese edén fragante a salitre y hierbas toca un poco de infierno. La entrada a Sassari sirve a tal efecto: aire de polígono industrial, caóticas indicaciones de tráfico, farolas que destilan luz verdosa, poco transeúnte a la vista y mucho conductor irritado y con prisa. ¿Esto es Sassari? Y luego la plaza mayor, cuidada en limpieza y orden pero como rechazada por los vecinos, huérfana de orgullos locales. Caminamos de aquí para allá, y el lugar más concurrido que encontramos es un despacho de comida rápida de enorme éxito en cuyos alrededores, sentados en casapuertas o metidos en sus coches, devoran los paisanos sus tristes perritos y hamburguesas.
Es Sassari tan feúcha, y que me perdonen sus más chauvinistas vecinos, que cuando subimos al cuarto piso de un restaurante para cenar, comprobamos que la terraza está vedada a la vista por una tapia, cuando lo usual sería deleitar a la clientela con vistas panorámicas. Y sin embargo, no nos han de faltar ni la simpatía del sardo y la sarda, ni la buena comida ni el confortante trago de mirto ni otros signos de identidad de esta isla que venimos celebrando desde el primer día.
En el camino a Porto Torres, hacemos un alto para visitar el monte Accoddi, algo así como una pirámide azteca en miniatura, que a juzgar por lo que nos cuenta el vigilante a la entrada -no bligliettero: el acceso es gratuito- no causa precisamente sensación entre los turistas. Una pena, porque aunque no haya escupido restos arqueológicos dignos de mención, el Accoddi, salvo para quienes detesten las lagartijas, tiene su gracia y su misterio. De modo que, desde este post, decimos al ocasional viajero a la Cerdeña: visite el monte Accoddi, visítelo.
Antes de despedirnos de la isla rodamos hasta Stintino y su costa, que bien puede presumir de aguas clarísimas, para caretiar largamente, que dirían en Colombia, entre peces variadísimos y de buen tamaño, cormoranes adormecidos sobre las rocas y alguna solitaria estrella de mar vestida de rojo coralino. Y sin tiempo casi para secarnos, el regreso a Alghero, almuerzo e imprescindible granita de postre, devolución de Limoncello, paseo por las murallas, saludo final a las ventanas que miran a poniente y a los veleros del muelle. Las águilas del Mediterráneo, mal que nos pese, deben reanudar el vuelo. Pero ahora ya conocen el camino de vuelta.

Por Cerdeña (V) De La Maddalena al paraíso

Lo confieso, me fascinan las islas vinculadas a otras islas del mismo modo en que de niño no me asombraban tanto los planetas como los satélites. Todas las grandes islas tienen sus lunas, y Cerdeña no es una excepción. Tomamos así un barco hacia La Maddalena, amor a primera vista, instantáneo y fulminante, pero al que atendemos como un rollito de circunstancias porque nos tira más Caprera, isla menor a la que peregrina mucho italiano con objeto de visitar la tumba de Garibaldi. Para nosotros, en cambio, será una hermosa tarde de buceo y un paseo grato por pinares en los que, según prescriben las señales, está prohibido dar de comer a los jabalíes.
Santa Teresa Gallura, ya en tierra firme y asomada a Córcega, nos depara un desayuno energético y la caricia de un solecito matinal cargado de esencias marinas antes de partir hacia la Costa Paradiso, probablemente la mayor y mejor concentración de calas con encanto de toda Cerdeña. Hay mucho donde elegir, pero nos quedamos con Tinnari, espléndida playa junto a la Isola Rossa. No demoraré en explicar la jornada de buceo que nos regalamos, cuidando de sortear, eso sí, una que otra medusa y un invencible ejército de erizos. Pero el momento de ingresar, a través de un estrecho desfiladero, en una piscina natural de aguas turquesas primorosamente envueltas en pulida roca perdurará mucho tiempo en nuestra memoria.
Hasta aquí el paraíso previsto, el que habíamos escrutado previamente en Google Images. Pero poco antes del atardecer, por sorpresa, nos sale al camino la visión de Castelsardo, pueblo maravilloso encaramado a una montaña pero mojando también los pies en un coqueto puerto pesquero. Castelsardo bello, con su asombroso castillo del siglo XII, su altiva catedral como una novia amenazando lanzarse al despeñadero si no la amamos -y ahí sigue, porque respondemos a sus deseos-, su callejeo delicioso y sus viejas a las puertas de sus casas enredando, esto es, enlazando artesanalmente tallos y juncos para fabricar de todo.
Iván lleva todo el viaje soñando con instalarse en esta o aquella villa sarda, especulando con el bar donde iría cada tarde a tomar café o el apartamento que alquilaría para escribir frente al mar. Yo le animo con el egoísta objeto de tener un amigo en Cerdeña al que visitar. Creo que a ambos nos complace Castelsardo, olvidado por las guías al uso pero bien grabado ya en nuestro listado de predilecciones, tan estrechamente avecindado con la felicidad.

Por Cerdeña (IV) De la Costa Esmeralda al pasado

Una ancha autopista nos trae de nuevo hasta la costa, y a la altura de Siniscola ya rodamos al reencuentro de las incómodas pero en el fondo lindas vías secundarias. Por ejemplo, la que nos lleva a La Caletta, guiño literario a esa revista de la que estoy dolorosamente dimitido, Posada, Budoni, un alto en el camino para que Iván se torture las manos capturando higos chumbos, San Teodoro y el cabo Coda Cavallo, donde almorzamos y buceamos un rato frente a las imponentes islas de Molara y Tavolara, ésta última reino independiente hasta anteayer, como quien dice. "Magnífica masa de roca que me fascinó por la esplendidez de su pesada forma", dice Lawrence, y no es difícil suscribirlo.
Pasamos por Olbia casi sin rozarla y vamos buscando las maravillas prometidas por la publicidad de la Costa Esmeralda, sin saber que nos estamos adentrando en un infierno de embarcaderos pijos y urbanizaciones horteras, desde el Golfo Aranci a Porto Cervo, pasando por Porto Rotondo y Capriccioli, Baia Sardinia y Cannigioni. Terror de bolsillos modestos, bastión inexpugnable contra el buen gusto, pernoctamos como podemos en un cámping carísimo deseando que llegue el nuevo día y dejemos atrás tan desdichado litoral.
A la mañana siguiente, como estaba mandado, brilla el sol sobre Palau y calienta nuestros corazones camino de la roca conocida como l'Orso por tener la forma de esos plantígrados que tanto le gustaban a Timothy Treadwell. Luego dedicamos buena parte de la jornada a visitar arqueología: las singulares tumbas de gigante, las necrópolis de Li Lolghi y Li Muni y un curioso tempietto en lo alto de una trabajosa colina, ¡que no se diga que en este viaje falta el senderismo!
Pero la estrella de la piedra milenaria en Cerdeña son sin duda los nuraghe, varios de los cuales visitamos por fuera y por sus a menudo insalubres adentros.
"No lo describiré", dice de uno de ellos Vittorini, "para mí, todos los que he visto carecen de interés interno. Presencias misteriosas en la campiña...". Pero interés sí que tienen estas torres, casi chimeneas habitables, construidas piedra sobre piedra pero con pericia y buena cabeza, que de pronto se yerguen a un lado de la carretera sin que nadie sepa datarlos con certeza, ni atribuirlos a otra civilización que sea la "nurágica". Hoy atracciones turísticas los mejor conservados, cagadero de ovejas los más apartados, son el orgullo de los sardos por lo mismo que triunfan tantas ruinas: por grandes, viejas y misteriosas.

Por Cerdeña (III) El Nuoro de la Deledda

No es que haya alumbrado Cerdeña a muchos escritores, pero sí buenos. Puede presumir la isla de tener incluso a una premio Nobel, Grazia Deledda, que de algún modo nos obliga a desviarnos de la ruta marítima para visitar su ciudad natal, Nuoro. Villa del interior, resplandeciente en medio de la tupida oscuridad de las montañas, no cuesta nada imaginarla como un espacio bastante opresivo para una muchacha de finales del XIX, por más que hoy despliegue notables jaleos de verbena a lo largo y ancho de su casco histórico. Cenados y con su buen traguito de mirto en el cuerpo, nos vamos pronto a la cama para aprovechar la mañana siguiente bien descansados.
"No hay nada que ver en Nuoro, cosa que, a decir verdad, siempre es un alivio". No había entendido esta afirmación de D.H. Lawrence hasta que, después del capuccino, caminé un rato por sus calles apacibles, nada afectadas. La calle Grazia Deledda conduce a la casa natal de Grazia Deledda, cerca de la cual hay un supermercado con el nombre de la única novela que me he leído de la Nobel: Cósima. Guardo el ticket de una pequeña compra como prueba.
La casa museo, muy cuidada, es más interesante de lo que esperaba. Después de conversar un rato con los vigilantes -maravillados con el hecho de que los españoles jugáramos de niños, como ellos, al trompo o la peonza, trotola en italiano, que aquí llaman bardofula y tienen por invento bien sardo- exploramos las habitaciones de la Nobel, observamos su caligrafía espinosa en los manuscritos expuestos y sus facciones rígidas en varias fotos. Poco agraciada en la isla de las guapas, rodeada de mar pero criada entre colinas, la Deledda -como su medio coetánea Maria Messina en Sicilia- quería escapar, decir adiós a todo esto, y encontró la llave en la literatura. Tanto quiso alejarse, que se coló en Estocolmo y tropezó con las prestigiosas coronas.
A la salida, los amigables vigilantes nos invitan a dejar una firma en el registro de visitas. Por tanta bella ciclista sonriente como hemos venido viendo estos días, pero también por la lucha paciente y emancipadora de todas las Deleddas que en el mundo han sido, sólo se nos ocurre un único comentario: "Vivan las sardas!"

Por Cerdeña (II) De Cagliari a Arbatax

Son muchos lugares y el resumen se impone: Las dunas de la playa conocida como Piscinas, unas de las más grandes de Europa según dicen; la zona minera de Iglesias, surcada por mareantes curvas; la isla de Sant' Antioco, San Giovanni Suergiu, Porto Botte, Giba, Sant' Anna Arresi, Teulada, Domus de Maria, Santa Margherita y al fin Pula, villa de fiesta esta noche, con conciertos al aire libre y librerías abiertas hasta tarde y terrazas llenas de veraneantes, y todo ello junto a las ruinas de Nora, en las que Iván buscará en vano restos púnicos dignos de admiración. En una calita de la playa aledaña pasaremos la noche. Con frío, sin conciliar bien el sueño, pero con la recompensa de un amanecer rojo y hermosísimo tras los mástiles de los veleros.
A la mañana siguiente, tras el desayuno, Cagliari, la capital de la isla. No sé por qué, esperábamos menos, pero es una ciudad fantástica, alegre, soleada, muy acogedora. "Una Jerusalén de Cerdeña, fría y amarilla" la llama el siciliano Vittorini en un cuaderno de viaje que acabo de releer. Y D. H. Lawrence también la define en sus notas como "Fría, pétrea". No, a nosotros se nos hace cálida, muy europea mediterránea, con los cafés de su Via Roma porticada, el trabajoso pero agradecido ascenso al bastión panorámico, y con un poco más de esfuerzo la catedral, cerrada a cal y canto pero con su órgano ensayando portentosas notas.
Seguimos por Quartu Sant'Elena, cubrimos un largo trayecto y antes de que caiga el sol estamos en Arbatax. El citado libro de Vittorini, Cerdeña como una infancia, muestra en su portada a unos chicos lanzándose al mar desde unas rocas que, más que sardos, parecen clavadistas mexicanos o brasileños. Pues bien, esas rocas, que en la realidad son de un rojo suave y que el mar no ha llegado a maltratar, puliéndolas por el contrario con una increíble delicadeza, pertenecen a Arbatax, y a esta hora de la tarde no es raro ver a chavales lanzándose desde lo más alto con olímpicas piruetas.
Pero tan emocionante es explorar este litoral desde el aire como bajo el agua: la roca cae verticalmente hasta una profundidad considerable, se tiñe con bonitos líquenes y acoge una población abundante y variada de peces confiados. Aquí uno no siente, como en otros litorales, que la tierra y el mar se repelan como el agua y el aceite; antes bien, forman una pareja de amantes bien avenidos, un matrimonio de piedra y sal digno de vitorear.

jueves, 28 de agosto de 2008

Por Cerdeña (I) De Alghero hacia el sur

Me viene a la memoria un episodio de El Corsario de Hierro -el mejor héroe, con diferencia, del cómic español- titulado Las águilas del Mediterráneo, en el que unos piratas iban arrasando una por una todas las islas del Mare Nostrum y, de paso, los lectores de la historieta aprendían un poco de geografía. Iván y yo decidimos, apenas tres días antes, el asalto a Cerdeña, gran desconocida y sin embargo poseedora para nosotros de un antiguo magnetismo.
Entramos por Alghero, villa fortificada, con evidente éxito turístico, amable y sin embargo un tanto indecisa, como pueden serlo muchas ciudades de Malta. Sorprende que mucha gente, sobre todo de edad avanzada, hable un catalán claro y ortodoxo.
Con un Honda Logo amarillo chillón de alquiler, que no tardaríamos en bautizar con el nombre de Limoncello, enfilamos la carretera hacia el sur rozando el bellísimo litoral, pasando por Bosa y su río, Tresnuraghes, Cuglieri, Santa Caterina di Pittinuri, S'Archittu, San Giovanni di Sinis y por fin Tharros, asentamiento fenicio bien conservado que se despliega muy hermosamente junto a la playa dominada por una formidable torre aragonesa, ¡gran lugar para que florezca la civilización, sobre todo si es muy civilizada y muy milenaria!
Con la noche ya caída, en una villa llamada Cabras, hacemos un descubrimiento y una constatación. El descubrimiento se refiere a la pasta a la bottarga, delicia cocinada con huevas de pescado autóctono, el muggine -en España mújol o cabezudo. La constatación es que el sardo es uno de los pueblos más simpáticos y hospitalarios del Mediterráneo. Salvo algún camarero malaje que encontraremos por el camino, todo el mundo aquí es sano, educado y con una amabilidad que nos parece como de otro tiempo.