lunes, 30 de agosto de 2010

La lámpara de Miguel Ortega

Entre las muchas sorpresas que me tenía reservadas, la ciudad de Tokio me brindó hace ya un par de años la suerte de conocer y oír al cantaor Miguel Ortega: un artista más o menos de mi edad, pero con tres décadas de trayectoria a sus espaldas, que junto a mi ya veterano amigo Antonio El Pulga y a Carmen Grilo oficiaba como voz de atrás en un espectáculo que iba a estrenarse en la capital japonesa. Acudí a un par de ensayos del grupo, donde no me pasó desapercibido el hermoso rajo de su garganta, y ya entre sakes y viandas capturadas con palillos comprobé que se trataba de un ser humano de buena madera, así como de un aficionado cabal, curioso y estudioso de los cantes antiguos. En este tiempo ha perdido la frondosa melena de rizos que lucía entonces, pero no sus notables facultades. Hace unos meses presentó su primer disco, Una mirada atrás, que se merece sin ninguna duda una audición reposada y atenta. Y hace apenas un par de semanas, se consagró con la prestigiosa Lámpara Minera del Festival de La Unión. Ojalá que su luz ilumine los pasos de este flameco de Los Palacios por el camino de la felicidad y del buen hacer.

domingo, 29 de agosto de 2010

Una mañana con Fogwill


No sé qué lugar le tendrá reservado la Historia de la Literatura a Rodolfo Enrique Fogwill. Si tuviera que hacer mi apuesta, creo que se le recordará por sus mejores cuentos, y que el viento se llevará sus febriles novelas, con la probable excepción de Los pichiciegos. De lo que sí estoy seguro es de que el escritor argentino, prematuramente fallecido la pasada semana a cuenta de un enfisema, siguirá vivo en mi memoria durante mucho tiempo como uno de los tipos más locos y divertidos que he conocido en este oficio.

Fue sólo una mañana, pero, ¡qué mañana! Primavera del 2005. Fogwill estaba en El Puerto de Santa María, invitado por la Fundación Luis Goytisolo. Quería conocer Cádiz y nosotros conocerlo a él, de modo que Mané García Gil y yo lo citamos a primera hora en el centro. No iba a pasar desapercibido en la ciudad aquel señor con cara de abuelete precoz en contraste con una mirada tremendamente viva y profunda, que disparaba genialidades como una ametralladora y se perdía por cualquier esquina a las primeras de cambio. Con el pretexto de comprar un mantón de manila para su mujer, volvió loca a la dependienta de una tienda especializada, a la que dejó llorando de risa y con el género intacto. Se empeñó en entrar en la tienda de juguetes Imaginarium y, al cabo de un rato, asomó por la puerta pequeña, reservada a los niños, caminando a cuatro patas y profiriendo agudos ladridos. Más tarde, cuando se nos sumaron Ignacio Echevarría y Belén Gopegui, convenció a un camarero de la Plaza de San Francisco para que le permitiera abrir una lata de hígado de bacalao que traía consigo, y allí mismo procedió a convidarnos a un filetito para cada uno de nosotros, todo ello con gran ceremonia. Cuando llegó mi fotógrafo, le pedí que retratara a Fogwill y a Echevarría para un formato de entrevista. Al cabo de un rato me dijo que había sido misión imposible: el argentino se había pasado la sesión cantando o intentando besar al crítico español.

A su regreso a Argentina tuvo la gentileza de enviarnos un poema, Llamado por los malos poetas, para nuestra revista Caleta. No es fácil saber de dónde sale un escritor como Fogwill, profesor desplazado por la dictadura, luego creativo de publicidad, con fama de haber escrito alguna obra en tiempo récord bajo los efectos de la cocaína, capaz de reírse de los mismos mitos que veneraba, experto en no tomarse nada en serio, menos el humor. Creo que escribía como vivía, y viceversa, con pasión, intensidad, conciencia del absurdo y mucha guasa. Bastaba una mañana a su lado para saberlo.

martes, 3 de agosto de 2010

Otras lecturas/relecturas del mes de julio

Kim/ Altarriba. El arte de volar.
Fernando Vallejo. Años de indulgencia.
Charles Wright. Una breve historia de la sombra.
Joan Margarit. El orden del tiempo.
Joan Margarit. Edad roja.
Joan Margarit. Luz de lluvia.
Joan Margarit. Los motivos del lobo.
Joan Margarit. Aguafuertes.
Joan Margarit. Cálculo de estructuras.

viernes, 2 de julio de 2010

Otras lecturas/ relecturas del mes de junio

Joe Sacco. Notas al pie de Gaza.
Dubravka Ugresic. El museo de la rendición incondicional.
Marcos-Ricardo Barnatán. Naipes marcados.
Javier Mije. El fabuloso mundo de nada.
Haruki Murakami. De qué hablo cuando hablo de correr.
Marcel Schwob. Vidas imaginarias.
Theóphile Gautier. La pipa de opio.
Jules Amedée Barbey d’Aurevilly. La dicha en el crimen.
Carlos Ann. Líneas perdidas.
Nuria Mezquita. Ellas se masturban.
Felipe Benítez Reyes. Vidas improbables.
Abelardo Linares. Y ningún otro cielo.
Ana Rodríguez Callealta. Vértigo.
Ángel Mendoza. Pájaro negro.

sábado, 5 de junio de 2010

Insobornable Manolo

Últimamente llego tarde a todo, pero ahí va un post pendiente:

Esta semana pasada recibí la feliz noticia de que le han concedido a Manolo Bohórquez el Premio Nacional de Flamencología en la doble modalidad de Crítica e Investigación. Pocos galardones más merecidos, y explicaré por qué. Siendo el género de la crítica ingrato como pocos, en el campo del flamenco es además temerario, porque las mismas pasiones que desata un buen cante pueden convertirse en furia incontrolada ante un juicio negativo. De modo que el profesional del ramo deberá debatirse entre la reseña complaciente y timorata, o sea la traición al lector, y decir las verdades, no siempre amables, y exponerse a cualquier agresión; o, en el mejor de los casos, la pérdida de amistades.
Suerte tiene Manolo de ser hombre alto y fornido, pero lo más curioso es que nunca ha necesitado de su natural corpulencia, pues las más airadas reacciones contra sus críticas (algunas, puedo asegurarlo, demoledoras) no han pasado de tibios reproches. Y es que hay algo más imponente que el físico, y es la legitimidad, esa lentísima conquista que dirime al crítico de verdad del charlatán de feria. A Manolo le asisten por igual el conocimiento (pocas enciclopedias ambulantes del arte jondo como él), el esfuerzo (es capaz de pasarse los veranos yendo de pueblo en pueblo para cubrir los más inverosímiles festivales), la constancia (muchos años en el tajo) y la honradez, pues no se conoce que haya usado su poder para medrar ni hacerse una buena cama, sino para seguir haciendo camino al andar.

Por si fuera poco, Manolo es un estudioso hecho a sí mismo. Un buen día bajó del andamio y se dispuso a bucear entre polvos de hemeroteca y discos de pizarra para demostrar que no hay mejor técnica de estudio que la pasión y la curiosidad, ni saber que no se haga asequible por esos dos caminos. Y aún hay algo más: la enorme generosidad de Bohórquez, su permanente disposición a compartir conocimientos e incluso a conceder que los profanos tengamos algo que aportar a la conversación.

Se dice que el mayor piropo que se puede tributar a un crítico es que no se casa con nadie. Lamento no poder aplicárselo a Manolo, porque yo mismo asistí a su boda, en segundas nupcias, en Arahal. Fue una hermosa noche, llena de arte como cabía esperar, y aunque todos sabíamos que Bohórquez se cantiñeaba con solvencia, nunca imaginamos que pudiera hacerlo tan bien. Mejor, desde luego, que mucho cantante que anda por ahí roneando de flamenco. Me quedé con una letra, creo que un fandango de El Carbonerillo -ustedes me corrigen si yerro- que suelo silbar de vez en cuando:

Como el mármol me quedé
me enteré que te casabas
y a Dios le pido llorando
que tú te cases y vayas bien...
Enhorabuena por el premio: a la Cátedra de Flamencología de Jerez, claro, que sale prestigiada por tener a Manolo en su palmarés.

martes, 1 de junio de 2010

Otras lecturas/ relecturas del mes de mayo

Emily Nudd-Mitchell. Los viajes de Emily Nudd-Mitchell.
Abderramán Munif. Memoria de una ciudad. Una infancia en Amman.
Luis Manuel Ruiz. Sesión continua.
Anatole France. El procurador de Judea.
Antonio Tabucchi. La oca al paso.
Juan Pablo Villalobos. Fiesta en la madriguera.
José Antonio Garriga Vela. El anorak de Picasso.
VV. AA. Sentimiento del toreo.
VV. AA. Los lugares de los escritores. Guía literaria de Sicilia.
Pere Gimferrer. Mascarada.
Pere Gimferrer. 24 poemas.
Edoardo Sanguineti. Wirrwarr.
Francisca Aguirre. Historia de una anatomía.

viernes, 28 de mayo de 2010

Todo regresa (y V) El Café de Levante

Como se dice del asesino en relación con el lugar del crimen, yo siempre regreso en Cádiz al Café de Levante. Lo hice este miércoles pasado, una vez más, para rendir un somero tributo a Miguel Hernández con la inestimable compañía de la cantaora May Fernández y el guitarrista, siempre sembrado, Joaqui Linera, al que los años no han logrado refutar el apodo de Niño de la Leo, tan bien se conserva.

Ya lo he puesto por escrito en otros sitios, pero no me cuesta repetirme: el Café de Levante fue el refugio más o menos bohemio de mi juventud llena de ansias literarias y sedienta de alcoholes. Iván y yo éramos los cascarones de huevo, los jovenzuelos imberbes que aunque rara vez aflojaban guita a la hora de pagar a escote -engrosábamos todavía la clase improductiva- siempre eran bienvenidos en la mesa de los mayores.
Al Levante había que acudir sin falta cada noche, porque cuando no echaba uno un rato divertido con los habituales Juanjo Téllez, Juan Moriche, Pedro Geraldía, Luisa Pascual o Vázquez de Sola, tocaba presentación de libros de Fernando Quiñones o Felipe Benítez Reyes, o asomaba Pepe Caballero Bonald con Moneo y Paco Cepero e improvisaban una sesión de flamenco, o se dejaban caer Fernando Ortiz y Pablo García Baena, o se rendía un esperpéntico homenaje al marino poeta Paco Vaca, o Merceditas Escolano recitaba sus últimos poemas, o se marcaban Javier Ruibal o Luis Balaguer un conciertazo por la cara, apenas sin anunciar. Eso por no hablar de apariciones todavía más fantasmagóricas, como la de una Victoria Abril de dudoso incógnito, con peluca rosa, que se daría por inventada si no constaran testimonios gráficos de su paso por el Café.

A aquel Levante de amores canallas y madrugadas hospitalarias le dediqué dos poemas, uno de exaltación y otro de desengaño, porque no hay nada que dure siempre, y es fácil caer en la tentación de creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero, ya lo vengo diciendo estos días, todo regresa: ahí estaban la otra noche, como si la arena del tiempo se hubiera petrificado en su clepsidra, el viejito medio ciego que venía vendiendo libros de segunda mano primorosamente envueltos en una bayeta, las parroquianas que casi formaban parte de la barra, el veterano fotógrafo Antonio Jesús Gutiérrez y su mujer, y sobre todo, Tere Torres, la dueña del local, el hada madrina que nos amparó durante años bajo su techo y su sonrisa protectora.

Piensa la gente que el asesino vuelve al lugar del crimen para borrar huellas que lo delaten, pero no es cierto. Todo lo contrario. Vuelve para recordar el momento y el escenario que lo convirtió en lo que es. Para comprenderse y reconocerse, o sea, reencontrarse con uno mismo.