domingo 8 de noviembre de 2009

Eso que llaman éxito (y III) Paz Vega

Varias compañeras de mi periódico recuerdan a Paz Vega cuando estudiaba con ellas en Ciencias de la Información. Cuentan que ya por aquel entonces la trianera no pasaba desapercibida entre los varones, lo cual no significa nada, porque dicha Facultad es un inveterado vivero de estudiantes bellas. Es curioso ese designio que envía a unos a Hollywood y a otros, por ejemplo, a El Correo de Andalucía. Paz Vega se codea con los astros de la Meca del Cine, se morrea con el deseado Colin Farrell en la recién estrenada Triage, gana una millonada por poner sus grandes ojos negros y su mentón partido ante la cámara; sus antiguas compañeras, en cambio, echan horas extra en jornadas estresantes por mil y pico euros. Claro que cuando Paz Vega estrena una película todo el mundo se apresura a denunciar que es un actriz francamente mala, mientras que mis amigas son felicitadas con frecuencia por su buen hacer; además, si en un periódico se comete algún error -que alguno siempre hay- se solventará con una simple fe de errores y servirá para envolver el pescado de mañana. Paz Vega podría ganarse hoy la vida haciendo entrevistas, pero la suerte ha querido que sea ella quien las ofrezca. En este último trabajo, casualmente, la actriz hace de novia de un reportero. Para que luego digan que este gremio nuestro no es endogámico.

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Eso que llaman éxito (II) Colin Farrell

Tantos años entrevistando a famosos, famosetes y famosillos no me han ayudado a comprender del todo cómo opera en la mente humana eso que llaman éxito. Fernández Mallo -que, como Ildefonso Falcones, se vacuna contra la pérdida de la realidad manteniendo sus ritos y levantándose cada mañana a las siete para ir a su trabajo de siempre- me contaba que ve el fulgurante ascenso de su carrera literaria desde fuera, como una película donde actuamos todos, pero en la que él no necesariamente participa.
Iba pensando en eso camino de la rueda de prensa que tendríamos con Colin Farrell, al sol ligero en una de las terrazas del hotel M, junto a la Giralda. El día antes nos habían obligado a ver -como condición sine qua non para acceder a las entrevistas- una película bastante pobre como es Triage. Y allí estaba su prota, gafas Ray Ban, camisa bajo rebeca gris estrechita que a mí me quedaría fatal, aretes en ambas orejas, cigarrillos American Spirit en los labios.
Será porque acaba de morirse un grandísimo actor, José Luis López Vázquez, que de pronto sólo puedo ver a Colin Farrell metido, como aquél, en una cabina de teléfonos en Última llamada. Si hago un esfuerzo puedo reconocerlo también bajo una capa de tinte rubio en Alejandro Magno, y rapado con una diana tatuada en la frente en Daredevil. Y fumando muy seguido, como ahora, en El sueño de Cassandra, de Woody Allen. No doy para mucho más.
La rueda tampoco rinde demasiado. El sol nos quema las coronillas. Colin Farrell accede a hablar de la polémica acerca de un vídeo suyo de contenido sexual cuya circulación por internet ha intentado impedir judicialmente, sin éxito hasta ahora. La pantalla grande le ha dado la fama, la diminuta de los archivos avi le está amargando la vida.
Se indigna pero acaba resignándose. Internet, dice, es demasiado grande, no hay nada que hacer, está fuera de su control. Se vacuna haciendo su vida de siempre. Trata de ver todo lo que pasa como si fuera irreal, como una película donde actuamos todos, pero en la que él no necesariamente participa.

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viernes 6 de noviembre de 2009

Eso que llaman éxito (I) Fernández Mallo

Qué extraño: cuando leí Nocilla dream, la primera entrega de una trilogía que ha convertido a su autor, Agustín Fernández Mallo, en un referente de la nueva literatura española, me pareció una obra interesante, fresca y diferente. Más tarde, cuando los mecanismos del mercado empezaron a pregonar que esa novela era la repanocha, empecé a verle fisuras y a cogerle manía. Era como si cada piropo fuera poniendo de manifiesto no sus virtudes, sino sus carencias, que obviamente las tenía. Nuestra percepción de las cosas está muy condicionada por las expectativas, y no es lo mismo sorprenderse o decepcionarse con un literato desconocido que con Borges o Faulkner.
Algo parecido me pasó, pero a la inversa, con el autor. La primera vez que lo vi, en el encuentro de jóvenes escritores de la Fundación Lara, me pareció un tipo demasiado bien pagado de sí mismo, convencido de haber inventado la pólvora. Esta percepción negativa se acentuó leyendo su ensayo Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma, al que hay que reconocer valentía y arrojo, pero que revela a mi juicio un profundo desconocimiento de lo que ha sido la poesía española en las últimas décadas. Sin embargo, al verle llegar ayer al hotel, arrastrando cansado su maleta, y comer cacahuetes y beber cocacola en la entrevista posterior, me dije que yo era injusto, que Fernández Mallo es un chaval normal, gallego amable e inteligente, al que el sistema ha puesto ahí, en el ojo del huracán, para que represente algo que no existe y haga de objeto de culto o de muñeco de pim pam pum para la crítica y el público.
Es imposible leer su última novela, Nocilla Lab, sin tales prejuicios. Sigue siendo un tipo interesante, con buena mano para la prosa, sin duda, tal vez un poco deslumbrado por los efectos, empecinado en la hibridación de lenguajes, como si en el afán innovador se jugara todo. "¿Te has dado cuenta -me dijo hace poco Javier Reverte- de lo mal que ha envejecido la prosa más rupturista de Cela, y cómo en cambio Quevedo y Cervantes cada día parecen más jóvenes?" Sí, me doy cuenta. Y creo que Fernández Mallo dará su gran salto cuando sus obras no sean experimentos. "Cuando se habla de experimento -dijo otro- es porque se trata de experimento fallido".
Hay algo más, y es su fe absoluta en que la ciencia redima a la literatura de su anquilosamiento, de su parálisis. Cree que la poesía sufre de esclerosis múltiple y que la senda es el Haiku de la masa en reposo. Tal vez sin pretenderlo, desdeña o se olvida de la emoción. O tal vez yo sea un lector obsoleto por seguir con Ory:
La física nuclear no me sirve para saber por qué lloro por amor.
O con Mauricio Wiesenthal, que dejó escrito la superioridad de la emoción sobre la ciencia, por la sencilla razón de que aquélla es irrefutable.
PS.- Lo que más me ha gustado de Nocilla Lab: una idea hermosa, que las parejas llamadas a perdurar son aquellas en las que ambos tienen un sentido del humor similar. Y jugar a reconocer, en los escenarios que describe, lugares que yo también visité: las curvas que conducen a una fábrica abandonada pertenecen, apostaría, a la zona de Piscinas. Tengo fotos de la fábrica. Y una isla que menciona no puede ser otra que Sant' Antioco. El hotel con forma de pirámide en Las Vegas es el mismo en el que yo me alojé.

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domingo 1 de noviembre de 2009

Otras lecturas/ relecturas del mes de octubre

Charles Burns. Agujero negro.
Henning Mankell. El hombre inquieto.
Vögué/ Strájov. Dos viajes al monte Athos.
Julien Gracq. La literatura como bluff.
Vincenzo Consolo. Lunaria.
Vincenzo Consolo. Retablo.
Giorgio Bassani. Los anteojos de oro.
Guido Morselli. Dissipatio H. G.
Jean Philippe Toussant. La cámara fotográfica.
Álvaro Colomer. Los bosques de Uppsala.
Alan Bennet. La mujer de la furgoneta.
Rafael Pérez Estrada. El domador.
Mercedes Escolano. Las bacantes.
Yolanda Castaño. Profundidad de campo.
Jesús Cotta. A merced de los pájaros.
Mark Strand. Tormenta de uno.
John Ashbery. Un país mundano.
Ángel Petisme. Cinta transportadora.
Ángel Petisme. Insomnio de Ramalah.
Ángel Petisme. Demolición del arco iris.
Juan Carlos Mestre. La casa roja.
Juan Domingo Argüelles. La travesía.
J. M. Fonollosa: Ciudad del hombre: Nueva York.
Juan Manuel Roca. Biblia de pobres.

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jueves 29 de octubre de 2009

Rafael Alberti, me colé en tu fiesta

La primera vez que vi a Rafael Alberti, si no me equivoco, él soplaba las velas de una tarta -¿90, 92?- y yo ya me acercaba a los 20. Me había desplazado en autobús hasta El Puerto de Santa María sólo para oír la conferencia, abierta al público, que con motivo de ese cumpleaños daría allí Antonio Colinas. Esperaba que éste me firmara mi ejemplar de Sepulcro en Tarquinia y volverme, pero no sé cómo me colé en la cena, ocupé un asiento libre, no dejé un guisante en el plato y brindé como todos por la salud de hierro del poeta.
Luego, con la Fundación Alberti ya en marcha, lo veíamos siempre en las ceremonias de clausura, con la salud cada año un poco más mermada, pero ahí seguía. Hubo una época en que por necesidades económicas (y cierta curiosidad profesional) trabajé para una desastrosa agencia del corazón. Bueno, en realidad el desastre era yo, incapaz de preguntar a nadie por su vida privada, y absolutamente ignorante de la variopinta fauna que habita el papel couché. El caso es que propuse una entrevista con María Asunción Mateo, que me interesaba bastante más que las modelos y los novios de ésta o aquella, y coló.
Con el fotero Rafa Marchante fuimos a Ora Marítima, la villa de los Alberti a las afueras de El Puerto. Conversamos largo y tendido en el porche, y ya casi nos marchábamos cuando María Asunción nos preguntó: "¿No queréis saludar a Rafael?" Claro que queríamos. Lo encontramos sentado en su sofá, gordo como un buda, con su proverbial melena blanca cayéndole sobre los hombros y una mueca que quería ser sonrisa. Apenas podía hablar ya, y yo traté de mostrarle que no hacía falta, que sólo queríamos decirle que le queríamos y desearle que estuviera bien. Sus perros venían a rozarse con sus rodillas y jugamos unos minutos a rascarles las orejas y acariciarles el lomo, sólo eso. Luego nos marchamos por donde habíamos venido. No volveríamos a verle.
Han pasado diez años de su muerte, y dice María Asunción en la prensa que Rafael está más vivo hoy que nunca. Lamento no estar de acuerdo. Los poetas, dice Juan Carlos Mestre, no son caballos de carrera, pero sí tienen algo de valores bursátiles que suben y bajan sujetos a invisibles ciclos. Las acciones de Rafael no están hoy en alza, se han cometido errores, el nombre del poeta derivó en algo tan feo como una marca registrada, la Fundación se ha encerrado en sí misma, se ha vuelto tan proteccionista que ha terminado ensimismándose, y la primera perjudicada es la obra de Alberti. No estoy en absoluto de acuerdo en satanizar a la viuda, pero creo que se equivocó rompiendo con unos brokers tan devotos como García Montero, Luisito Muñoz o Benjamín Prado. Tampoco entiendo el desencuentro total con Aitana, la hija de Rafael, en cuya casa habanera brindamos una noche por la memoria y por los versos de nuestro ilustre paisano.
Quién disparó primero, es una pregunta que ya carece de sentido. Pero por el amor a Alberti y a sus libros imborrables, para que realmente vuelvan a estar vivos y en incesante circulación, unos y otros deberían firmar sin más demora algo parecido a un armisticio. ¿Cabría imaginar mejor homenaje en el décimo aniversario de su desaparición?

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miércoles 28 de octubre de 2009

Sacristán y/o Alterio

Fui al Lope de Vega a entrevistar, con motivo de su gira Dos menos, a José Sacristán y a Héctor Alterio. A éste último, que iba al teatro caminando a paso lento, enfundado en una chaqueta azul y con gafas de sol, lo pasé raudo con mi bicicleta. Sacristán esperaba muy erguido a las puertas del coliseo. En la rueda de prensa previa percibí que a ninguno de los dos le gustan las ruedas de prensa. Pues que no las hagan, joder: ya han vendido la taquilla para todas las funciones. No, se deben a su público y a los medios, que al fin y al cabo son quienes los mantienen en el candelero. No, no le deben nada a nadie: son unos monstruos escénicos que están por encima del bien y del mal. Aunque también son unos divos incapaces de disimular su vanidad. Tienen, desde luego, currículo para presumir, han hecho Historia en el cine y el teatro. Y ahora son unos pesados, hacen un teatro insoportablemente cursi y burgués. Eso es profundamente injusto con dos maestros de la interpretación y dos artistas comprometidos como pocos. Sacristán se interpreta a sí mismo a tiempo completo, y de vez en cuando a Fernán-Gómez soltando tacos y fingiendo indignación. Yo he llorado varias veces viéndole en El viaje a ninguna parte y en Un lugar en el mundo. Alterio tiene una sordera profunda. Carajo, el hombre tiene 80 años. Y debe hacer ímprobos esfuerzos para mostrarse simpático. Yo he llorado varias veces viéndole en La tregua y en El hijo de la novia. Todos los que amamos el cine o el teatro tenemos una deuda impagable con ambos. Pero es mejor verlos a distancia. Sacristán sigue siendo un galán a sus 70. Lo que no deja de tener su patetismo. Forman parte indeleble de nuestra memoria. Pero de nuestra memoria dividida, porque yo diría que no se pueden ver, Héctor Alterio tiene los ojos más azules de lo que parece en pantalla. Y usa la misma colonia que Andrés Neuman, argentino como él.

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martes 27 de octubre de 2009

Rakel Winchester y Luis Medina en Córdoba

Sucede de un tiempo a esta parte con cierta frecuencia: voy con Juanlu Pineda a tocar a cualquier sitio, y cuando queremos darnos cuenta, comprobamos que hay mucho más talento frente a nosotros que sobre el escenario. Ganas nos dan, créanme, de bajarnos e invitar a subir a quienes saben de esto. La otra semana fuimos a Córdoba, al muy ilustre y acogedor local La Espiga, y volvió a repetirse el cuento. Ya empezó a darme buenas vibraciones el hecho de descubrir, en esos anaqueles que en otros bares suelen sostener libros sin interés, saldos que nadie quiere, un viejo título del poeta Amador Palacios y un ejemplar del Campo lunario de Antonio Hernández, que ya es decir.
Antes de empezar el recital, asomó el cantautor cordobés Luis Medina. Para nosotros, Medina será siempre el vértice de un triángulo que completan Matías Ávalos y Luis Felipe Barrio, a los que algún día dedicaré un post aparte; tres músicos que en nuestra primera juventud escuchamos muchísimo, y que todavía hoy resisten la prueba del tiempo cuando los echo a batirse el cobre en mi equipo de música. Medina, artífice de canciones tan entrañables como aquella Sara en blanco y negro, es además un tipo llano, amable y con notable sentido del humor. Sigue tocando, aunque se prodiga poco. Tuvo la generosidad de quedarse todo el concierto, nos dio muchos ánimos y un viejo y hermoso disco, Humana.
A nuestra espalda, tras la barra, nos sorprendió reconocer a Rakel Winchester, otra artista que merece todo nuestro reconocimiento. En España "poca vergüenza" es una ofensa que aplicamos -a menudo con justicia- a algunos políticos, pero en Cádiz es sinónimo de desparpajo, casi de libertad. Rakel puede presumir de haber escrito las letras más desvergonzadas de la música española, yendo mucho más lejos (en lo lírico como en lo musical) que la mayoría de la iconoclasta movida madrileña, por ejemplo, pero además en una época en la que escandalizar es mucho más difícil. Es una suerte de Nina Hagen o de Wendy O. Williams cañí, pero con un elemento fundamental del que adolecían aquellas dos lobas del punk: tiene sentido del humor. Me contó que el negocio está de capa caída, que su último disco no tuvo la difusión que merecía, pero yo confío en que remonte el vuelo. Se ha ganado el derecho a tener suerte y tendrá su recompensa.
Con tal compañía de lujo disfrutamos de un concierto íntimo y sabroso, donde la energía fluyó entre todos como una corriente deliciosa. Lástima que hubiera una mesa concurrida y cacofónica que a ratos prestaba atención como en otros momentos desataba un pequeño infierno de risas y voces. Pero el talento, ya lo dije, se esconde donde menos lo esperamos:
-¿No te has fijado? -me dijeron luego, cuando la reunión se hubo disuelto- Estaba entre ellos el poeta Eduardo García, premio Nacional de la Crítica.

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