Qué extraño: cuando leí Nocilla dream, la primera entrega de una trilogía que ha convertido a su autor, Agustín Fernández Mallo, en un referente de la nueva literatura española, me pareció una obra interesante, fresca y diferente. Más tarde, cuando los mecanismos del mercado empezaron a pregonar que esa novela era la repanocha, empecé a verle fisuras y a cogerle manía. Era como si cada piropo fuera poniendo de manifiesto no sus virtudes, sino sus carencias, que obviamente las tenía. Nuestra percepción de las cosas está muy condicionada por las expectativas, y no es lo mismo sorprenderse o decepcionarse con un literato desconocido que con Borges o Faulkner.
Algo parecido me pasó, pero a la inversa, con el autor. La primera vez que lo vi, en el encuentro de jóvenes escritores de la Fundación Lara, me pareció un tipo demasiado bien pagado de sí mismo, convencido de haber inventado la pólvora. Esta percepción negativa se acentuó leyendo su ensayo Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma, al que hay que reconocer valentía y arrojo, pero que revela a mi juicio un profundo desconocimiento de lo que ha sido la poesía española en las últimas décadas. Sin embargo, al verle llegar ayer al hotel, arrastrando cansado su maleta, y comer cacahuetes y beber cocacola en la entrevista posterior, me dije que yo era injusto, que Fernández Mallo es un chaval normal, gallego amable e inteligente, al que el sistema ha puesto ahí, en el ojo del huracán, para que represente algo que no existe y haga de objeto de culto o de muñeco de pim pam pum para la crítica y el público.
Es imposible leer su última novela, Nocilla Lab, sin tales prejuicios. Sigue siendo un tipo interesante, con buena mano para la prosa, sin duda, tal vez un poco deslumbrado por los efectos, empecinado en la hibridación de lenguajes, como si en el afán innovador se jugara todo. "¿Te has dado cuenta -me dijo hace poco Javier Reverte- de lo mal que ha envejecido la prosa más rupturista de Cela, y cómo en cambio Quevedo y Cervantes cada día parecen más jóvenes?" Sí, me doy cuenta. Y creo que Fernández Mallo dará su gran salto cuando sus obras no sean experimentos. "Cuando se habla de experimento -dijo otro- es porque se trata de experimento fallido".
Hay algo más, y es su fe absoluta en que la ciencia redima a la literatura de su anquilosamiento, de su parálisis. Cree que la poesía sufre de esclerosis múltiple y que la senda es el Haiku de la masa en reposo. Tal vez sin pretenderlo, desdeña o se olvida de la emoción. O tal vez yo sea un lector obsoleto por seguir con Ory:
La física nuclear no me sirve para saber por qué lloro por amor.
O con Mauricio Wiesenthal, que dejó escrito la superioridad de la emoción sobre la ciencia, por la sencilla razón de que aquélla es irrefutable.
PS.- Lo que más me ha gustado de Nocilla Lab: una idea hermosa, que las parejas llamadas a perdurar son aquellas en las que ambos tienen un sentido del humor similar. Y jugar a reconocer, en los escenarios que describe, lugares que yo también visité: las curvas que conducen a una fábrica abandonada pertenecen, apostaría, a la zona de Piscinas. Tengo fotos de la fábrica. Y una isla que menciona no puede ser otra que Sant' Antioco. El hotel con forma de pirámide en Las Vegas es el mismo en el que yo me alojé.
Etiquetas: Cerdeña, EEUU, Libros