martes, 2 de febrero de 2010

Rabos de pasa


Un buen amigo perdió a su padre hace unos meses. Coincidimos ante un café y me contó que, buceando en el papeleo burocrático propio de los menesteres hereditarios, había descubierto por casualidad -y luego otros parientes lo habían confirmado- que uno de sus abuelos había combatido en el bando republicano durante la Guerra Civil, en tanto el otro había hecho lo propio en el nacional: hechos que le habían sido ocultados durante sus 30 años de vida. "En casa -me dice mi amigo, medio aturdido aún, y un poco ofendido también- habíamos hablado docenas de veces de política, vimos documentales juntos, sobraban las ocasiones para sacado el tema... ¿Acaso creerían que no iba a entenderlo? ¿Acaso pensaban que querría menos a uno u otro?"

Esta conversación se produjo el mismo día que entrevisté a Antonio Calderón Reina a propósito de su libro 511 cápsulas contra el olvido. Confieso que cuando su editor, el gran Pisco Lira, me lo pasó con una justificada recomendación, temí que fuera un remedo de Perec y de Brainard, otro Me acuerdo más para el meolvido. Pero a la segunda página ya estaba encandilado. Su autor, actor de monólogos, empezó un buen día a cosechar recuerdos de la Sevilla de posguerra como ejercicio, y acabó reuniendo este medio millar de perlas que describen, con alto sentido poético y finísima ironía, el mosaico de aquellos años desde el punto de vista de los perdedores. No me resisto a copiar algunas:

Me acuerdo de que la belleza de las plazas públicas consistía en que podías huir por cuatro direcciones
Me acuerdo de que la felicidad era baratísima, pero no podíamos comprarla
Me acuerdo de que después de perder la inocencia, seguía igual de inocente
Me acuerdo de que los golpistas amaban a España con todas sus fuerzas armadas
Me acuerdo del vecino famélico que leía los recetarios de cocina como si fueran novelas
Me acuerdo de que le pedíamos a los turistas que nos retrataran, para salir del país como souvenir fotográfico

Me acuerdo del fuerte olor a alcanfor que desprendían los amantes que solían ocultarse en los armarios
Me acuerdo de que aparcábamos las ideas y no las sacábamos del aparcamiento
Me acuerdo de que en los noviazgos el sexo era por entregas y a largo plazo
Me acuerdo de que aquel anciano murió sin saber de qué había vivido
Me acuerdo del vecino que consiguió llegar al horizonte sin que lo detuvieran
Me acuerdo de que, como siempre íbamos con pies de plomo, llegar al futuro era cansadísimo
Me acuerdo de que nos tiraron al agua sin saber nadar y luego querían salvarnos
Me acuerdo de que la única distracción de las mujeres que se quedaban para vestir Santos era desvestirlos
Me acuerdo de que la virginidad tuve que perderla yo solo
Me acuerdo de que, antes, las calles estaban llenas de vida, y hoy de coches

Hoy mismo hace Rafael Suárez una espléndida reseña del libro en Estado Crítico, que recomiendo encarecidamente.

Con Calderón Reina acabé hablando de la memoria grande, la que está encomendada a los historiadores, y también de la pequeña memoria privada, familiar, la del barrio. La que él cuenta en estas páginas llenas de ternura pero también implacables. La que escatimaron a mi amigo sus propios parientes, a cuenta de sabe dios qué terribles miedos o pudores.

lunes, 1 de febrero de 2010

Otras lecturas/ relecturas del mes de enero

Zeina Abichared. El juego de las golondrinas.
Juan Rulfo. El llano en llamas.
Ángel Olgoso. La máquina de languidecer.
Fritz Zorn. Bajo el signo de marte.
Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy. Enemigos públicos.
Antonio Calderón Reina. 511 cápsulas para el olvido.
Rafael Suárez Plácido. El descubrimiento del Bósforo.
Marina Tsvietaieva y Anna Ajmátova. El canto y la ceniza.
Erika Lust. Porno para mujeres.

domingo, 31 de enero de 2010

Ser gitano: orgullo y prejuicios


La semana pasada leí por teletipos la noticia de la muerte de Pepe Heredia Maya. Creo que nunca llegué a coincidir con el primer catedrático de raza gitana que hubo en España, pero sí conocí su poesía -aquel libro de la colección Arenal- y tuvimos amigos comunes. Me hubiera gustado estrechar su mano y contarle que, cuando era muy jovencito, a menudo ponía el casete de su Macama Jonda cada vez que bajaba con mi familia a Algeciras para cruzar el Estrecho. Hubiera querido explicarle que a ese encuentro que él proponía entre lo jondo y lo arábigo-andalusí yo acudí buscando el exotismo y terminé encontrando una parte de mí y de mi cultura.

Heredia Maya empezó, como está mandado, poniendo las cosas en su sitio y denunciando, a mediados de los 70, la larga persecución de los gitanos en aquel Camelamos naquerar junto al llorado Mario Maya. Y tras la reivindicación, la citada Macama jonda, o sea, la fiesta, una fiesta además hospitalaria, en la que todos son bienvenidos: algo que sólo puede denotar el orgullo de los anfitriones. Desde la Orquesta de Tetuán a la madre de Lole Montoya o Enrique Morente, el espectáculo fue en muchos sentidos revolucionario: "Un hombre tiene su hermano / en otro hombre que tiene/ igual de limpias las manos", decía una de las letras.

He recordado todo esto al hilo de la rocambolesca noticia de que una de las componentes del elenco de La Casa de Bernarda Alba, la obra del grupo de teatro Atalaya montada con actrices analfabetas del asentamiento chabolista de El Vacie, corre el riesgo de ir a la cárcel por un robo de chatarra que fue filmado en uno de esos nuevos programas de televisión sensacionalistas. Llevo varios días oyendo a mi alrededor barbaridades acerca de los genes delictivos de los gitanos, de su incapacidad para desarrollar la mínima sociabilidad, de su conocida indolencia, sus fiestas perpetuas y sus crueles patriarcados.

Y al mismo tiempo, se me cae el alma a los pies viendo a esas chicas acudir a una entrevista en pijama, sin acicalarse ni un poco -¡con lo coqueta que puede ser una gitana coqueta!-, defendiéndose con respuestas torpes y desesperadas. No, no tengo nada contra los pijamas, sólo que esa actitud habla a las claras de la baja autoestima y de la penosa inercia a la que están sometidas estas mujeres. Son actrices amateur, pero pueden ser referentes para sus hijos y nietos, pruebas de que hay alternativas al fatalismo de la chabola y la ramita de romero en las puertas de la catedral. Si prefieren estas últimas opciones, estarán en su derecho. Pero hay que garantizar que aquellas que elijan otro destino tengan la posibilidad de tomarlo efectivamente. Pepe Heredia Maya no sabía si un gitano podía ser catedrático; después de él, sabemos que sí.

Esas mujeres de Atalaya han dado un primer paso gigantesco, subir a un escenario para decir a Lorca. El siguiente será creérselo realmente, no conformarse con cubrir el expediente y sentir el orgullo real de lo que hacen. A otros, me temo, les queda un camino más largo para desterrar sus arraigados prejuicios.

sábado, 30 de enero de 2010

Caleta (y II) A Cuba iré



La lectura de este último número de Caleta me ha recordado que a ningún otro país le dedicamos tanta atención en estos años como a Cuba. El hecho de que Mané y yo hayamos tenido amores más o menos vinculados a la isla no lo explica del todo. Tampoco nuestras militacias izquierdosas, condenadas con el tiempo a algunos crueles desengaños. Ahora me pregunto cómo ha cambiado Cuba en estos 15 años, y cómo nuestra mirada sobre su realidad.
Hace 15 años teníamos claro que simpatizar con el castrismo era estar del lado del bien, de la razón y la justicia social; ahora nos cuesta pensar que sea posible permanecer en ese margen sin cuestionar severamente muchos despropósitos del régimen. Hace 15 años, La Habana era para nosotros un laboratorio para la literatura y el arte donde siempre se cocían recetas interesantísimas; hoy, la cultura cubana es víctima de un (tal vez irreversible) proceso de atomización, y éstá más unida (es un decir) en los foros de internet que en la realidad material.

Revisando viejos números de Caleta, me da por pensar que, egoístamente, la revista ha sido una herramienta muy valiosa, permitiéndonos acceder a posiciones estéticas y políticas diferentes, e incluso opuestas, para ayudarnos componer mal que bien el vasto mosaico cubano de entre siglos. Me vienen a la cabeza varias fotografías. En una estamos Mané, Juanlu Pineda y yo en casa de Cintio Vitier y Fina García Marruz. Recuerdo una pequeña sartén en el fuego, y en ell un poco de cebolla crepitando y diseminando su olor por toda la casa. Hablábamos de poesía, pero yo no podía dejar de pensar en la cebolla, a la que no vimos incorporar ningún otro ingrediente.

Pienso en una fotografía de Alberto Lauro, que hizo un tiempo de secretario de Cintio y Fina, y que llegó a zambullirse como un buzo en el depósito de agua del matrimonio para demostrar que además de un tipo divertidísimo es un aceptable fontanero. Albertito, que hoy vive en Madrid abducido por el famoseo de papel couché, se rompió la barbilla una noche loca en Cádiz, y me parece que lo estoy viendo aún con su aparatoso vendaje, proponiendo una batalla de cojines en mi casa a las cuatro de la mañana, con Pineda y Dani Cortés.

Hay una fotografía en la que Mané y yo posamos junto al all stars de las letras cubanas tras presentar Caleta en la Feria del Libro de La Habana. Ahí estamos con los que anteayer eran casi ídolos, Miguel Barnet, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat, Roberto Fernández Retamar, César López... Y de pronto se me cruza con una foto que nos reúne con Enrique del Risco, todavía jovencito, sin una cana en la perilla y canijo como una caña, pero con la misma guasa corrosiva que le ha dado fama, y con las ideas afiladas que hacen de él una de las opiniones de mayor autoridad en los foros anticastristas de la red.

Pienso en una foto que tenemos con Pepe Pérez Olivares en su antigua casa de Guanabacoa, en otra de nuestro primer encuentro en Cádiz, y en una tercera de la última vez que nos vimos en Sevilla, donde ambos residimos. Y sé que se trata del mismo poeta, pero de tres ciudadanos muy distintos. De una misma sensibilidad para una cabeza que también ha ido replanteándose muchas cosas.

Pienso en una foto donde aparecemos conversando con el ministro de Cultura, Abel Prieto, y en otra en la que estoy hablando de rock progresivo con Yoss, el escritor heavy por excelencia de La Habana. Pienso en una foto viejísima en la que estamos en Jarandilla desafinando canciones con Barnet y Nancy Morejón, y en una muy reciente en la que aparezco con mi amigo y mi maestro Edmundo Desnoes, en Nueva York, comentando ese capítulo de Paradiso en el que Lezama lo invitó como personaje. Y ahora veo una de color sepia que me regaló mi hermano Ramón de Armas, historiador martiano que nos dejó hace mucho, en la que se le ve casi adolescente, desfilando con el fusil al hombro, en los primeros años tras la caída de Batista.

Los de dentro y los de fuera; los pro, los contra y aquellos que soñaron con un espacio de neutralidad, todos tuvieron en Caleta un hospitalario punto de encuentro, o ésa fue nuestra intención. Entonces todavía creía que una revista podía ayudar a cambiar las cosas, hoy no soy tan optimista. Es más, me temo que no sirva para absolutamente nada, sólo para crear un bellísimo envoltorio -lo es, comprúebenlo ustedes mismos- para un hecho trágico, el desencuentro de tres generaciones de creadores antillanos. Habrá quien piense que con no sembrar cizaña es bastante. Pero muchos creemos que la reinvención de Cuba pasará mañana, entre otras cosas, por reconciliar a sus mejores cabezas. A esa Cuba (¿mañana, hemos dicho?), a esa Cuba iré.

jueves, 21 de enero de 2010

Caleta (I) Una revista, dos amigos


He vuelto a Cádiz para presentar el último número de Caleta, ¡el 15 ya!, dedicado a la literatura cubana de la Revolución. Y aunque ya no pertenezco al cuadro de mandos de esta revista, me complace asistir a la cita y recordar, de camino, los diez años en los que sí lo hice.
Esta historia ya la he puesto alguna vez por escrito, pero me apetece volver sobre ella. Conocí a Mané García Gil en un sitio tan prosaico y periférico como es la Facultad de Derecho de Jerez. Él rondaba a una novia que yo tenía por entonces, y ella, con muy buen criterio, se dejó raptar por él. Más tarde la chica en cuestión -a la que tanto debemos- se fue con un tercero, y nosotros aprendimos la lección de que las novias no son de nadie.
El azar quiso que nos encontráramos y nos brindó el consuelo de crear una revista literaria. Mané ponía la capacidad de organización y la nada desdeñable herencia de su padre, fundador de la primera época de Caleta; yo ponía los contactos, la agenda de potenciales colaboradores. Él era sereno e inteligente; yo, audaz y explosivo. Teníamos de sobra para hacer un equipo razonablemente bueno.
Con el apoyo económico de la Diputación de Cádiz, que yo creo que iba más orientado a no perdernos de vista -debíamos de parecer unos Zipi y Zape- que a impulsar y difundir verdaderamente un órgano impreso, estuvimos durante diez años trabajando por amor al arte, al arte literario se entiende, y tratando de hacer de la revista un refugio rico y plural para los amantes de la literatura y el pensamiento.
Confieso que, recordando nuestra precariedad de entonces, me asombra repasar la lista de los colaboradores: Edgar Morin, Mario Benedetti, Francisco Nieva, Carlos Edmundo de Ory, Ernesto Cardenal, Andrés Trapiello, Pere Gimferrer, José Saramago, Joan Margarit, Francisca Aguirre y Félix Grande, Juan Villoro, Ernesto Sabato, Antonio Muñoz Molina, Rodolfo Fogwill, Enrique Vila-Matas, Alfredo Bryce Echenique, Jorge Volpi...
Un desencuentro con una delegada de Cultura del citado organismo -de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, es que higiénicamente no me acuerdo- propició mi dimisión irrevocable de Caleta. Algún amigo que creyó que la empresa ya no sería la misma después de mi baja encontrará en este número 15 un rotundo desmentido: Caleta, con Mané en solitario al timón, no sólo mantiene las altas cotas de calidad que marcan su trayectoria, sino que las supera con creces. La revista es tan hermosa y tan potente en contenidos que, si lo llego a saber, dimito antes.
A pesar de lo dolorosa que resultó mi decisión, de algún modo todos hemos ganado. Y seguramente una cierta distancia -geográfica, más que nada- entre Mané y yo ha sido beneficiosa para ambos: a él le ha ahorrado mis muchas impertinencias, y a mí me ha permitido encarrilar mis fuerzas hacia otros empeños en los que hago más falta, como Mediterráneo Sur y Estado Crítico. A veces no hace falta figurar en una solapa para sentirse uno representado y honrado. Caleta es una parte demasiado íntima de mi biografía profesional y sentimental, sólo que antes me hacía sufrir y ahora, desde fuera, sólo puede darme grandes alegrías.

jueves, 14 de enero de 2010

La esperanza de Miguel Hernández


Dudosa gloria esa de los clásicos, a los que damos por leídos. Como damos por asimilada la aspirina, o por supuesto el honor del legionario. Decir que forman parte de nuestra cultura es una verdad que a menudo sirve como coartada a nuestra indolencia. ¿Cuánto hacía, por ejemplo, que no volvía sobre Miguel Hernández? He vuelto a leerlo por culpa de Fernando González Lucini, el hombre que más sabe de poesía cantada en España, y que acaba de publicar un precioso trabajo que recorre toda la música que ha inspirado el poeta de Orihuela. El volumen se titula ¡Dejadme la esperanza! y es una guía imprescindible ahora que comienzan los fastos del centenario y que Serrat tiene listo un nuevo álbum de versos musicados.

He vuelto a leer esa poesía tremenda, esencial, telúrica, con el mismo asombro y emoción que hace quince o veinte años. Pero también he llegado a la conclusión, leyendo a Lucini, de que Miguel Hernández es, además de autor de algunas de las mejores páginas de nuestro idioma, el motor de algunas de nuestras más bellas canciones. Pocas veces canta Camarón como en El pez más viejo del río por fandangos del Gloria. Pocos temas de Serrat como Para la libertad, imposible de escuchar aún hoy sin un estremecimiento. El mejor Paco Ibáñez está probablemente en Andaluces de Jaén, que de niños oíamos a toda voz -sin entender gran cosa, la verdad, sólo intuyendo- en el vinilo de Jarcha que rodaba por casa. Etcétera, etcétera...

Lo cierto es que estos artistas consiguieron hacer realidad el sueño de cualquier poeta verdadero, que es llegar a los lectores más insospechados, aun cuando su propio nombre se pierda en el camino; que los versos se diluyan en la promiscua voz del pueblo, que sus verdades sigan sonando de boca en boca, de abuelos a nietos.

Luego hay esfuerzos que trabajan justo en el sentido contrario. Ayer leí en un teletipo que los responsables del centenario van a enviar los poemas del autor de Perito en lunas precisamente a la luna. Sí, como lo leen, en una cápsula espacial. No se especifica el coste, pero desde luego concuerda con una tendencia muy difundida entre los políticos, que consiste en querer enviar a los poetas lo más lejos posible. A ser posible, a algún lugar donde nadie pueda leerlos.

miércoles, 13 de enero de 2010

Exquisito Mendoza


Que todo el mundo diga que tu primera novela es la mejor no es un buen síntoma: significa que después todo ha ido cuesta abajo. Es lo que sucede, por ejemplo, con Eduardo Mendoza y La verdad sobre el caso Savolta. Claro que, bien pensado, no todo el mundo puede presumir de haber escrito una gran novela, y algunos otros títulos tan estimables como La ciudad de los prodigios.
Cuando yo empezaba a tomarme en serio esto de la literatura, le pedí a un buen consejero que me hiciera una serie de títulos, no necesariamente canónicos, sino estimulantes para el apetito, pues se trataba antes de nada de convertirme en lector voraz. Entre aquellos libros estaba El misterio de la cripta embrujada. Una novela que ahora difícilmente soportaría -y mucho menos las dos secuelas de la saga- pero cuya inclusión en la lista de recomendaciones entiendo perfectamente, por conjugar el humor (a ratos desternillante) con el mimo por el lenguaje.

He tenido docenas de discusiones a cuenta de Sin noticias de Gurb, aquella ocurrencia superventas que a mí -y creo que también al propio autor- me parece infame, y leí sin demasiado interés Mauricio o las elecciones primarias, pero nunca he dejado de pensar que Eduardo Mendoza es un buen escritor. Su último libro, Tres vidas de santos, es otra prueba de ello.

Y, por lo que he podido comprobar en las dos o tres veces que lo he entrevistado, una buena persona también. No escatima la sonrisa, atiende a la prensa con infinita paciencia, escucha amablemente a los lectores más pesados. Ni rastro de vanidad en sus palabras. Hace comentarios -del mal tiempo de estos días o de alguna noticia política- con brillantez y elegancia. Y su educación es intachable. Ayer, por ejemplo, lo vi soportar estoicamente la martingala que la Consejera de Cultura suele prodigar sin anestesia cada vez que tiene un micrófono delante. En todo momento se mantuvo en su sitio sonriente. A ratos la mirada se le perdía un poco en los ojos rasgados, como si el pensamiento se le fuera a otra parte. Quién sabe si urdiendo la trama de su próxima novela.