
Hace unas semanas se planteó en nuestro Estado Crítico el debate acerca de si el éxito (o lo que quiera que consideremos como tal: en líneas generales, el éxito de ventas, pero ¿cuántas ventas suponen un éxito?) es una prueba de excelencia o un sambenito para los escritores. Es una pena que la polémica en este blog tomara otros derroteros, porque me parece que la cuestión da para mucho. Mi opinión es que el escritor, consciente o inconscientemente, emplea las facultades que tiene a su alcance para dar forma a su obra, pero en el proceso hay apuestas o renuncias que le abrirán o cerrarán puertas a un determinado segmento de lectores. Si se pone elitista o críptico, se arriesgará a perder al gran público, porque estará buscando a unos interlocutores muy escogidos. Y quien quiera aspirar a un público masivo, orientará sus temas y sus recursos hacia ese objetivo. Unos y otros deben ser consecuentes, y no sólo cuando las cosas salen bien.
Pongo un ejemplo que me parece esclarecedor: Fernando Quiñones escribió en un altillo prestado de la Diputación de Cádiz, con una botella de anís y una caja de polvorones en el cajón como dieta básica, su novela La canción del pirata, la peripecia de un bribón del siglo XVII narrada en primera persona, remedando el lenguaje de la época. Un editor sugirió que si adaptaba el texto al lenguaje actual vendería mucho más, pero Fernando siguió en sus trece. "Esa no hubiera sido ya la novela que yo hubiera querido hacer -comentaba-, sino la que convenía hacer cara al dinero y de cuyo lenguaje no se hubiera podido decir, como alguien dijo, que era como oír y ver, por la calle y del brazo, a don Francisco de Quevedo y Manolo Caracol".
Quiñones hizo, como se ve, su apuesta y su renuncia. Prefirió vender algunos miles de ejemplares a cambio de un piropo como el que hemos transcrito, y de la admiración de un puñado de lectores que aún hoy seguimos seducidos por las aventuras de Juan Cantueso.
He vuelto a recordarlo estos días, tras asistir al almuerzo de presentación de la última novela de Matilde Asensi, Venganza en Sevilla, ambientada también en la época barroca. Esta escritora de indudable éxito -se calcula que tiene cinco millones de lectores, tres de ellos en España- se quejaba con cierta amargura de la escasa consideración que tiene entre la crítica la novela histórica y de aventuras, un hecho que siempre parece ocultar envidias larvadas u otros factores extraliterarios.
La señora tiene todo el derecho de defender la dignidad de su faena, como los demás de someterla a examen. Para mí la definitiva prueba del algodón fueron sus palabras acerca del lenguaje empleado en la novela, que es el del Siglo de Oro pero adaptado a nuestros tiempos "porque cuando lees cosas del Quijote o del Guzmán de Alfarache, a la quinta página ya estás parando y diciendo ‘¿pero qué he leído? Ya me he vuelto a perder'. Yo cojo ese lenguaje, me impregno de él y lo suavizo. Y aun cuando no aporte nada al lector, tiene como objeto transportarle en el tiempo, dar aroma y color a la narración".
Y aquí es donde uno siente que, como diría Serrat, entre estos tipos y yo hay algo personal. Y no sólo por hablar del Quijote como si se tratara de un ambientador o una pastilla de avecrem, sino por el modo definitivamente ofensivo con que trata a sus propios lectores y se pone en evidencia a sí misma. ¿De modo que a la quinta página de las aventuras de don Alonso Quijano uno está perdido como si se hubiera metido en Ikea un sábado por la tarde? ¿Qué clase de papilla quiere administrar Asensi, y todos los asensis del panorama actual, a sus lectores desdentados, sean cinco o sean cincuenta millones?