sábado, 9 de enero de 2010

Vanito Brown, Boris Larramendi y los conquistadores

En La Habana le pregunté al gran Silvio Rodríguez si, llegado el momento, estaría dispuesto a ceder el relevo a las nuevas generaciones de cantautores cubanos, o si por el contrario se aferraría a su trono. El maestro meditó unos segundos y respondió más o menos esto:

-El relevo no se cede, el relevo se conquista. Y cuando un artista es un conquistador, merece todo el respeto y toda la admiración. Ya no necesita que venga nadie cederle ningún testigo.

En ese mismo viaje, Juanlu Pineda, Mané García Gil y un servidor acudimos a la sede de Casa de América para ver un concierto de lo que se anunciaba como la novísima trova, los sucesores naturales de Silvio, Pablo Milanés, Augusto Blanca y compañía. De aquel recital saqué dos conclusiones: una, que aquellos chicos estaban aún por hacer, que debían madurar un poco y canalizar sus talentos; y la segunda, que aquello era un volcán de creatividad desbordante, que sin duda iba a darle muchas alegrías a nuestros oídos con el tiempo.

Así lo confirmó el primer disco colectivo que grabaron aquellos muchachos, reunidos como Habana Oculta. Así volvió a quedar de manifiesto con las sucesivas entregas del grupo, ya rebautizado como Habana Abierta. Kelvis Ochoa, Boris Larramendi, Luis Barbería, Vanito Brown, José Luis Medina y el resto de la troupe lograban el milagro de sacar adelante un proyecto unitario en el que no se vieran sacrificadas sus fortísimas personalidades artísticas. Lo mismo sucedía con su sonido: una música de profunda raíz cubana que no tenía complejos en nutrirse del pop, el jazz, el funk, la bossa... Borges habría dicho que escribían con toda la música a cuestas. Y eran capaces de emocionar, hacer denuncia social y sacar sonrisas, todo a la vez.

Fueron saliendo discos en solitario de unos u otros. Kelvis y Boris se embarcaron en la gira de Habana Blues. Volvieron a meterse en estudio para grabar un pequeña obra maestra como Boomerang. Hace un par de años vinieron a Sevilla y los entrevisté. Fui a verlos actuar a la sala Malandar y me encantaron, pero al parecer el grupo daba ya serios síntomas de ruptura. Tanto, que los biógrafos de Habana Abierta conocen ya aquella noche como el sevillazo.

Ignoro si las diferencias que les separaron podrán ser solventadas, ignoro si esa familia de talentos podrá volver a reunirse alguna simbólica navidad. Lo único seguro es que todos seguirán haciendo música, seguirán conquistando. El pasado mes de diciembre tuvimos a Boris en el ciclo La Casa de la Bombilla Verde, este fin de semana le toca a Vanito, ayer en San José del Valle y hoy en Ceuta. Tenía razón, una vez más, el viejo Silvio: no necesitaron que nadie viniera a otorgarles ninguna simbólica corona, ellos solos trabajaron para merecerla.

martes, 5 de enero de 2010

Antonio de la Torre a dieta


Ya pasó la Navidad y toca recuperarse de los excesos gastronómicos propios de esas fechas. Pensando en ello estaba cuando me vino a la cabeza el heroico ejemplo de Antonio de la Torre, protagonista del filme Gordos. El actor debe de residir cerca de mi barrio, porque me lo encuentro a menudo en el bar de la esquina, buscando la señal del wi-fi en su portátil, o comprando en el mercado de Feria.
En el pasado Festival de Cine Europeo lo entrevisté a propósito de un premio que le concedían. Aunque en sus tiempos ejerció como periodista deportivo, no fue del todo fácil abordarle, pues a priori se mostraba un poco espídico, y tal vez un poco a la defensiva, también. Pero acabé disfrutando y riéndome como hacía tiempo que no me reía en una entrevista. Aprovecho para reproducirla y anunciar que me aplicaré la dieta, pero después de los roscones de Reyes:
–¿Quién le iba a decir a usted que la misma RTVA donde empezó como periodista le premiaría como actor?
–Cuando estaba como periodista, el reconocimiento que quería es que me hicieran fijo. Uno va marcándose sus objetivos: el periodista quiere un contrato fijo... ¿tú eres fijo?
–Por suerte.
–¿Ves? ...Y el actor, como fijo no se puede hacer, quiere que le den premios.
–Pues con Gordos parece que van a lloverle. Dicen que está que se sale.
–Pero lo dicen refiriéndose a la gordura [risas]. ¡Anota eso!
–Anotado. ¿Está haciendo sitio en sus vitrinas?
–No sé yo qué decirte. Agradezco mucho que me digas eso siendo un periodista, un compañero, pero no tengo sensación de esa aclamación popular. Hay de todo, gente a la que le parece muy bien mi papel, gente a la que no tanto... No me veo con demasiadas opciones para el Goya, para ser sincero.
–En el filme Super size me, Morgan Spurlock decía que al engordar aprisa se deprimía. ¿Sufre más el alma que el cuerpo?
–A mí lo que me pasaba es que el actor estaba encantado por un lado, pero como persona me decía what the hell is this?, era todo un poco contradictorio. El cuerpo, ¡puf! no podía casi atarme los cordones, dormía con dificultad, estaba todo el día cansado, me ahogaba... Una sensación bastante heavy.
–Tengo entendido que en la saga de Bridget Jones, Renée Zellweger tuvo que engordar y adelgazar tres veces. ¿Usted se ve haciendo Gordos 2?
–Dani [Sánchez Arévalo, el director] no me haría esa putada. No, no me veo tanto. Qué te digo yo, si hay que engordar para otro papel un poco, bueno. Pero esta barbaridad de coger 30 kilos, nunca más. Piensa que tengo 41 años, aunque me considero que estoy en forma, pero a partir de cierta edad, ese viaje de kilos es un peligro...
–¿Y adelgazando como Christian Bale en El maquinista?
–Eso es fascinante, pero ¿ves? Ese adelgazó 30 kilos y ni lo nominaron para el Oscar... Hay que tener en cuenta que una cosa son los papeles y otra la interpretación. Hay cosas como la manera de moverme, en la que yo no tenía que hacer nada, simplemente me desenvolvía como estaba. Otra cuestión es reflejar los conflictos, las cosas que le pasan al personaje.
–¿Debemos defender el cine europeo aunque no estemos muy seguros de qué es Europa?
–Si te digo la verdad, y aunque sea políticamente incorrecto decirlo en un festival, yo defiendo el cine en general, no me gusta ponerle etiquetas. Dicho lo cual, está de puta madre que haya festivales, los amo, el Europeo, el Iberoamericano, el de al-Andalus, maravilloso. Pero no soy excesivamente patrio. Las buenas historias me parecen fascinantes vengan de donde vengan. Y las malas me dan por saco, vengan de donde vengan.
–Paz Vega ha demostrado que Hollywood no quedaba lejos de Triana. ¿Usted se ve cambiando la calle Feria por el Paseo de las Estrellas?
–A estas alturas de mi vida no me veo dando un cambio radical. Si cayera la breva, sí me puedo ver aceptando un proyecto. Pero sinceramente, ya me parece bastante tarea conseguir trabajar aquí, en el cine español. Sí me gustaría hacer algún papel en inglés, algo modestito, tipo una coproducción rodada en inglés, o algo así. Pero no me imagino a Michael Mann llamándome, como a Luis Tosar.

lunes, 4 de enero de 2010

Recuerdo de Sabino


Me pareció una triste ironía que, pocos días después de la muerte de ese fontanero de la Casa real que fue Sabino Fernández Campo, me llegara la noticia de que nos había dejado para siempre otro Sabino, el nuestro, Sabino el de la Lechera. Sin éxito he buscado en internet algún obituario dedicado a él, y he cerrado el ordenador indignado. ¿Es que nadie va a acordarse de Sabino? Yo lo haré, si ustedes me lo permiten. Empezaré contando que lo conocí cuando hacía mis primeros pinitos periodísticos y él era el responsable de la sala Central Lechera de la capital gaditana. De hecho, lo primero que publiqué en el Cádiz Información, si no recuerdo mal, fue una breve crónica de un concierto de Los Cucas en dicho espacio.
Por entonces la Lechera era ya uno de los más esenciales pulmones culturales de la ciudad. Por allí pasaron, además de todos los grupos de teatro habidos y por haber, un montón de artistas emergentes como Jorge Drexler, Sergio Makaroff, David Broza, Gema y Pável o el propio Javier Ruibal, así como incipientes estrellas del jazz como Brad Meldhau o flamencos como Miguel Poveda: un sinfín de noches que ya están guardadas en un lugar privilegiado del estuche de la memoria. De aquella edad dorada tuvo buena culpa José Antonio Sabino, su talante abierto y entusiasta y su capacidad para hacer malabarismos con los magros presupuestos de que disponía, siempre con el respaldo y la confianza de un gran gestor como fue Enrique del Álamo.
Todo en esta vida parece puro ciclo, y el de Sabino al frente de la Lechera llegó a su fin. Chocó con el poder, y el poder sencillamente lo fulminó. En su contra tenía probablemente aquella debilidad por la bebida que le jugó alguna mala pasada y que, según parece, acabó con su salud. El caso es que fue confinado a la dirección de un centro de día, muy lejos del ambiente artístico y noctámbulo en el que lo conocimos. Seguí viéndole a menudo, en aquellas noches locas del Festival Iberoamericano de Teatro, y brindamos muchas veces por su regreso a la Lechera, respecto al cual no tenía ninguna duda. "Ahora estoy con mis viejitos -decía-, pero volveremos, claro que volveremos".
No quiero pensar que este silencio que Cádiz ha dejado caer sobre su fallecimiento se deba al carácter infamante que las adicciones suelen tener sobre quienes las sufren. Sabino estaba enfermo, de melancolía, de soledad, de alcoholes, y parece que hubiera que decirlo en voz baja, secretamente, para no deshonrarle ni deshonrarnos. Y eso es, además de una estupidez, una gran injusticia. A José Antonio Sabino le debe mucho la cultura gaditana, y su sed suicida no empaña esa encomiable labor por las artes escénicas y por la creación de nuevos públicos. Ahora que el telón ha caído para él, no seré yo quien deje de ponerse en pie y tributarle un largo y merecido aplauso.

Hardcore Superstar en Madrid


Aunque tengo pendiente ir colgando en este blog, cuando tenga un ratito, mis Crónicas vikingas -apuntes de mi escapada estival a Dinamarca y Suecia- adelanto que hay dos cosas que resultan imposibles en Estocolmo: encontrar libros de Borges traducidos al sueco (ni siquiera en las más acreditadas librerías anticuarias: me las pateé todas) y camisetas de Hardcore Superstar. En vano pasé alguna mañana recorriendo esas tiendas que despliegan interminables ríos de tela negra serigrafiada: el grupo de Gothenburg parecía no tener merchandising.
En realidad, lo que yo quería era verlos en vivo, y a punto estuve de desviarme de mi ruta Estocolmo-Malmö para asistir a un concierto que, según su página oficial, iban a ofrecer en una perdida villa cuyo nombre soy incapaz de reproducir. Entonces no sabía que era sólo cuestión de tiempo que la montaña viniera a Mahoma, y hete ahí que a mediados del pasado mes de noviembre estaba un servidor viajando a Madrid para asistir a un recital de los suecos en la sala Live.
Hacía mucho que no asistía a una buena descarga metalera, y más en una sala de pequeño formato, sin trampa ni cartón, con los músicos al alcance de la mano. Me gustó mucho su directo sincero, no demasiado generoso en extensión pero sí enérgico y vibrante, sobre todo por parte del cantante Joakim Jocke Berg, uno de esos europeos que a fuerza de emular grupos americanos terminó igualándolos, o superándolos incluso.
Desgranaron buena parte de su último disco, Beg for it, e hicieron varios temas con solera, como el contagioso We don' t celebrate sundays. Personalmente, eché de menos la calmada pero exquisita Shame. Y también sigo sin explicarme por qué dejaron fuera del repertorio un temazo como Don't Care 'Bout Your Bad Behaviour, y no sólo por su trepidante estribillo. A diferencia de las clásicas canciones rockeras que llaman a la rebeldía sin más, éste es un canto a la responsabilidad individual ("No me importa tu mal comportamiento/ No puedo salvarte/ No puedo cambiarte..."), enésima prueba del admirable desarrollo de la cultura sueca.

domingo, 3 de enero de 2010

Otras lecturas/ relecturas del mes de diciembre

Gipi. Exterior noche.
Rep. Bellas artes.
Jonathan Swift. Los viajes de Gulliver.
Esther Tusquets. Confesiones de una vieja dama indigna.
Rodrigo Fresán. Historia argentina.
Jerzy Jarzębski. Schulz.
Kenzaburo Oé. Renacimiento.
Cees Nooteboom. Tumbas.
Gertrude Stein. París Francia.
Jules Renard. Diarios.
Charles Baudelaire. El spleen de París.
Charles Baudelarie. Cuadernos de notas y consejos a jóvenes escritores.
Pierre Jean Jouve. Poesía.
Henri Michaux. Escritos sobre pintura.
Henri Michaux/ R. Wilcock. Fragmentos.
Juan Pedro Quiñonero. El taller de la gracia.
Juan Manuel Roca. Los cinco entierros de Fernando Pessoa.
Carlos Edmundo de Ory. Novísimos aerolitos.
Carlos Edmundo de Ory/ Eduardo Chicharro. Las patitas de la sombra.
Rosario Troncoso. Juguetes de Dios.
Roberto Bolaño. Los perros románticos.
Juan Gelman. De atrásalante en su porfía.
Hans Magnus Enzensberger. La balada de Al Capone.
Benjamín Prado. Romper una canción.
Arcadi Espada (ed.). El fin de los periódicos.
Giampaolo Rugarli. La troga.

martes, 1 de diciembre de 2009

Otras lecturas/ relecturas del mes de noviembre

Seth. George Sprott (1894-1975).
Art Spiegelman. Be a nose.
Agustín Fernández Mallo. Nocilla Lab.
Manuel Vilas. Aire Nuestro.
Giuseppe Cesare Abba. Crónica de un tiempo perdido.
Martin Amis. El segundo avión.
Mark Axelrod. Viajes Borges, talleres Hemingway.
Emilio Calderón. La bailarina y el inglés.
Andrea Camilleri. El color del sol.
Ednodio Quintero. Combates.
Christopher Marlowe. Hero y Leandro.
Antonio García Villarán. Nocaut.
Maria Attanasio. Negro barroco negro.
Ricardo Bellveser. Las cenizas del nido.
Elisa Martín Ortega. Ensueño.
Javier Bozalongo. La casa a oscuras.
Humberto A'kabal. Las palabras crecen.
Aurelio Arturo. Morada al Sur y otros poemas.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Reencuentro con César Cabanas

A propósito de su veterana relación con Bioy Casares, Borges opinaba que hay una superioridad de la amistad sobre el amor. Éste es por naturaleza exigente, requiere pruebas constantes y se muestra altamente vulnerable, mientras que la amistad se asemeja más a esas plantas que prosperan en tierras duras y secas, sin necesidad de muchos cuidados, sólo porque sus raíces son profundas y recias.
Eso iba recordando en el ave a Madrid, adonde fui el jueves pasado para apenas 48 horas. Tenía previsto reencontrarme, después de algo más de tres años, con mi amigo César Cabanas. Y se trataba de un reencuentro en toda regla, porque en ese tiempo casi no habíamos hablado, lo cual no dejaba de ser para mí un motivo de angustia.
Fue Miguel Candela quien, convencido de que nos íbamos a entender bien, nos hizo coincidir hace más de una década en Cádiz. La simpatía fue, en efecto, mutua e instantánea. César es un tipo más bien silencioso, se diría un poco ensimismado si no fuera porque de pronto interviene en las conversaciones con ideas lúcidas y meditadas. Vástago de familia bien madrileña, en algún momento de su juventud le horrorizó la expectativa de ser un pijo vulgar y se embarcó, con la carrera de arquitectura recién terminada, a China y la India durante un año. Se trajo un cuaderno de pinturas muy hermoso y muy bien aprendida la lección sobre el valor del silencio.
En una época en la que yo subía un par de veces al mes a Madrid, me sumaba a sus planes muy a menudo. Muchas veces iba a su casa de Pozuelo, alejada del mundanal ruido. Vimos excelentes exposiciones, vimos en los Alphaville la película Hana-Bi, dormimos cabeza con cabeza en Los lunes al sol, dormimos cabeza con cabeza en una obra de teatro de Bartís, en La Abadía. Le acompañé a alguna visita de obra, una experiencia apasionante. Lo poco que sé de arquitectura se lo debo a él. Una noche nos intoxicamos de ostras. Otra fuimos a un bar de cócteles del barrio de Salamanca donde pidió un combinado con una pastilla de avecrem. Nos regalamos muchos libros. Nos pedimos prestados muchos libros que nunca nos devolvimos.
Él también bajába a menudo a Cádiz con su hijo, Luisito, un niño de piel clara y ojazos azules que ahora anda por Canadá, hecho un hombrecito. O bien con su amigo Mankel, epidemiólogo que entre Nicaragua y Sudáfrica ponía con nosotros el codo en la barra para arreglar el mundo en largas discusiones hasta las claras del día.
Hace cuatro años, César se fue a China -ya había empezado a estudiar seriamente el mandarín- y yo le seguí. Nos encontramos en Su-Zhou y llegamos hasta Beijin. A la vuelta, nos despedimos con el abrazo de siempre en Madrid. Después de un viaje siempre es bueno descansar un poco de tus compañeros de viaje: pasaron un par de meses. Pasó un año. Pasaron tres años. Yo llamaba de vez en cuando, pero nadie contestaba su teléfono, o bien comunicaba, o bien aparecía apagado o fuera de cobertura.
No quise darle importancia al principio. César tiene esos raptos de misantropía, ya se le pasaría. Al tiempo empecé a preocuparme. ¿Le habría hecho algún feo sin darme cuenta? ¿Habría alguna deuda pendiente que yo hubiera olvidado? No, no podía ser. Es mi amigo, me lo diría. ¿Y si estaba pasando un mal momento y no se atrevía a pedir ayuda? Claro que todas esas posibilidades escapaban a mi control. Yo estaba ahí, tenía mi mano tendida. No podía hacer otra cosa, ¿o sí?.
Lo cierto es que la idea de perder mi amistad con César, como con cualquier otro de mis mejores amigos, se me antojaba trágica. En condiciones normales no te das cuenta quizá, pero me parece impresionante la cantidad de veces que cito a mis amigos al cabo del día, como si fueran autoridades. ¿Acaso no lo son en mi imaginario íntimo? Los libros que me recuerdan a unos y otros, los rostros en la calle que me remiten a éste o a aquél, los recuerdos que me salen al paso cuando menos lo espero. Si les escribiera o llamara cada vez que me vienen a la cabeza, no haría otra cosa en esta vida. A veces cedo a esa tentación, para regocijo de mi servidor telefónico.
El caso es que sentía que mi vida era más pobre, infinitamente más pobre, sin la presencia regular de César Cabanas. Con tres o cuatro ausencias como esa, lo he descubierto, podríamos hablar de bancarrota emocional. Pero esta vez César respondió, nos citamos, y apareció por la soleada boca del metro de Lavapiés con las manos en los bolsillos y una sonrisa. Nos fuimos a comer gambas y a beber vino blanco, y a contarnos qué ha sido de nosotros en este tiempo.
César ha trabajado duro. También ha disfrutado. Ha vuelto varias veces a China. Ha tenido rachas buenas y otras malas. Alguna pésima, pero de todo se sale. Es curioso cómo se restablece la comunicación, cómo vuelven a fluir los afectos. El viejo Borges tenía razón, como en casi todo. Más tarde fuimos caminando hasta Tirso, donde nos despedimos con un abrazo. Hasta pronto, Álex. Hasta pronto, César.