Un montón de años estudiando Derecho sólo me enseñaron que cuanto menos pises un juzgado, mejor. Sospecho que en Medicina te enseñarán lo mismo de los hospitales, pero si tarde o temprano tienes que entrar en uno, que sea por un simple pólipo en la garganta.
Me citaron a las ocho menos cuarto de la mañana, e iba tan dormido -vivo con horarios de periodista- que pensé que no haría falta la anestesia. Pero, por otro lado, me daba mucha curiosidad saber qué tal era eso de colocarte legalmente, pues es sabido que algunos cirujanos y anestesistas son irredentos yonquis a su manera, y cada vez que tienen un mal día se regalan alguna dosis de lo que pillen a mano. Quiero decir que me imaginé en bata blanca a Burroughs y a Kerouac, en fin, cosas de estar en ayunas.
Luego recordé que este fue el hospital donde murió mi maestro Quiñones -yo estaba afuera, libreta en mano, cuando bajaron a comunicarnos la noticia-, y en él estaba pensando en la sala de espera, con mi pijama verde botella, mientras una señora de edad tendida en una camilla le preguntaba a un joven doctor con gorro de colorines si aquí todo el mundo se liaba con todo el mundo, como en Hospital Central o Anatomía de Grey: la guasa de Cai.
Por una rara asociación de ideas recordé que una vez me regalaron -y leí atentamente- la autobiografía de Linda Lovelace, la actriz de Deep Throat, para la cual un pólipo no habría supuesto ningún trauma.
Bueno, ya estaba tendido en la camilla, oyendo el ¡pit...pit...! de electro, con la vista perdida en los focos típicos de quirófano, un gotero en la mano izquierda y un poco decepcionado con el hecho de que lo que aspiraba no tuviera ningún olor a clandestinidad, cuando supe que entre ese momento y mi despertar pasarían varias cosas que me serían robadas, ocultadas, y recordé una película que en su día me causó una enorme desazón, Arrebato, de Iván Zulueta, en la que recuerdo vagamente a un tipo durmiendo y desapareciendo parcialmente bajo la mirada de una cámara, y pensé que, de algún modo, yo iba también a dormir y a desaparecer un rato.
Desperté ante una enfermera de hechuras maternales que se me antojó la mismísima Florence Nightingale, y yo un caído en la guerra de Crimea. O como Orwell en Barcelona, cuando una bala se llevó por delante una de sus cuerdas vocales, a ver si me sale un 1984.
Hace tiempo conocí a un poeta que llamaba a su mujer con una campanilla, pero peor que eso era el hecho de que la campanilla se la hubiera regalado la propia esposa. Ahora me quedan, al menos, un par de semanitas de pizarrín y de bocina, como Harpo el de los Hermanos Marx, ¡qué tiempos en los que me comunicaba con señales de humo!
Gracias a todos, hablamos pronto.
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