domingo, 15 de noviembre de 2009

Eso que llaman éxito (y V) Celda 211

Esta edición del Festival de Cine Europeo me deparó otros encuentros dignos de mención: me topé con los ojos pequeños de John Hurt, al que yo siempre recordaré almorzando en la nave Nostromo poco antes de que Alien se abriera paso entre sus vísceras; también con los ojos enormes de sir Ben Kingsley, que sigue teniendo las hechuras de Gandhi aliñadas con unos modales exquisitos; conversé con Jostein Gaarder 18 años y 26 millones de ejemplares después de El mundo de Sofía, y con el actor Antonio de la Torre -a la sazón vecino de mi barrio- con 30 kilos menos que en el filme Gordos...
Pero la película de la que todo el mundo me habla estos días es Celda 211. Yo confieso que tuve la novela dando vueltas por casa durante años, sin que me animara a meterle mano. Creo incluso que llegó a estar en un montón de libros que tengo a la entrada para donarlos a alguna librería de saldo, hasta que supe de su versión cinematográfica y me dije: veamos de qué va esto.
Debo advertir que el autor de Celda 211, Francisco Pérez Gandul, es periodista deportivo, profesión que exige capacidad para sostener el tono épico e ilimitada capacidad de fabulación, sobre todo en época estival, cuando acaba la liga y se abren las especulaciones sobre traspasos y fichajes. Este sevillano trabajó además en El Correo de Andalucía, y aunque no nos hemos encontrado nunca personalmente fue de lo más amable respondiendo al cuestionario que le envié.
Ahora que la película arrasa en taquilla, puedo decir que la novela Celda 211 dista de ser una obra redonda. Posee un planteamiento directo y atractivo, pero adolece de giros inverosímiles, personajes mal dibujados, diálogos poco naturales. Es una ópera prima mejorable, como casi todas. Lo que me da una enorme curiosidad es descubrir cómo el director Daniel Mozón, apoyado en un actorazo como Luis Tosar, ha logrado limar los defectos del texto para hacer ese peliculón que hoy es el asombro de todos.
Hace unas semanas, el cubano Leonardo Padura me hablaba de mi querido Edmundo Desnoes en estos términos: "Desnoes es autor de una sola novela, Memorias del subdesarrollo, pero mientras que el cine tiene la costumbre de destrozar todos los libros que toca, él tuvo la suerte de que le hicieran una obra maestra". Creo que Kubrick también supo mejorar toda la literatura que tocó, ya fuera Nabokov, Schnitzler, Arthur C. Clarke o Stephen King. Y eso porque el buen cine no se limita a trasladas fielmente a la pantalla el mundo de una novela: va siempre más allá, lo desarrolla, lo amplifica, lo ensancha, lo enriquece.
Francisco Pérez Gandul no debe sentirse peor por ello, ni mucho menos. Es el padre de una criatura capaz de seguir creciendo en otras manos, y eso es mucho. Tampoco el segador de trigo es el artífice del pan, pero no cabe duda de que sin su contribución la mesa quedaría mucho más triste y deslucida.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Eso que llaman éxito (IV) El Canto del Loco

Creo que no lo he puesto nunca por escrito, pero tengo un hermano que no es exactamente mi hermano. Quiero decir que, aunque carece -como suele decirse de forma rimbombante- de mi sangre, es mi hermano por el hecho de ser el hermano de mi hermana. Mi hermana sí es mi hermana a todos los efectos, aunque sólo lo sea por parte de padre. Con estos mimbres en otros lugares del mundo se hace una tragedia, pero a mí me parece natural como la vida misma, por más que la España ultracatólica, que no ha visto las pelis de los Panero, tenga aún la estructura tradicional de la familia muy sobrevalorada.
Jose, decía, es mi hermano, o lo más parecido a un hermano que hay, se pongan como se pongan, aunque no hayamos hecho mucha vida juntos. Y es guitarrista. Cuando yo vivía en Cádiz solía pasar por mi casita de vez en cuando. Estaba deslumbrado, como yo entonces, por el rock progresivo, y empleaba serios esfuerzos en tocar con todo el virtuosismo que le era posible. Pero no sólo se trataba de dibujar florilegios sobre el mástil. En una de esas ocasiones, estaba yo ensayando con Dani, mi guitarrista, para un concierto con Juanlu Pineda, y Jose se vino a tocar un poco.
-¿Es bueno? -le pregunté a Dani luego, pues valoro mucho su opinión.
-Es muy bueno -me confirmó.
Un par de años más tarde, y puesto que en Cádiz es difícil ganarse la vida con la música si no te ficha El Barrio, Jose decidió marcharse a Madrid, la tierra de promisión. La capital de España es también un vasto cementerio de ilusiones marchitas, y los huesos de muchos buenos guitarristas alimentan su suelo. Jose empezó a tocar por aquí y por allá, luchó por abrirse paso. La buena y la mala suerte se barajaron como dos mazos de naipes. Iba a acompañar a Antonio Vega en una serie de conciertos y al poco el cantante se le murió; sustituyó al guitarrista de El Sueño de Morfeo pero al poco éste se reintegró y no hubo vacante. Entre penas y alegrías iban menguando los recursos, y Jose empezó a hacerse las preguntas que todos se hacen: si no habrá que buscarse alguna otra fuente de ingresos, si habrá futuro en eso de golpear seis cuerdas...
Pero tuvo la fe y los apoyos necesarios para seguir adelante. Hace un par de semanas vino a Sevilla con El Canto del Loco, y aunque me perdí su concierto sí me acerqué al hotel donde estaba concentrado con el grupo, a saludarle y a comprobar también cómo había crecido el chaval que venía a casa loco por tocar un rato. En efecto, cuando ya estaba por tirar la toalla fue reclutado por esta banda, que es algo así como fichar por el Real Madrid viniendo de los juveniles del Cádiz. Con ellos ha hecho ya varias grabaciones de estudio y le espera una larga gira americana.
Viéndole ahí, aunque sobre el escenario permanezca en un discreto segundo plano, no puedo evitar recordar lo que me dijo cierto escritor: que cada éxito tiene debajo el fracaso de mucha gente. Pienso en todos los buenos músicos que hicieron las maletas a la capital y volvieron a casa con las manos vacías, acaso sólo con el patrimonio de su propia experiencia. Luego miro a la ventana de mi vecina adolescente, empapelada con fotos de Dani Martín y los otros miembros de El Canto del Loco, y cedo a ese orgullito confortante: "Sí señor -me digo-, ahí está mi hermano". Pero la gran conquista de Jose viene de muy atrás; no del día en que lo contrataron, sino de cada una de las veces que no se rindió. Si mlitara en otro grupo menos famoso, menos aclamado y menos superventas, no les quepa duda, el orgullo sería el mismo.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Eso que llaman éxito (III) Paz Vega

Varias compañeras de mi periódico recuerdan a Paz Vega cuando estudiaba con ellas en Ciencias de la Información. Cuentan que ya por aquel entonces la trianera no pasaba desapercibida entre los varones, lo cual no significa nada, porque dicha Facultad es un inveterado vivero de estudiantes bellas. Es curioso ese designio que envía a unos a Hollywood y a otros, por ejemplo, a El Correo de Andalucía. Paz Vega se codea con los astros de la Meca del Cine, se morrea con el deseado Colin Farrell en la recién estrenada Triage, gana una millonada por poner sus grandes ojos negros y su mentón partido ante la cámara; sus antiguas compañeras, en cambio, echan horas extra en jornadas estresantes por mil y pico euros. Claro que cuando Paz Vega estrena una película todo el mundo se apresura a denunciar que es un actriz francamente mala, mientras que mis amigas son felicitadas con frecuencia por su buen hacer; además, si en un periódico se comete algún error -que alguno siempre hay- se solventará con una simple fe de errores y servirá para envolver el pescado de mañana. Paz Vega podría ganarse hoy la vida haciendo entrevistas, pero la suerte ha querido que sea ella quien las ofrezca. En este último trabajo, casualmente, la actriz hace de novia de un reportero. Para que luego digan que este gremio nuestro no es endogámico.

Eso que llaman éxito (II) Colin Farrell

Tantos años entrevistando a famosos, famosetes y famosillos no me han ayudado a comprender del todo cómo opera en la mente humana eso que llaman éxito. Fernández Mallo -que, como Ildefonso Falcones, se vacuna contra la pérdida de la realidad manteniendo sus ritos y levantándose cada mañana a las siete para ir a su trabajo de siempre- me contaba que ve el fulgurante ascenso de su carrera literaria desde fuera, como una película donde actuamos todos, pero en la que él no necesariamente participa.
Iba pensando en eso camino de la rueda de prensa que tendríamos con Colin Farrell, al sol ligero en una de las terrazas del hotel M, junto a la Giralda. El día antes nos habían obligado a ver -como condición sine qua non para acceder a las entrevistas- una película bastante pobre como es Triage. Y allí estaba su prota, gafas Ray Ban, camisa bajo rebeca gris estrechita que a mí me quedaría fatal, aretes en ambas orejas, cigarrillos American Spirit en los labios.
Será porque acaba de morirse un grandísimo actor, José Luis López Vázquez, que de pronto sólo puedo ver a Colin Farrell metido, como aquél, en una cabina de teléfonos en Última llamada. Si hago un esfuerzo puedo reconocerlo también bajo una capa de tinte rubio en Alejandro Magno, y rapado con una diana tatuada en la frente en Daredevil. Y fumando muy seguido, como ahora, en El sueño de Cassandra, de Woody Allen. No doy para mucho más.
La rueda tampoco rinde demasiado. El sol nos quema las coronillas. Colin Farrell accede a hablar de la polémica acerca de un vídeo suyo de contenido sexual cuya circulación por internet ha intentado impedir judicialmente, sin éxito hasta ahora. La pantalla grande le ha dado la fama, la diminuta de los archivos avi le está amargando la vida.
Se indigna pero acaba resignándose. Internet, dice, es demasiado grande, no hay nada que hacer, está fuera de su control. Se vacuna haciendo su vida de siempre. Trata de ver todo lo que pasa como si fuera irreal, como una película donde actuamos todos, pero en la que él no necesariamente participa.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Eso que llaman éxito (I) Fernández Mallo

Qué extraño: cuando leí Nocilla dream, la primera entrega de una trilogía que ha convertido a su autor, Agustín Fernández Mallo, en un referente de la nueva literatura española, me pareció una obra interesante, fresca y diferente. Más tarde, cuando los mecanismos del mercado empezaron a pregonar que esa novela era la repanocha, empecé a verle fisuras y a cogerle manía. Era como si cada piropo fuera poniendo de manifiesto no sus virtudes, sino sus carencias, que obviamente las tenía. Nuestra percepción de las cosas está muy condicionada por las expectativas, y no es lo mismo sorprenderse o decepcionarse con un literato desconocido que con Borges o Faulkner.
Algo parecido me pasó, pero a la inversa, con el autor. La primera vez que lo vi, en el encuentro de jóvenes escritores de la Fundación Lara, me pareció un tipo demasiado bien pagado de sí mismo, convencido de haber inventado la pólvora. Esta percepción negativa se acentuó leyendo su ensayo Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma, al que hay que reconocer valentía y arrojo, pero que revela a mi juicio un profundo desconocimiento de lo que ha sido la poesía española en las últimas décadas. Sin embargo, al verle llegar ayer al hotel, arrastrando cansado su maleta, y comer cacahuetes y beber cocacola en la entrevista posterior, me dije que yo era injusto, que Fernández Mallo es un chaval normal, gallego amable e inteligente, al que el sistema ha puesto ahí, en el ojo del huracán, para que represente algo que no existe y haga de objeto de culto o de muñeco de pim pam pum para la crítica y el público.
Es imposible leer su última novela, Nocilla Lab, sin tales prejuicios. Sigue siendo un tipo interesante, con buena mano para la prosa, sin duda, tal vez un poco deslumbrado por los efectos, empecinado en la hibridación de lenguajes, como si en el afán innovador se jugara todo. "¿Te has dado cuenta -me dijo hace poco Javier Reverte- de lo mal que ha envejecido la prosa más rupturista de Cela, y cómo en cambio Quevedo y Cervantes cada día parecen más jóvenes?" Sí, me doy cuenta. Y creo que Fernández Mallo dará su gran salto cuando sus obras no sean experimentos. "Cuando se habla de experimento -dijo otro- es porque se trata de experimento fallido".
Hay algo más, y es su fe absoluta en que la ciencia redima a la literatura de su anquilosamiento, de su parálisis. Cree que la poesía sufre de esclerosis múltiple y que la senda es el Haiku de la masa en reposo. Tal vez sin pretenderlo, desdeña o se olvida de la emoción. O tal vez yo sea un lector obsoleto por seguir con Ory:
La física nuclear no me sirve para saber por qué lloro por amor.
O con Mauricio Wiesenthal, que dejó escrito la superioridad de la emoción sobre la ciencia, por la sencilla razón de que aquélla es irrefutable.
PS.- Lo que más me ha gustado de Nocilla Lab: una idea hermosa, que las parejas llamadas a perdurar son aquellas en las que ambos tienen un sentido del humor similar. Y jugar a reconocer, en los escenarios que describe, lugares que yo también visité: las curvas que conducen a una fábrica abandonada pertenecen, apostaría, a la zona de Piscinas. Tengo fotos de la fábrica. Y una isla que menciona no puede ser otra que Sant' Antioco. El hotel con forma de pirámide en Las Vegas es el mismo en el que yo me alojé.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Otras lecturas/ relecturas del mes de octubre

Charles Burns. Agujero negro.
Henning Mankell. El hombre inquieto.
Vögué/ Strájov. Dos viajes al monte Athos.
Julien Gracq. La literatura como bluff.
Vincenzo Consolo. Lunaria.
Vincenzo Consolo. Retablo.
Giorgio Bassani. Los anteojos de oro.
Guido Morselli. Dissipatio H. G.
Jean Philippe Toussant. La cámara fotográfica.
Álvaro Colomer. Los bosques de Uppsala.
Alan Bennet. La mujer de la furgoneta.
Rafael Pérez Estrada. El domador.
Mercedes Escolano. Las bacantes.
Yolanda Castaño. Profundidad de campo.
Jesús Cotta. A merced de los pájaros.
Mark Strand. Tormenta de uno.
John Ashbery. Un país mundano.
Ángel Petisme. Cinta transportadora.
Ángel Petisme. Insomnio de Ramalah.
Ángel Petisme. Demolición del arco iris.
Juan Carlos Mestre. La casa roja.
Juan Domingo Argüelles. La travesía.
J. M. Fonollosa: Ciudad del hombre: Nueva York.
Juan Manuel Roca. Biblia de pobres.

jueves, 29 de octubre de 2009

Rafael Alberti, me colé en tu fiesta

La primera vez que vi a Rafael Alberti, si no me equivoco, él soplaba las velas de una tarta -¿90, 92?- y yo ya me acercaba a los 20. Me había desplazado en autobús hasta El Puerto de Santa María sólo para oír la conferencia, abierta al público, que con motivo de ese cumpleaños daría allí Antonio Colinas. Esperaba que éste me firmara mi ejemplar de Sepulcro en Tarquinia y volverme, pero no sé cómo me colé en la cena, ocupé un asiento libre, no dejé un guisante en el plato y brindé como todos por la salud de hierro del poeta.
Luego, con la Fundación Alberti ya en marcha, lo veíamos siempre en las ceremonias de clausura, con la salud cada año un poco más mermada, pero ahí seguía. Hubo una época en que por necesidades económicas (y cierta curiosidad profesional) trabajé para una desastrosa agencia del corazón. Bueno, en realidad el desastre era yo, incapaz de preguntar a nadie por su vida privada, y absolutamente ignorante de la variopinta fauna que habita el papel couché. El caso es que propuse una entrevista con María Asunción Mateo, que me interesaba bastante más que las modelos y los novios de ésta o aquella, y coló.
Con el fotero Rafa Marchante fuimos a Ora Marítima, la villa de los Alberti a las afueras de El Puerto. Conversamos largo y tendido en el porche, y ya casi nos marchábamos cuando María Asunción nos preguntó: "¿No queréis saludar a Rafael?" Claro que queríamos. Lo encontramos sentado en su sofá, gordo como un buda, con su proverbial melena blanca cayéndole sobre los hombros y una mueca que quería ser sonrisa. Apenas podía hablar ya, y yo traté de mostrarle que no hacía falta, que sólo queríamos decirle que le queríamos y desearle que estuviera bien. Sus perros venían a rozarse con sus rodillas y jugamos unos minutos a rascarles las orejas y acariciarles el lomo, sólo eso. Luego nos marchamos por donde habíamos venido. No volveríamos a verle.
Han pasado diez años de su muerte, y dice María Asunción en la prensa que Rafael está más vivo hoy que nunca. Lamento no estar de acuerdo. Los poetas, dice Juan Carlos Mestre, no son caballos de carrera, pero sí tienen algo de valores bursátiles que suben y bajan sujetos a invisibles ciclos. Las acciones de Rafael no están hoy en alza, se han cometido errores, el nombre del poeta derivó en algo tan feo como una marca registrada, la Fundación se ha encerrado en sí misma, se ha vuelto tan proteccionista que ha terminado ensimismándose, y la primera perjudicada es la obra de Alberti. No estoy en absoluto de acuerdo en satanizar a la viuda, pero creo que se equivocó rompiendo con unos brokers tan devotos como García Montero, Luisito Muñoz o Benjamín Prado. Tampoco entiendo el desencuentro total con Aitana, la hija de Rafael, en cuya casa habanera brindamos una noche por la memoria y por los versos de nuestro ilustre paisano.
Quién disparó primero, es una pregunta que ya carece de sentido. Pero por el amor a Alberti y a sus libros imborrables, para que realmente vuelvan a estar vivos y en incesante circulación, unos y otros deberían firmar sin más demora algo parecido a un armisticio. ¿Cabría imaginar mejor homenaje en el décimo aniversario de su desaparición?