viernes, 23 de mayo de 2008

Montaigne no la doblaba

Tropiezo por casualidad con este Sartre: "El silencio se define en relación a las palabras; al igual que las pausas en la música, cobra sentido por el caudal de notas de su alrededor. El silencio, por tanto, es un momento del lenguaje; callar no es enmudecer, es no querer hablar, es decir, seguir hablando". Me pregunto dónde termina el acto de callar y empieza la mudez, quién es el guapo que mide y marca la línea, y si todo depende de la voluntad. Quiero decir, por ejemplo, qué sucede si John Cage decide grabar un disco completo de silencios (tengo que preguntarle a Ismael G. Cabral si algún compositor contemporáneo se ha adelantado ya con un proyecto similar), o si cabe imaginar una novela que trajera la mitad de sus páginas en blanco: desvaríos de mudo forzoso.
Sin salir de Francia, me bebí a grandes sorbos la biografía -o el esbozo biográfico- de Montaigne que hizo el gran Stefan Zweig, que Acedo me regaló en una bonita edición. Hace poco me contaron que un amigo mío se está ganando la vida vendiendo a domicilio ciertos libros (a medio camino entre la autoayuda y la secta) que tienen la facultad de dar respuesta a tus inquietudes con sólo abrir una página al azar. Algo así como el I Ching, pero en un plan, me temo, algo más cutre. Para mí el volumen que sirve de extintor de emergencia en cualquier momento, lo abras por donde lo abras, son los Ensayos, esa obra reinventada una y otra vez, el libro único que sólo tendría su punto final con el último suspiro de su autor.
Lo que me ha sorprendido es ese retrato de inútil funcional que el propio Montaigne hace de sí mismo: "En la danza, en la pelota, en la lucha, no he podido adquirir sino una destreza muy ligera y común; para nadar, esgrimir, hacer acrobacias y saltar, de todo punto nula. Las manos las tengo tan torpes que ni siquiera soy capaz de escribir para mí mismo (...). No sé cerrar correctamente una carta, ni he sabido nunca cortar una pluma, ni trinchar como se debe en la mesa , ni equiparar un caballo con el arnés, ni llevar un ave en el puño, ni soltarla, ni hablar a los perros, ni a las aves, ni a los caballos".
Igual no es posible ser un genio del pensamiento y a la vez un tipo apañado. ¿Sabrá Umberto Eco cambiar un enchufe? ¿Habrá cocinado alguna vez algo con sus propias manos Enzensberger? ¿Se podrá escribir mucho y con interés aunque te ocupe demasiado alguna materia trivial, como por ejemplo el sexo?

3 comentarios:

jabo h pizarroso dijo...

Intuyo que ese sartre al albur, surge de no soy de aquí, de sarrionandia citado en uno de sus apartes bitácoreros. Me conozco el libro al dedillo y cuando lo he leído lo he visto rápido, incorporo, con tu permiso, una nueva cita de sarrionandia de ese capítulo "En torno al silencio", "Y sumergidos en este mundo de palabras y gritería, se supone que quién está en silencio no es capaz de hablar, o no se atreve a hacerlo, o no tiene nada que decir. El silencio solo se entiende como carencia o debilidad. Pero el silencio, además de ser atributo de la carencia o de la debilodad, también puede ser la vía para negar ese ámbito de espectáculo y resonancia y para vivir de otra forma, esto es, en silencio creativo"(...) "el silencio creativo se parece a ese silencio de los cromlech que mostró Oteiza". Querido Ale, algún día iremos a navarra para ver ese silencio de los cromlech, demiúrgico y atávico, puro. Un abrazo

alejo dijo...

Intuición cien por ciento correcta, querido Jabo, pero pensé en omitir la fuente porque Sarrionandia y su blog taleguero se merecen un post aparte. Tenemos que comentar el libro -a ser posible con voz bidireccional- y por supuesto tenemos que ir a los Cromlech esos de tu norte. Un abrazo grande y agradecido!

Ana dijo...

Sexo quizás sí, espero que sí. Pero, ¿por qué los que escriben no suelen tener carnet de conducir? ¿seran las señales de tráfico demasiado triviales?
A los de alrededor no nos importa, pero eso sí, los escritores habrán de escribir como Montaigne.

Una que conduce y vive con un escritor.