lunes, 7 de abril de 2008

Aeropuerto JFK. Ya me tocaba

La verdad, creí que el trance en el aeropuerto iba a ser más duro. Sólo en Madrid una chica con uniforme me preguntó por qué tengo tantos sellos de Marruecos. Le conté el origen ceutí de mi familia y me preguntó si conocía allí a gente que no fuera de mi sangre. Por supuesto, respondí. Pensé, la verdad, que aquí en el JFK la aduana iba a ser mucho peor, porque tengo tatuajes de todo el Eje del Mal en mi pasaporte, desde la China Popular y la Cuba roja hasta Egipto y Turquía, pasando por la siempre prestigiosa Colombia. Sólo me faltaba Irán y Corea del Norte. Pero nada, ha sido un paseo triunfal, y en unos minutos ya tenía nuevo sello para la colección.
Un taxista con turbante y largas barbas se hace cargo de nosotros y pone rumbo a nuestro destino en Riverside drive. La entrada a Nueva York no es bonita, pero ¿habrá gran ciudad del mundo que pueda presumir de eso? Atravesamos Queens, pasamos el peaje de Triborough bridge y ya vemos recortarse a un lado las alturas de Manhattan, las primeras fachadas de ladrillo con sus escaleras de incendios exteriores... De un golpe pienso en Saturday night fever, en Lorca, en los New York Dolls, en West side story, e incluso en un poemario de Fito Cózar que se llamaba Entre Chinatown y Riverside...
Quiero decir que poner los pies en Nueva York, a mis canas, es como encontrarse con una señora que lleva toda la vida enviándole a uno fotografías, imágenes de video, literatura en verso o en prosa, canciones, y al cabo de tres décadas nos citamos para conocernos. Y no ha cambiado nada, está igualita a como siempre la imaginé, los años no han pasado por ella.

La Almeria de Antonio Orejudo

"Ahora que lo pienso, tu no estabas a punto de irte a algun sitio lejano la ultima vez que hablamos?" Antonio Orejudo tiene buena memoria. Lo entreviste el dia antes de irme a Japon, cuando aun ni siquiera sabia si tenia billete, y asi lo recordo anteayer, cuando lo llame para una nueva entrevista. Me pregunto si no estaria a punto de marcharme de nuevo, y le respondi que si, a Nueva York. "O tu viajas mucho, o cada vez que saco un libro te traigo suerte", me dijo.
Me cae tan bien Orejudo, que el hecho de que no me gustaran sus Fabulosas narraciones por historias me da cargo de conciencia. Alguien me dijo que lo mejor de su produccion es Ventajas de viajar en tren, lo compre y me gusto aun menos. Son libros que me extenuan, que me hacen pensar en esas fiestas que se prolongan demasiado, donde te siguen llenando la copa y sacandote a bailar cuando hace rato quisieras estar en la cama. Pero insisto en que el anfitrion, Orejudo, es un tipo encantador, y un buen prosista por encima de todo, asi que pienso darle su sitio en los papeles cada vez que pueda y lo crea conveniente.
Por ejemplo, ahora, con un texto que muchos calificaran de menor, pero que a mi me ha gustado sinceramente: Almeria, cronica personal, una vision del extremo oriental andaluz original, sentida y muy bien escrita. Ahora que lo pienso, entre Tokio y Manhattan esta ese rincon con un pie en el desierto y otro en el Mediterraneo, y nunca se me ha presentado la ocasion de ir alli. Ni siquiera por visitar a gente querida que reside o veranea en la provincia, como el maestro fotografo Ferdinando Scianna o el musico y escritor Corcobado. Venga, me animo a mi mismo, a ver cuando me escapo: al fin y al cabo Almeria no puede, no debe de estar tan lejos como parece.

jueves, 3 de abril de 2008

La tenacidad de Nández

Ninguna simpatía, ninguna, hacia el concepto de Operación Triunfo, desde el mismo nombre a esos humillantes procesos de selección, todo el circo que montan -y perdón por la ofensa al admirable arte del circo- alrededor de una farsa mediática, en las antípodas de lo que he aprendido de la música, de lo que me han enseñado sus artífices: paciencia, humildad, originalidad, personalidad propia, verdad...
Hoy me vi con un paisano que le debe parte de su popularidad actual a ese invento de OT, pero yo sé que sus mejores atributos, su vocación, sus ilusiones, su madera de artista, vienen de muy atrás. De esto hace ya unos cuantos años: una discográfica me llamó para ofrecerme redactar la hoja promocional de un nuevo fichaje, un chico de Cádiz al que le habían grabado un disco. Escuché el master, un manojito de canciones de pop fresco y melódico. Me cité con el artista, Miguel Ángel Fernández, en una cafetería de la Plaza de San Francisco. Charlamos, me cayó muy simpático, tomé notas y, por la noche, le envié el texto que había preparado. Se mostró muy agradecido, y a todas luces dejaba ver la tremenda ilusión que le producía el inminente lanzamiento. Pero el disco no salió por problemas presupuestarios, y yo nunca cobré mi trabajo.
Al cabo de un tiempo, reconocí en la pantalla del televisor a aquel chaval. Me costó un poco más relacionar su verdadero nombre con el apodo artístico que había adoptado, Nández. No ganó el concurso, pero sí encontró en él un trampolín para enfocar al fin su carrera. Después de eso hemos tenido un par de entrevistas, la última esta mañana, a propósito de su nuevo álbum, Por ellas. Lo he visto contento, razonablemente satisfecho, con ganas de trabajar. No está en ese estrellato demencial que condena a algunos a olvidar el sentido de la realidad, pero sí se permite vivir haciendo música. Concierto tras concierto, ha juntado para comprarse un barquito y me ha prometido un vueltazo por la Bahía un día de estos. Si hay un triunfo en esta historia, no es el del márketing ni el de la competencia, sino el de la simple y franca voluntad.

Luis García Montero es bueno

Su poesía gustará o no. Es cierto que tiene mucha influencia -o poder, si se quiere- en el mundillo literario español, y sin duda ha favorecido a sus amigos. También es verdad que sobran las ocasiones para decir ¡otra vez los mismos! cuando aparece con Almudena, Sabina, Benjamín, Felipe, García Posada, Rioyo... ¡sí, los mismos de siempre! Quiero decir que puedo entender hasta cierto punto las aversiones que García Montero despierta en algunos sectores. Puedo comprenderlas, pero me resulta imposible compartirlas.
Para empezar, porque se trata de un buen poeta. He oído a muchos cuestionar esta opinión, pero también los he visto luego remedando de mala manera los versos de El jardín extranjero o de Habitaciones separadas, pero en fin. No voy a defender en un post la poesía del granadino, que por lo demás ya tiene muchísimos valedores, pero sí romperé una lanza por el ser humano que hay detrás de esos textos.
Hace ahora 15 años, Mané y yo nos plantamos en la Universidad de Granada preguntando por aquel poeta y profesor que tanto nos interesaba. Queríamos fletar una revista literaria, no sabíamos muy bien cómo, y pensamos que no había nada como echarle morro a la cosa. Luis no sólo nos recibió, sino que fue de los primeros en enviarnos una colaboración (un poema que, creo, no ha sido recogido posteriormente), nos alentó y se ofreció para cuanto hiciera falta.
Lo mismo cuando, más tarde, grabamos el disco de poemas musicados Olla de grillos, con Juanlu Pineda a la cabeza, e incluimos un poema suyo en el repertorio. El poeta no tuvo el menor reparo en concedernos los oportunos permisos, es más, nos invitó una tarde a merendar a su casa de Rota y se mostró incluso agradecido (¡él, que es una figura cantada por Serrat!) por haberle seleccionado.
Entre una cosa y otra han venido después muchísimos encuentros. Últimamente, casi todos son ruedas de prensa, y no hay una vez que Luis no tenga el detalle de acercarse, saludarte con educación y con afecto, tener la deferencia de acordarse de tu nombre, de preocuparse por cómo te va, si resolviste tal o cual problema, e incluso de emplazarte en algún próximo encuentro.
Esta tarde, los plumillas volvimos a estar con él conversando sobre Vista cansada, su reciente y hermoso poemario. Tuvo esa actitud amable con todos, y al menos yo salí de allí reafirmándome en la idea de que García Montero es una persona buena y generosa, y de la que uno puede aprender mucho.
Ya sé que todo el mundo es así, pero me pregunto cómo es posible que la mayoría -por un tonto pudor, digo yo- ponga tanto esfuerzo en disimularlo, hasta el punto de parecer todo lo contrario.

martes, 1 de abril de 2008

Carlos Pacheco: altos vuelos

Otra de las anécdotas de Vázquez de Sola que más me gustan refiere un día en que el artista tenía que entregar unas viñetas y su hijo pequeño no paraba de molestarle jugando alrededor. "¿No ves que papá está trabajando?", le recriminó Andrés, a lo que el tierno infante repuso: "Si si, trabajando... ¡Haciendo dibujitos!"
El mundo puede pensar lo que quiera, pero yo reconozco sentir una profunda admiración hacia quienes se ganan la vida haciendo dibujitos. A la entrada de mi casa de Cádiz tengo un apunte de Mortadelo firmado por el mismísimo Ibáñez, que es tanto como decir el hombre que llenó cientos de horas de mi infancia con sus ocurrencias y sus personajes. Y ayer entrevisté a Carlos Pacheco decidido a aumentar la colección.
Pacheco, sanroqueño de origen, ha volado tan alto en el mundo de los cómics de superhéroes que ya no tiene techo. Trabajar en DC y en Marvel, asumir a Superman, Los 4 Fantásticos o Los Vengadores es como triunfar en la NBA para un jugador de baloncesto o como salir al espacio para alguien que aspira a ser astronauta. Yo, lo confieso, era más de Daredevil -cuando aún se llamaba Dan Defensor- y de la Patrulla X, y subrayo el "era de" porque uno tenía de veras una sensación de pertenencia a algo más noble y trascendente que un club de fútbol o un pelotón scout: cuando se trataba de salvar a la Humanidad, había que dejarse de pamplinas.
Pacheco, que inauguró ayer en Sevilla la exposición Y sin embargo, vuelan, se gana la vida así, fundando mundos, fabricando sueños, haciéndonos creer que nuestras manos pueden lanzar rayos y nuestros sentidos atravesar todas las barreras. Antes de marcharme le pedí, no sin arrobo, un dibujito. Me hizo una cabeza de Spiderman enfundada en su malla. Sí, ser dibujante es una pasada. Pero a veces tampoco está tan mal esto de trabajar para el Daily Planet.

Javier Tejada, jugar a la ciencia

Acostumbrado a bregar con escritores y gente del arte en general, no es frecuente que tenga que entrevistar a científicos. Ayer me tocó -y fue una suerte- conversar con Javier Tejada, catedrático de física que junto a Eugene Chudnovsky y Eduardo Punset ha publicado una interesante y amena introducción al saber científico, El templo de la ciencia. La charla fue tan agradable que me olvidé de que pertenezco a una promoción que nos dividía entre gente de Ciencias y gente de Letras, e incluso de que todavía no sé cómo pude aprobar Matemáticas II en COU. Pero estos tres sabios tratan precisamente de superar esos prejuicios, muy similares a los que invitan a decir, por ejemplo, que la poesía no hay quien la entienda.
Le recordé a Tejada una idea de Enzensberger, según la cual las matemáticas, la física o la química han avanzado tanto en las últimas décadas, que no basta con tener sólo nociones escolares para acercarse a la realidad actual de estas disciplinas. Él insistió en que se trata de hacer que la gente vea con claridad, y todo será más fácil. Pura cuestión de didáctica, vamos. Me mostré un poco desconfiado, la verdad. Pero luego recordé a un premio Nobel de química que entrevisté hace años, Harold Kroto. El inglés trabajaba a menudo con niños de la siguiente manera: construía estructuras de plástico con forma de tal o cual molécula, y las tiraba al césped para que los chavales las lanzaran por el aire, se las pasaran de mano en mano o las patearan. "Cuando están familiarizados con ellas, entonces empezamos a hablar de química", explicó.
Habría que hacer lo mismo con la poesía. Urgentemente.

Otras lecturas/relecturas del mes de marzo

Antonio Ungar. Zanahorias voladoras.
Brendan Behan. Mi Nueva York.
Roberto Bolaño. La pista de hielo.
Fernando Vallejo. El fuego secreto.
Luis García Montero. Vista cansada.
Charles Bukowski. Guerra sin cesar.
Agustín Fernández Mallo. Nocilla experience.
Juan Lamillar. La hora secreta.
Francoise Sagan. Bonjur tristesse.
Félix Grande. Parábolas.
Quim Monzó. Mil cretinos.
Paul Morand. Nueva York.
William Saroyan. Cosa de risa.
Claudio Magris. El infinito viajar.