miércoles 1 de febrero de 2012

Otras lecturas/ relecturas del mes de enero

Antonia Santolaya. Bienvenidos a mi país.
Hans Magnus Enzensberger. El gentil monstruo de Bruselas.
Pierre Michon. El origen del mundo.
Claire Auzias. Gitanas.
Tahar Ben Jelloun. El retorno.
Saphia Azzedine. Confesiones a Alá.
Hubert Haddad. Palestina.
Hubert Haddad. Viento de primavera.
Primo Levi. Los hundidos y los salvados.
Ivica Djikic. Cirkus Columbia.
Albert Londres. El judío errante ya ha llegado.
Alberto Moravia. El hombre que mira.
Alberto Moravia. La romana.
Roberto Saviano. Ven conmigo.
Roberto Saviano. Vieni via con me.
Giuseppe Bonaviri. El enorme tiempo.
Rodrigo Rey Rosa. Severina.
Valentín Roma. Rostros.
Margartita Leoz. Segunda residencia.
Nuria Barrios. Nostalgia de Odiseo.
Fernando López de Artieta. Grosso modo.
José María Castellet. Nueve novísimos.
Rafael Lucena Soto. Letras flamencas.
José Heredia Maya. Penar ocono.
Rajko Duric. Sin casa y sin tumba.
Lois Pereiro. Poesía última de amor y enfermedad.
Isabel Bono. Ciego Montero, ¿dónde te metes?
Isabel Bono. Maomegean.
Antonio Muñoz Quintana. Canciones para un pequeño circo ruso.
Rafael de Cózar. Los huecos de la memoria.
Michel Houellebecq. Supervivencia.
Constantino Cavafis. Poesía completa.
Catulo. Poesías.

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jueves 19 de enero de 2012

Un agradecimiento a García-Posada


Empiezo a tener memoria de anciano: recuerdo el sabor de un café que me tomé hace quince años, pero no sé dónde he puesto mis gafas. No puedo precisar lo que he leído esta semana, pero tengo presentes algunos libros que compré cuando empezaba a sentir el gusanillo de la literatura. Hoy, al conocer la muerte de Miguel García-Posada, he recordado por ejemplo la primera antología que compré: los 40 años de poesía española de la editorial Burdeos, con sus tapas color sangre en rústica, firmada por el sevillano. Allí leí por primera vez a un montón de autores que luego formarían parte de mi santoral privado, desde Cirlot a Labordeta, y entendí que una de las labores del buen crítico no es la de decir la última palabra, sino remitir a otros libros, estimular al lector a hacer su biblioteca.

Que en apenas dos días hayamos perdido a Carlos Pujol y a García-Posada supone un daño difícil de calcular para las letras españolas. Con éste último nunca llegué a tener amistad, pero siempre recibí por su parte un trato afable, y una disposición a compartir lecturas e ideas que siempre he agradecido. Le recuerdo en El Escorial, celebrando con nosotros el nacimiento de la revista Caleta y animándonos a continuar; en Sanlúcar, con Ángel González y Caballero Bonald, contándome el placer que le había producido ese verano la relectura de Manhattan Transfer; y también en Sevilla, acompañando a sus viejos camaradas de la facultad, casualmente los tres con Jota: Julio Manuel de la Rosa, Jacobo Cortines, Julia Uceda.

Para entonces García-Posada había perdido mucha presencia en la República de las Letras, pero no hay que olvidar que hubo un tiempo en que el sevillano concentró mucho poder en sus manos, como crítico de El País y miembro con voz y voto en algunos de los premios más importantes del país; para los valedores de la poesía de la diferencia, por su amistad con los García Montero, Benítez Reyes y compañía, se trataba de poco menos que el diablo, título que ostentaba ex aequo con García Martín.

Me cuentan que en los últimos tiempos, cuando su salud sufrió una grave degradación, García-Posada se quedó bastante solo. Sus enemigos de antaño se olvidaron de él, pero puede que también algunos de los que consideraba sus amigos. ¿Hubo algún desencuentro en aquella homogénea cofradía, o simplemente su figura se opacó al salirse del foco? Es una pregunta cuya respuesta no estoy muy seguro de querer conocer. Me quedo con su buen trato para con los advenedizos de aquellos años 90, y con la lejana gratitud por su antología de cubierta color sangre: esa que recuerdo mejor -suerte la mía- que el periódico que leí esta mañana.

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martes 17 de enero de 2012

Carlos Pujol, dos enigmas


Enigma 1. Cada vez que comparecía el jurado del premio Planeta, nunca faltaba algún compañero novato que preguntara: "Y ése de ahí, el que está entre Juan Eslava Galán y Ángeles Caso, ¿quién es?". Carlos Pujol, que falleció ayer a los 75 años de un derrame cerebral, llevaba más de 30 años trabajando para el gigante de los libros, pero su discreción extrema mantuvo su nombre hurtado al gran público, a pesar de haber escrito casi 90 títulos, sin contar sus innumerables prólogos y sus traducciones de gente como Balzac, Stendhal, Baudelaire o Chautebriand.

Curiosamente, sus obras más personales no las publicó en Planeta, donde ejercía de enciclopedia ambulante y consigliere de José Manuel Lara, sino en sellos como Pre-Textos o Edhasa, e incluso más modestos como Menoscuarto o Cálamo. ¿Por qué optó por publicar fuera de "su casa"? ¿Creían en Planeta que no era un autor rentable? ¿Creía Pujol que traía más cuenta ser cabeza de ratón que cola de león? De hecho, ayer mismo el escritor Jesús Ortega recordaba en su blog que algunos memorables libros de Pujol, como su ‘Cuaderno de escritura’ y ‘Tarea de escribir’, seguían vendiéndose en la web de Pamiela al imposible precio de...1, 15 euros.

El barcelonés, que cada año veía desde su escaño de jurados hacerse millonarios a otros escritores, sabía bien que hay libros que valen más de lo que cuestan. Acostumbrado a vivir en los márgenes como autor, fue capaz de armonizar su avasalladora erudición con la frescura y la ligereza del mejor best-seller en novelas recientes como Los fugitivos, Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes o El teatro de la guerra, y verter una sensibilidad exquisita en poemarios como El corazón de Dios. Por eso, cuando alguien preguntaba en las ruedas de prensa quién era aquel tipo de tez pálida y gafas de pasta, sólo se podía responder una cosa: el mejor escritor de la mesa.

Enigma 2. En Los fugitivos, novela que tuve el gusto de reseñar para la revista Mercurio, hay al final un listado de personajes, a modo de guía para el lector. En él encontré esta curiosa anotación:

Fulvio, camarero. Sabemos de buena tinta que su apellido es Abbate.

Al leerlo me llevé una sorpresa, puesto que Fulvio Abbate es una persona real, un escritor siciliano afincado en Roma -donde transcurre la novela de Pujol-, que escribe libros tan curiosos como Pasolini contado a los niños, y cuelga en la red una suerte de videocolumnas muy locas que él llama Teledurruti, y en las que finge hablar con frenillo.

Me pareció del todo inverosímil que se tratara de una casualidad, por lo que me acerqué a Pujol al término del último premio Fernando Lara y, después de felicitarle por su obra, le pregunté al respecto. Tímido como era, negó conocer al siciliano con una rápida evasiva, pero tampoco me dio una explicación convincente de ese críptico detalle. Si hay un secreto en ello, ayer se lo llevó para siempre.

Tendré que preguntarle al propio Fulvio, si encuentra un rato para mí entre sus emisiones de "Teleduguti".

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lunes 16 de enero de 2012

Risa contagiosa


Quienes me conocen saben que no puedo ver cine cubano sin emocionarme hasta las lágrimas. Especialmente, cuando La Habana aparece en pantalla. Para mí es como reencontrarme con un antiguo amor cuyas ascuas siguen encendidas. Si aparece decadente, sufro por su degradación. Si aparece esplendente, sufro porque no la tengo. Tal vez por eso, habría sorprendido a muchos verme la semana pasada, a mediodía, riendo a mandíbula batiente en el pase de prensa de Juan de los Muertos, un filme cubano con producción andaluza que acaba de llegar a la cartelera española.


Me esperaba, de entrada, una frikada simpática, a lo Zombies party, y algo de eso hay en la propuesta del director Alejandro Brugués. Pero lo que me sorprendió, como me sorprende siempre, es la enorme capacidad de reírse de sí mismos que despliegan los cubanos, de usar el humor como herramienta de supervivencia. Cuanto más grave ha sido la situación para el común de los ciudadanos, cuanto mayor la descomposición de la sociedad, más agudos se han ido volviendo los chistes, más afinadas las caricaturas.


La situación que describe Juan de los Muertos es el colmo de la crisis, un escenario de masivo contagio zombie donde un grupo de buscavidas tienen que hacer lo de siempre: resolver. No cuentan con el poder, que disfraza su incompetencia bajo la coartada de la conjura imperialista. Están solos ante la adversidad, atrapados entre la voz de una conciencia solidaria y el egoísmo instintivo del sálvese quien pueda. Un trance en el que asoma lo mejor y lo peor del ser humano. O sea, el pan de cada día.

Aquella mirada pragmática que Sergio proyectaba a través del telescopio en Memorias del subdesarrollo, la genial versión de Titón Gutiérrez Alea sobre la obra maestra de Edmundo Desnoes, se ha empapado de sarcasmo cuarenta años después. Ojalá acá, en la vieja Europa, seamos también capaces de ponerle una sonrisa así a los tiempos que están por venir. Éstos sí, terroríficos.



PS.- Mi amigo René me telefoneó para contarme que salía en la película: "Tengo un papel cortito, pero sabroso, ya tú sabes". Alcancé a reconocerlo en los cuatro segundos en los que aparece siendo despedazado a machetazos, pero sólo los grandes actores son así: lucen hasta en los más fulgurantes cameos.

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domingo 1 de enero de 2012

Otras lecturas/ relecturas del mes de diciembre.

Joann Sfar. Klezmer, 1 y 2.
Joann Sfar. El gato del rabino, 3 y 4.
Jordi Bayarri. La ciudad oculta de Alejandro Magno.
Alfonso Azpiri/ Forges. Drácula.
Andrea Camilleri/ Carlo Lucarelli. Por la boca muere el pez.
Robert Graves. Lawrence y los árabes.
Boualem Sansal. El juramento de los bárbaros.
Jordi Esteva. Socotra, la isla de los genios.
Jordi Esteva. Mil y una voces.
Ossip Mandelstam. Armenia en prosa y en verso.
E. E. Cummnigs. Buffalo Bill ha muerto.
Fernando Pessoa. Noventa poemas últimos.
Gerard Manley Hopkins. El mar y la alondra.
Félix Grande. Libro de familia.
Isabel Bono. Pan comido.
Isabel Bono. Mi padre.
Stephanie Alcantar. Teoría del olvido.
Stephanie Alcantar. Bitácora de Mario.
Ángel Petisme. La noche 351.
Juan Carlos Mestre. La visita de Safo y otros poemas para despedir a Lennon.
Javier Sánchez Menéndez. Cartoons.
Antonio Orihuela. Que el fuego recuerde nuestros nombres.

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jueves 15 de diciembre de 2011

Puente en Madrid (III) Vara del Rey



Dirán ustedes, con razón, que vaya un puente largo éste, que se ha colado en 2012... No tiene importancia: la batidora del tiempo acabará mezclando estas entradas dispersas con sus fechas, y todo acabará siendo espuma de los días, memoria volátil a punto de nieve. Por eso quiero acordarme de esa fiesta en casa de María, la bella María, dios le guarde su sonrisa, con varios viejos amigos de Casa de América a los que no veía desde hacía mucho, Mariana, Rodri, Mirna, Maruchita, y que de pronto apareciera por allí como si tal cosa Alberto San Juan, actor que tengo en alta estima, y fueran cayendo las botellas de vino entre risas y resúmenes de lo publicado.


Pero no era de esto de lo que quería hablar exactamente. La casa de María se ubica en la Plaza del General Vara del Rey, en el mismo edificio en el que vivió hace años mi guitarrista y gran amigo Dani Cortés. Durante varios años en los que Dani vivió en Madrid cultivando su sueño de ser músico profesional, pasé muchas veces por aquel piso, del que siempre salía cargado de buen rollo y de discos de Pat Metheny, Michael Manring o Michael Hedges. Los domingos, la plaza se dejaba, y sigue dejándose inundar por el Rastro, y en sus inmediaciones nos quitábamos la resaca con vermut de grifo y curioseábamos entre los libros polvorientos.


Pero lo mejor venía por las noches, cuando los gitanos del barrio salían del culto y se daban cita en la plaza. Allí era posible -y sigue siéndolo, como pude comprobar- tropezarse con las muchachas más hermosas y mejor arregladas, entregadas al rito de buscar marido y con pinta de aburrirse muchísimo con la demora del príncipe azul. He dicho tropezarse, porque cualquier otro contacto humano de esas diosas núbiles con los pobres mortales que éramos resultaba imposible: todas parecían equipadas con eso que llamábamos filtro anti-payo. Para ellas éramos invisibles. Eso me animó a escribir Agua de mayo, una letra, que en seguida musicó Juanlu Pineda y arregló Dani, en la que recreaba una inventada historia de amor entre una de esas gitanitas y un músico enamorado. Para que luego digan que Zapatero inventó algo tan viejo como la Alianza de Civilizaciones.

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miércoles 7 de diciembre de 2011

Puente en Madrid (II) Inesperado Miguel Postigo



Tengo entendido que hace poco, con el pretexto del premio Príncipe de Asturias de Leonard Cohen, hubo un reconocimiento o algo parecido al Campus de Humanidades de la Universidad de Oviedo. Una cita que no me resulta ajena en absoluto, y no porque haya cursado allí, líbreme Undebé, asignatura alguna. Hace ya casi 15 años, fui invitado por primera vez a participar en una de las Semanas Culturales que, si mal no recuerdo, coordinaba en la ciudad asturiana Rubén D. Rodríguez, más o menos en el tiempo en que se fraguaba el movimiento indie que lanzaría a los Manta Ray de Nacho Vegas.


Recuerdo como si fuera ayer el larguísimo trayecto en tren desde Cádiz, uno de esos trenes que ya no se ven, con compartimentos en los que estaba prohibido tumbarse aunque fueran vacíos y señores oscuros que fumaban durante toda la noche con la ventanilla del pasillo abierta, de modo que el humo salía y entraban mil ruidos atronadores. En la estación de Oviedo me estaban esperando, muy de mañana, Rubén y Saúl Fernández, dos tipos que de entrada parecían, por su palidez y seriedad, como salidos de algún filme de vampiros serie B. Lo primero que pensé, lo confieso, es que con aquella compañía iba a aburrirme como una ostra. No podía imaginarme lo equivocado que estaba.


Rubén y Saúl, junto con un tercer mosquetero, Miguel Postigo, iban a convertirse en las tres amistades más inesperadas y divertidas que el frío y encapotado norte podía reservarme. En unos minutos dimos con un montón de afinidades literarias, golpes de humor que nos hacían reír al mismo tiempo, una complicidad, en fin, que no suele ser lo corriente en los foros culturetas. Los tres eran lectores apasionados, pero exentos de vanidades y pedanterías. Sabían leer, sabían beber, sabían divertirse, sabían reírse de sí mismos y, por tanto, tenían patente para reírse de cualquier cosa, especialmente de los santones de la academia y sus monaguillos. ¿Y aquellas revistas milagrosas, más bien fanzines, que nadie sabía cómo las hacían, y sobre todo cómo las financiaban?


Volví varias veces en pocos años a esa ciudad llena de estatuas y de silencios. Allí conocí a Rocío, la que iba a ser mi compañera durante los tres años siguientes; allí conocí también a otros jóvenes escritores amigos que con el tiempo conquistarían notables cotas de éxito, como Andrés Neuman, Yolanda Castaño o Martín López-Vega. Pero mi pandilla ovetense siempre serían Rubén, Saúl y Miguel. Aunque nunca volviéramos a reunirnos.


De vez en cuando, en los premios literarios a los que me invitan, suelo encontrarme con compañeros de La Nueva España a los que les pregunto por aquel amable trío calavera. Me cuentan que Saúl sigue como periodista del mismo medio, que Rubén es profesor y renunció hace mucho a dirigir la Asociación de Escritores Asturianos, que Miguel ha dejado el terruño y colgado los guantes de la creación (lo recuerdo como un notable sonetista) para dedicarse también a la docencia...


Pero este puente, del modo más inesperado, ha querido la suerte que me reencontrara con el mismísmo Miguel Postigo en un bar de Madrid. La carambola es demasiado larga de explicar, baste decir que en ella intervienen mi amiga Marucha, su chico, un amigo de éste al que conoció de Erasmus... El caso es que allí, a dos pasos de La Latina, vinimos a coincidir, y a falta de sidrina brindamos con cerveza por aquellos tiempos, y recordamos anécdotas e hicimos somero resumen de lo publicado, e intercambiamos los datos actualizados, tal vez para no usarlos nunca, tal vez como un ritual inútil, porque quedaba demostrado que una década después nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos.

Antes de despedirnos, le recordé que nunca habían consentido llevarme a conocer su pueblo, Avilés. Tal vez podría ser un buen pretexto para volver a quedar los cuatro, algún día. la excusa de que era un feo lugar parecía superada, ahora que han inaugurado el centro Niemeyer. "Nunca te llevaremos", sonrió Miguel. "Seguirá siendo la demostración de que te queremos bien".

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