jueves, 27 de agosto de 2009

Teselas griegas (y XII) Último paseo ateniense

Desayuno en la Plaza Victoria, en el Cafe des Poetes, que no es el mas barato pero esta decorado con fotos de bardos griegos -Elytis, Seferis y Ritsos son los únicos que reconozco- y en frente, apartado junto a la barra, la mirada presidencial de Constantino Cavafis. Descendemos a paso tranquilo hacia las vías conocidas de Monastiraki y Plaka, y pasamos la mañana entregados al engorroso y preceptivo rito de las compras.
El mejor rato del día lo pasamos almorzando saganaki -queso frito- en una calle apartada, con música griega a cargo de una pareja que toca el bouzaki y la guitarra francamente bien. El repertorio se me hace como la propia Grecia: algunas canciones suenan tristes, otras sarcásticas, pero todas guardan un delicioso sabor tradicional, de mar y campo, y dan para escalas melódicas muy bellas.
Antes de que caiga la noche nos demoraremos en espléndidas librerías, vagaremos por la plaza Syntagma, donde una ruidosa manifestación cuyas consignas somos incapaces de descifrar ha propiciado un exagerado despliegue de antidisturbios. Pasamos de largo y nos metemos en el Jardín Botánico, pródigo en gratas sombras, y entre ceibas, gansos y pensativas tortugas, aislados del ruido y el humo, vamos despidiéndonos de Atenas y de todo el país. Claro que han quedado muchas cosas por hacer: comer cordero y dar un salto los monasterios del Monte Athos, o, más lejos, las vertiginosas rocas de Meteora, por ejemplo. Pero siempre hay que dejar cuentas pendientes para no perder el camino de regreso.
Nuestro avión saldrá muy temprano, por lo que nos dirigiremos al aeropuerto antes de que amanezca. Miro de nuevo las calles entre tinieblas y me viene a la cabeza aquel párrafo de Calokiris, entre otras cosas traductor de Borges, que no me resisto a copiar antes de poner fin a mi breve crónica:
Displicente, cabezota, aireada, las más de las veces desagradecida, en sus relaciones celebra sin cesar los aniversarios pasados, generosa a veces e imprevisible, de formación mediana e igual altura, bastante elocuente, sin embargo, quejumbrosa empedernida y crédula, tan maleable, fácil presa de demagogos, aunque no sin esporádicos destellos de tolerancia, asimila continuamente sus errores, despreocupada y celosa al mismo tiempo, valiente y oportunista por supuesto, burlona y coqueta, se alimenta de noticias y evasivas y de cuando en cuando se lanza impetuosa hacia el futuro aunque en el fondo se mece, triste como un jardín. Y a pesar de todo atractiva, con un gran círculo de amantes todavía. Como una explosión de paciencia. Como un castigo de la Historia... Estoy hablando de Grecia.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Teselas griegas (XI) Taxi en Atenas

"Hablamos espagnol!", dice desplegando los brazos y la sonrisa el taxista del puerto, cuyo vehiculo compartiremos de nuevo con una viejita. Tales entusiasmos encubren por lo general alguna picaresca, pero esta vez la alegria parece sincera. El tipo vivio, segun nos cuenta, en Catalugna, y para el no hay tierra mas parecida al alma griega que la espagnola, sobre todo Andalucia. No se pone tan didactico como su colega de Creta, pero su orgullo si sale a relucir:
-Grecia tiene 300 islas, y cada una es un mundo. Pero cuando vuelvan, vayan al continente, veran maravillas.
El es de Tesalonica, y piensa regresar en breve. "Alli tengo un paradiso", asevera.
A esta hora de la madrugada, la vieja y desalignada Atenas me inspira simpatia, pero no deja de sorprenderme su atraso. Ni el chofer ni la anciana llevan cinturon de seguridad, a pesar de que vamos a una velocidad considerable. El hombre pide permiso para fumar y explica que aqui han intentado imponer la ley antitabaco, pero no funciona: nadie hace caso. Se sorprende de que en Sevilla mucha gente vaya en bicicleta, y asegura que el problema de Atenas no es la contaminacion, sino el hecho de que los tomates no saben a nada.
Tambien nosotros hemos fumado en los aviones, hemos pasado ante la Giralda negra como el carbon, nos hemos burlado de las costumbres londinenses de pubs libres de humo, nos han parecido ridiculos los ciclistas y unos timoratos los conductores que llevaban cinturon, todo ello mientras nos jactabamos de vivir en el mejor de los mundos posibles. Pero todo llega, aunque a veces demore una, dos, tres decadas.

lunes, 24 de agosto de 2009

Teselas griegas (X) Adiós, Creta

Se acerca el momento de despedirse de Creta, pero antes habra que rodar un poco mas: una visita a la rocosa playa de Ravdoucha, donde el temporal no nos permitira bagnarnos, pero si probar un delicioso pescado; un salto rapido a Malaxa, donde nos dijeron que podriamos probar un queso de cabra muy fuerte y denso conocido como staka, pero que encontramos las calles desiertas como las de un poblado fantasma; un maravilloso chapuzon mas -esta vez si- en la zona de Katahas, al otro lado de la peninsula de Rodopou, donde bucearemos entre preciosos peces aguja, brillantes doradas, erizos abundantes y bancos de pececillos diminutos que brillan como moneditas de oro bajo la superficie. Alli degustaremos un rico bouleki -pastel de calabacin- y nos defraudara la retsina, un vino blanco con fuerte sabor a tierra y escaso poder refrescante.
Cuando llegamos a Chania para devolver el coche, la ciudad era un hervidero de turistas comprando chucherias compulsivamente. Yo no queria marcharme sin visitar el viejo mercado, pero me lleve una nueva decepcion al comprobar que los clasicos puestos de quesos y carnes han sido desplazados casi por completo por tiendas de pulseritas, imanes de nevera y kombolois, esa especie de rosarios griegos hechos con piedras de diversa calidad muy utiles, dicen, como tratamiento antiestres.
Entre unas cosas y otras, se nos echa la hora encima y hay mas gente que taxis en la parada. Nuestra suerte es que en Grecia (como en buena parte del Mediterraneo) los taxis se "rellenan" segun se puede, y a nosotros nos permiten subir a uno que acaba de coger una viejita. El chofer pregunta a que hora sale nuestro barco, hace sus calculos y pone su auto a 120 por calles en las que puede cruzarse cualquiera. Deja a la anciana en una esquina convenida y enfila el camino al puerto de Souda dejandose poseer por su espiritu de guia turistico frustrado, resumiendonos en apenas doce minutos todas las maravillas de la isla: que si esta fue la primera civilizacion, que si de aqui salieron las primersa monedas, la matematica, el pensamiento, la astronomia... Que si Minos, que si Europa, que si Zeus... Parecia imposible conducir a esa velocidad y mantener el discurso, pero nos deja a las puertas de nuestro buque con diez minutos de antelacion y la leccion recitada.
Me conmueve el orgullo del taxista, pero me temo que Creta ha sido muy abandonada por todos, empezando por los propios cretenses. Seguramente no hemos venido en la mejor epoca, y sin duda son muchas las maravillas que no hemos alcanzado a contemplar en nuestro breve paseo, pero esa idea se ha hecho demasiado fuerte y vuelve ahora, cuando subimos a cubierta para despedirnos de esta tierra hasta quien sabe cuando. Una isla donde la gente ha debido llevar una vida bastante dura mereceria mejor suerte, pero la sensacion general es que es mucho lo que ha quedado en el camino, mas que nada en sus ciudades, la mayoria sin color ni sabor, pero sobre todo sin memoria. Pero es cierta que Creta ha sido mucha Creta: no hay ninguna razon para no confiar en que vuelva a lucir algun dia los esplendores de antagno.

domingo, 23 de agosto de 2009

Teselas griegas (IX) Un baño en Elafonisi

Llega la hora de ejercer de catadores de playas como dios manda, porque hasta ahora no podemos decir que nos hayamos lucido en ese aspecto. Nuestra primera eleccion es Elafonisi, al suroeste: no lejos de Kissamos, salvo por el hecho de que bajamos por la carretera antigua, estrecha y muy sinuosa, que ofrece vistas vertiginosas del mar y los valles del interior; por suerte, el trafico es escaso.
Algo mas tardamos en llegar, y encontramos la playa asediada de coches y autocares. Pero el espacio es tan vasto que no se percibe la masificacion. Elafonisi es un sistema de piscinas de aguas verdeazules y diafanas, como pueden ser las mejores del Caribe, rodeadas de abundantes arenas rubias y salpicadas de islotes. Encontramos un espacio de sombra, pues es fuego lo que cae de alla arriba, y nos damos un par de buenos bagnos contentos de que haya fauna marina que ver bajo la superficie.
A la vuelta, esta vez por la carretera moderna, cruzamos por un monton de pueblos que son apenas cuatro casas, a lo sumo algun cafetin con un pugnado de parroquianos viendo el tiempo correr desde sus sillas impavidas, o alguna mujer con su par de churumbeles alumbrando la esperanza de que un coche se detenga para comprarle un tarro de miel. Acabaremos el dia playero en Falasarna, azotada a ultima hora de la tarde por un oleaje que desaconseja internarse demasiado en el mar. Por otro lado, tampoco hay demasiado que ver en el fondo. Algunos pececillos amistosos y poco mas. "Bucear en Creta?", recuerdo que se sorprendio Giorgos. "No vais a ver nada. Alli pescan con dinamita".

sábado, 22 de agosto de 2009

Teselas griegas (VIII) Decepción en Cnossos

Junto con el tributo a Kazantzaki, mi principal motivación en la visita a Heraklion era conocer Cnossos: un viejo sueño desde que vi esa foto de Borges en el Atlas, sentado en una escalera del palacio de Minos y bañado por una luz inmemorial que, no me cabía ninguna duda, era la misma que había calentado el lomo del Minotauro. Con esa ilusión subimos al coche y nos plantamos de un salto en el recinto al que, muy de mañana, iba confluyendo una multitud de visitantes en bermudas y camisetas de tirantes.
Una vez dentro, la impresión es desoladora apenas empezamos a caminar, pues resulta evidente que la práctica totalidad de los muros y columnas que vemos son burdas reconstrucciones, por no hablar de las estructuras de madera: cemento cubierto de pintura de imitación.
Sólo las marcas de lo que alguna vez fue este conjunto arquitectónico dan una idea fiable de sus tremendas dimensiones, pero por lo demás parece imposible saber qué pudo ser auténtico y qué obra del célebre y controvertido Arthur Evans, el tipo avispado que levantó toda la tierra acumulada (y movió todas las cementeras necesarias) para que Cnossos quedara como él quería.
Decepcionados, subimos al coche y ponemos proa hacia el oeste de la isla. Buscando un buen sitio donde darnos un chapuzon, nos desviamos hacia la playa de Geropotamos, a medio camino entre Panormos y Rethymno. No es para darle ningun premio internacional, pero el agua es limpia, hay un arco excavado en la roca bajo el cual pasan las barquitas y los submarinistas, y los pececillos se dejan ver. Careteamos un poco y, cuando empieza a abrirse el apetito, nos dirigimos hacia una zona un poco insulsa pero apacible, conocida como Gerani Beach, donde daremos cuenta de una buena sepia, con ensalada griega y tzatziki.
La primera impresion al llegar a Kissamos es la de estar internandonos en un asentamiento chabolista. Pero seguimos rodando y un poco mas adelante damos con un hotel bonito -el Kissamos-, con un balcon que permite ver caer el sol entre Gramvousa (donde fondeaba el abuelo pirata de Kazantzaki) y Rodopou, mientras la falda de los cabos se va cubriendo lentamente de brumas. Las ciudades se caen o se echan a perder, o llega un Evans que las desfigura por completo; pero el mar, siempre cambiante, es siempre maravilloso, el que miraba Ulises y el que veremos esta noche nosotros.

viernes, 21 de agosto de 2009

Teselas griegas (VII) En la tumba de Kazantzaki

De la obra de Niko Kazantzaki (así, sin la s final, por expreso deseo del autor) es más fácil encontrar en España alguna versión cinematográfica que cualquiera de sus libros, ni siquiera el famoso Zorba. En Creta sí se venden, en inglés y en las tiendas de souvenirs, su Zorba, su Carta al Greco y alguno más, y no hay tienda de discos que no despache bandas sonoras de sus filmes con el inevitable rostro sonriente de Anthony Quinn en la portada.
Tenía curiosidad por saber si los vecinos de la isla que vio nacer al gran escritor griego habían sido capaces de honrarle como es debido, y me apresuré a visitar el túmulo que erigieron aquí, en Heraklion, para acoger sus restos. El taxista no está seguro de que esté abierto al público a esta hora, pero yo me conformo con ver cómo cae el sol en ese punto exacto de la ciudad. Los alrededores son bloques de viviendas en los que el eco multiplica el ladrido de unos perros y el ruido del tráfico, mezclado con la música rai que sale a toda voz de un kiosko cercano.
Junto a la tumba del escritor, me sorprende ver que se alza la sede del Athletic Club Heraklio, y ahora recuerdo que Mauricio Wiesenthal contaba que mucha gente venía a la tumba no por devoción literaria, sino para ver los partidos desde arriba.
Mi admirado Wiesenthal vino a hacerle una ofrenda de canela, nuez moscada y vino. Yo entro en el recinto con las manos vacías, saludo a dos yonquis que vegetan a unos metros de la lápida -donde alguien ha olvidado un mechero entre los despojos de una plata-, me pongo frente a la cruz y ahora sí, miro hacia el horizonte al rojo, hacia esa línea de costa que se incendia con las últimas luces de la tarde.
Volvemos al centro de Heraklion, la vieja Candia, entre fuentes y calles comerciales, donde nos espera una deliciosa mousaka. En los soportales de la Logia -el Ayuntamiento-, tan castigado por los bombarderos de la II Guerra Mundial, los jóvenes cretenses sacuden sus cuerpos no al compás del viejo sirtaki, sino al compulsivo ritmo de break-dance.

jueves, 20 de agosto de 2009

Teselas griegas (VI) De Rethymno a Heraklion

Muy de mañana subimos a bordo de nuestro coche recién alquilado, nos despedimos de Chania y enfilamos la carretera rumbo a Rethymno. Pensando que Chania está considerada la perla de la isla, nos temíamos lo peor. Sin embargo, antes del mediodía llegaremos a un lugar que, también con su puerto veneciano y sus tiendas de souvenirs, tiene encanto: el de la ciudad vivida, el de los vecinos yendo y viniendo por sus itinerarios habituales, envejeciendo dignamente en las mismas calles en las que crecieron.
Dicen que a finales de julio se celebra aquí una gran fiesta del vino, pero en el parque municipal que supuestamente la acoge no encontramos ni rastro de celebraciones dionisíacas. Paseamos un poco entre los leones renacentistas de la fuente Rimondi y el minarete apuntalado de la mezquita Nerantzer, y paramos a comer en algo que parece el salón de una casa más que un restaurante. La propietaria, amabilísima, nos servirá a muy buen precio cerveza griega, ensalada griega (con el inevitable queso feta), unos pinchos de cordero y un delicioso tzatziki, ese aperitivo de yogur mezclado con ajo y pepino que acompaña de manera muy tentadora al rico pan de la isla.
Después de un digestivo café mirando al mar seguimos nuestra ruta: Perivólia, Platanias, Stavrómeros, Skaletá, Panormos, Paleokástro... No tardaremos en descubrir una curiosa circunstancia de la carretera cretense, y es el hecho de que, a la hora de adelantar, el arcén sirva como segundo carril, de modo que si sientes que un auto quiere pasarte, no tienes más remedio que echarte al margen. ¿Y qué sucede si en el arcén hay un coche averiado o unos operarios trabajando? Eso mismo nos preguntamos nosotros.
Con no pocos sobresaltos llegamos por fin a Heraklion, unánimemente considerada la ciudad más fea de Creta, la castigada capital de la isla. A mí, y no es por llevar la contraria, no me parece tan horrenda a primera vista. Otro puerto veneciano, murallas que se ruborizan a la caída del sol, un centro con calles que caen en pendiente hacia el mar, me recuerda en cierto modo a mi Ceuta. Clavamos nuestra bandera en el primer hotel que encontramos a mano, el deslustroso Irini, con un enorme solar sembrado de grúas como única vista desde nuestro balcón, y todas las demás persianas bajadas, como si fuéramos los únicos huéspedes o todos nuestros vecinos fueran vampiros. Nos refrescamos un poco y corremos, antes de que se haga de noche, a cumplir con el propósito que nos trajo hasta aquí.