miércoles 1 de julio de 2009

Otras lecturas/ relecturas del mes de junio

Marjane Satrapi. Persépolis.
Art Spiegelman. Maus.
William Ospina. La herida en la piel de la diosa.
Jules Renard. Pelo de zanahoria.
Andrea Camilleri. Las ovejas y el pastor.
Federico Campbell. La clave Morse.
Belén Núñez. Resplandor de la lágrima.
Alejandro Jodorowsky. Pasos en el vacío.
Álvaro Salvador. La canción del outsider.
Ana Rossetti. Llenar tu nombre.
Erika Martínez. Color carne.
Ismail Kadare. Cuestión de locura.
David Grossman. La miel del león.
Ana María Shua. Cazadores de letras.
Franz Kafka. Un médico rural.
Vladimir Maiajovski. Cómo hacer versos.
Vitaliano Brancati. Los placeres de Paolo.

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domingo 28 de junio de 2009

Vida de estudiante

Fin de semana en Granada, para tocar con Juanlu Pineda. Me gusta la ciudad, donde no hay chica que no sea bella ni esquina que no tenga su aquel. Lo mismo pensé la primera vez que vine por mi cuenta, hace casi veinte años. Era un invierno helado y me apalanqué en el piso de unos medio amigachos gaditanos que tenían a sus padres engañados haciéndoles creer que cursaban carrera con algún provecho, cuando en realidad pasaban sus días entregados al mundo estupefaciente y al pequeño tráfico de grifa. En el colchón que me tiraron en el suelo fui feliz jugando a residir, yo también, en un piso de estudiantes, una fantasía que me acompañó regularmente durante años, pero que nunca llegué a cumplir. De aquella visita se desprendió un poema muy malo del que sólo retengo el final: "entre los arrayanes y los calcetines,/ el efluvio dulzón de la marihuana incandescente..."
Ahora vuelvo en fechas más calurosas, en este preludio del verano en el que la ciudad despide a su población universitaria. De noche, Pedro Antonio de Alarcón acusa el descenso demográfico acogiendo a ralos grupetes de borrachines, mientras que de día las calles son un trasiego continuo de chicos y chicas con maletas en pos de sus coches, autobuses, trenes. Nuestra anfitriona, nuestra joven y querida Violeta Sánchez, traductora en cierne, también vive en un piso de estudiantes, muy cerca de la altiva plaza de toros, y se ha quedado en Granada sólo para vernos actuar. Otros amigos, como Andrés Neuman -que mañana mismo emprende la gira americana de su premio Alfaguara- o Juan Luis Tapia -que está por irse a Grecia- piden disculpas por su ausencia.
Juanlu y yo tomamos posesión del salón y nos disponemos a darle una vuelta rutinaria al repertorio. Mientras se afina la guitarra, contemplo los monumentos al kitsch que cuelgan de las paredes, los armarios de estilo provenzal, las cajas con libros y cedés, la accidental vecindad de una botella de vino francés sin abrir con otra, medio vacía, de Beefeater. Es el paisaje después de la batalla, o de la fiesta -la breve fiesta de la inconsciencia, de la dichosa juventud-, o de ambas cosas a la vez. Un espacio como todos los que visitaba en tiempos, con ocasión de un guateque o de un romance inesperado de madrugada. Nunca es fácil hacer un hogar de estos lugares. Pero un hogar tendría que estudiar mucho para convertirse en uno de estos genuinos, legendarios pisos de estudiantes.

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De Maribel a Martirio

Entrevisto a Martirio con motivo de su hermoso disco en directo, el recién aparecido 25 años: los que lleva haciendo grandes canciones con peineta y gafas de sol. Camino del periódico he recordado el disco de Jarcha que mi padre tenía en casa, Libertad sin ira, en formato de lujo y con aquel sol naciente brillando en la cubierta. Ahí militaba de jovencita esta Maribel Quiñones que ahora se permite el lujo de llevar como guitarrista -sobresaliente, por cierto- a su propio hijo, el muy bien criado Raúl Rodríguez.
Confieso que las primeras escuchas del proyecto Martirio, Estoy mala y demás, me dejaron bastante indiferente. La caracterización y el histrionismo, que tenían como objeto llamar la atención, a mí me alejaban por el contrario de la música. Tuvo que ser con la salida a la luz del Pensión Triana de Javier Ruibal, donde Maribel hacía unos coros impresionantes junto a Gema Corredera, cuando empecé a tomármela en serio como intérprete. Luego vinieron otros discos más evolucionados, colaboraciones con gente como Compay Segundo, y sobre todo los trabajos con Chano Domínguez, uno de los esfuerzos más serios y más lindos de dignificar la copla de cuantos se han hecho en España, con permiso de Vázquez Montalbán, que sabía de esto.
Ahora, como la única vez en que copeamos junto a Héctor Márquez y otros amigos en la Alameda gaditana, hace mucho, me sigue asombrando la belleza de los ojos de Maribel, no sé si de un color dorado o ambarino, siempre ocultos tras esas lentes ahumadas, no tanto para aliviarse del sol como para proteger al prójimo de una hipnosis segura.
De lo que no se puede escapar tan fácilmente es del encanto de su música. En este momento en que el rollo coplero vive un auge espectacular, por fin despojado de todos sus sambenitos y reminiscencias fachoides, pocos repertorios encontrarán el fan advenedizo o el veterano aficionado tan bien aliñados y puestos en escena como el de Martirio. Y que sean 25 años más de olés.

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miércoles 24 de junio de 2009

M'Sur y Estado Crítico, ciberparto doble

La semana pasada se produjeron en las aguas amnióticas de internet dos partos que para mí suponen dos modestos acontecimientos. El primero ha tenido una larguísima gestación, desde que Ilya U. Topper y un servidor, comentando noticias de la segunda Guerra de Irak, llegamos a la conclusión de que estábamos hartos de la visión del mundo que nos estaban vendiendo, de la falaz e interesada partición Norte-Sur, Oriente-Occidente, Cruz-Media luna, Civilización-Barbarie. Que ya era hora de regresar al Mediterráneo como la cuna común de la cultura, a la tierra del aceite y del vino. Que ya era hora de conocer un poco mejor y transmitir lo que aprendiéramos desde nuestro oficio. Con esas ambiciones, y muy poquitos medios, fletamos Mediterráneo Sur (M'Sur), cuya versión provisional ya está colgada en la red, en http://www.mediterraneosur.es/ con Israel y Palestina como primer foco. Mi primera satisfacción es el nivelazo general de los colaboradores, tanto de redacción (Aranzadi, Liman, Rengel) como de foteros (Trillo, Marchante...). Ojalá dure, ayude a cambiar miradas y dé muchas alegrías.
Lo mismo puedo decir de Estado Crítico, que nació de una reunión de amigos en torno a las fotografías de Antonio Acedo, y que fue tomando forma hasta su cristalización en pantalla. Un blog, http://criticoestado.blogspot.com/, que pretende lanzar una reseña diaria -como hacen los compañeros de La Tormenta en un Vaso con enorme calidad desde hace ya unos años- desde la libertad de opinión, la independencia y la mirada personal que cada uno pueda aportar: Jabo Pizarroso, Dani Ruiz, Jesús Cotta, Juan Carlos Sierra, Javier Mije, Manolín Haro, el propio Acedo, Ilya U. Topper, Joaquín Blanes, Luis Manuel Ruiz y un servidor nos hemos conjurado para hablar mal y bien de los libros que vayan cayendo en nuestras manos.
Sé que estos empeños no son tan difíciles de fletar como de mantener en el tiempo sin bajar el listón. De momento estamos ahí, sentados con los pies colgando en nuestro nicho de la Biblioteca de Babel, disfrutando de la complicidad y la bibliofagia con toda fruición. Y usted que nos lea.

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martes 23 de junio de 2009

Reencuentro con Juan Farina

Chiclana, tarde del sábado. La Fundación Quiñones me ha invitado a participar en un homenaje a Juan Farina, el bailaor al que dediqué un libro hace casi diez años, Que me quiten lo bailao. Vida y arte de Juan Farina. He vuelto sobre esas páginas y me cuesta reconocerme en esa prosa un poco espesa de puro acomplejada, atrapada por ese miedo del principiante del que hablaba Borges, que les empuja a menudo a un gratuito barroquismo. Sí me gusta el modo en que los datos y las anécdotas, la vida y la literatura, se funden en el relato, y el cariño evidente por un personaje al que apenas conocí, ese gitano al que Quiñones me presentó una noche en un bar de La Viña, sin que ni unos ni otros sospecháramos que una biografía de encargo iba a reunirnos tiempo después.
El hombre que me ofreció el trabajo, el bueno de Dionisio Montero, es ahora una estatua de bronce a las puertas del Teatro Moderno, ¡extraño reencuentro! Me habían asegurado que sería una faena de aliño, que la familia tenía todo el material y había sólo que darle forma, hasta que Dionisio me tendio aquella carpetilla con media docena de fotos casi desvaídas, unos amarillentos recortes de periódico y un cuaderno manuscrito de cuatro páginas, en las que el propio Farina había intentado escribir sus memorias de su puño y letra, con una caligrafía casi infantil.
A Farina no le hacía falta escribir, porque él mismo era literatura ambulante. Personaje de varias novelas, pero sobre todo de dos -El coro a dos voces, de Quiñones, y Marea escorada, de Berenguer, recién reeditada-, de él me hablaron con admiración Félix Grande, Carmiña Martín Gaite, Manolo Ríos Ruiz. Llegó a bailar para Cocteau. Solía decir que lo suyo era "andar cojo y bailar sano", y cuando Pemán le recomendó un cirujano para arreglarle la cadera, hizo cuernos y replicó: "¿Y si luego me se olvida el baile?"
Mucho más extraordinario es que los flamencos hablen bien los unos de los otros, y a mí me pusieron a Farina por las nubes Chano Lobato, El Chato de la Isla, Pepe Menese o Sara Baras, cuyo talento destacó el chiclanero antes que nadie. Todo esto tenía que haberlo contado el sábado en Chiclana, pero en el patio de butacas estaba su viuda, Josefa, y sus diez hijos con un innumerable batallón de nietos, de modo que opté por buscar una grabación, unas imágenes en las que aparece Farina haciendo su célebre baile del picador, y la proyectamos en pantalla grande, para que los más pequeños del clan vieran al abuelo en tamaño natural, como él era: grande.

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domingo 21 de junio de 2009

Ana Rossetti, poeta-poeta

Jueves pasado, Coria del Río, mi primera visita al Museo de la Autonomía, que dirige con toda dignidad y notables resultados mi querida Coral Márquez. Participo en un breve coloquio con Elena Medel y Ana Rossetti. A Elena la veo a cada rato -de hecho, vengo de editar una columna suya en mi periódico-, pero con Ana hacía mucho que no me encontraba. Y puesto que el tema a debatir es la memoria, me dispongo a recordar algunas cosas sobre ella.
Nacida en San Fernando, la primera gesta de la Rossetti fue marcharse a Madrid -no al de ahora, sino al bronco y áspero de los primeros ochenta-, establecerse allí y vivir para contarlo. Se empadronó en Malasaña, que tampoco era el barrio que es ahora, fue vecina de Juan Madrid y por su ventana se colaban los neones del teatro Maravillas. Irrumpió en el panorama poético como un ciclón, primero porque, sin ser la más guapa del mundo, las Diosas Blancas de la España de entonces eran Carmen Conde, Gloria Fuertes, Pilar Paz Pasamar o María Victoria Atencia, y en la comparación Ana prendía chiribitas en los ojos del casposo establishment cultureta de la época. Pero es que, además, aquella gaditana isleña era capaz de dedicar poemas, por ejemplo, a los gayumbos de Calvin Klein, entreverado de mitos griegos y citas culturalistas, y las fantasías del lector reprimido se disparaban.
Más que Luis Antonio de Villena, yo diría que la gran poeta de la movida fue Ana Rossetti, por transgresora y adelantada a su tiempo, por chic y por libérrima. No tuvo prisa y sacó a la luz su primer libro con 30 años, y desde entonces se ha dosificado sin permitirse demasiadas vacaciones, publicando cada tres o cuatro años.
Mujer vehemente, puedes ser temible para la prensa, pues la he visto entablar discusiones encendidas en el aire con locutores de radio o con moderadores de mesas redondas: no se corta y no hay quien la pare. Pero con la misma fuerza aflora su lado tierno, irresistiblemente cariñoso. Una vez recibí el grato y bien pagado encargo de acompañar durante un verano a cuatro poetas -Antonio Hernández, mi llorado Rafael Soto Vergés, Fito Cózar y Ana Rossetti- en una turné por la Sierra de Cádiz, y tengo en la memoria muchas tardes hermosas, atravesando los pinsapares de Grazalema, alcanzando Setenil o subiendo a Zahara, enfrentándonos a públicos adversos ("Esto es como Canciones para después de la guerra", me susurró más de una vez el Noni) y descubriendo tesoros gastronómicos. Ahí empecé a querer a Ana, y hasta hoy.
A su hija Ruth, mito televisivo de nuestra infancia y hoy actriz consagrada, le publicamos sus primeros poemas en la revista Caleta, y puedo asegurar que es digna heredera de muchas virtudes de su madre. Lo que sucede es que Ana -y me lo conforma la lectura de su último poemario, el intenso y metaliterario Llenar tu nombre-, nos es como la mayoría, o sea, periodista y poeta, profesor y poeta, dramaturgo y poeta... Aunque ha hecho muchas cosas y todas con gran exigencia, para ella debería inventar Hacienda un epígrafe que me consta no existe: el de poeta-poeta.

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miércoles 17 de junio de 2009

En la Córdoba de Falcones

Debo confesarlo: me encanta Ildefonso Falcones. No me refiero a sus libros, me encanta él. Aún no había vendido tanto como vendió cuando lo entrevisté por primera vez: llevaba tras su pista algún tiempo y fui a encontrármelo fumando a salvo de una ruidosa cena del premio Torrevieja. Allí mismo saqué papel y boli y le robé cinco o seis preguntas. Luego, de alta madrugada, me encantó verle llenar y vaciar su copa de champán y mover el esqueleto con todo el desparpajo del mundo en la sala Pachá. Recuerdo que incluso apareció caricaturizado así en un suplemento, chisposo y guatequero. Ahí había un hombre de fiesta, ahí estaba el escritor más feliz de la concurrida reunión: el único sin ego, o con el ego satisfecho.
Abogado de profesión, Falcones empezó a darle a la pluma sin tomarse a sí mismo demasiado en serio. Venía, al parecer, de ser una promesa del salto hípico, donde aprendió a distinguir las razas de caballos, pero también trabajó en un bingo, donde aprendió más aún de la raza humana. Pasó cinco años emulando a Ken Follet para escribir La catedral del mar, y dos más le costó buscarle novia editorial. Cuando le pregunté, con todo el respeto, si eran ciertas esas informaciones que aseguraban que la editorial había hecho y deshecho a su antojo con su obra, se encogió de hombros y sonrió: "¿Quién soy yo para no hacer caso de los que saben?". Ahí me ganó.
Desde aquello han pasado (por caja) cuatro millones de ejemplares, cifra suficiente para volver majareta a cualquiera. Creo que si Falcones ha conservado la cordura se debe en parte a no haber abandonado su bufete, sus clientes, sus ceremonias rutinarias, como el último asidero a la realidad. La gloria del best-seller le ha pillado con suficiente juventud como para pasárselo pipa con todo lo que le está pasando, y suficiente madurez como para no perder los papeles.
La semana pasada me desplacé a una caldeada Córdoba para la presentación de La mano de Fátima, el nuevo novelón de Falcones. Creo que él mismo está resignado a no saber escribir bien jamás, pero es evidente que su caballo corre por otra calle. Algo parecido a que cuatro millones de personas se pusieran de acuerdo para decirme que canto genial y que quieren un disco mío. Vi al barcelonés fumar, responder a las entrevistas, disfrutar con todo el circo mediático que desplegamos a su alrededor, y pensé qué mezcla de incredulidad, pasmo e hilaridad debe estar desatándose para sus adentros. De momento, parecía decirnos Falcones, disfrutemos: yo el primero.

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