domingo, 21 de junio de 2009

Ana Rossetti, poeta-poeta

Jueves pasado, Coria del Río, mi primera visita al Museo de la Autonomía, que dirige con toda dignidad y notables resultados mi querida Coral Márquez. Participo en un breve coloquio con Elena Medel y Ana Rossetti. A Elena la veo a cada rato -de hecho, vengo de editar una columna suya en mi periódico-, pero con Ana hacía mucho que no me encontraba. Y puesto que el tema a debatir es la memoria, me dispongo a recordar algunas cosas sobre ella.
Nacida en San Fernando, la primera gesta de la Rossetti fue marcharse a Madrid -no al de ahora, sino al bronco y áspero de los primeros ochenta-, establecerse allí y vivir para contarlo. Se empadronó en Malasaña, que tampoco era el barrio que es ahora, fue vecina de Juan Madrid y por su ventana se colaban los neones del teatro Maravillas. Irrumpió en el panorama poético como un ciclón, primero porque, sin ser la más guapa del mundo, las Diosas Blancas de la España de entonces eran Carmen Conde, Gloria Fuertes, Pilar Paz Pasamar o María Victoria Atencia, y en la comparación Ana prendía chiribitas en los ojos del casposo establishment cultureta de la época. Pero es que, además, aquella gaditana isleña era capaz de dedicar poemas, por ejemplo, a los gayumbos de Calvin Klein, entreverado de mitos griegos y citas culturalistas, y las fantasías del lector reprimido se disparaban.
Más que Luis Antonio de Villena, yo diría que la gran poeta de la movida fue Ana Rossetti, por transgresora y adelantada a su tiempo, por chic y por libérrima. No tuvo prisa y sacó a la luz su primer libro con 30 años, y desde entonces se ha dosificado sin permitirse demasiadas vacaciones, publicando cada tres o cuatro años.
Mujer vehemente, puedes ser temible para la prensa, pues la he visto entablar discusiones encendidas en el aire con locutores de radio o con moderadores de mesas redondas: no se corta y no hay quien la pare. Pero con la misma fuerza aflora su lado tierno, irresistiblemente cariñoso. Una vez recibí el grato y bien pagado encargo de acompañar durante un verano a cuatro poetas -Antonio Hernández, mi llorado Rafael Soto Vergés, Fito Cózar y Ana Rossetti- en una turné por la Sierra de Cádiz, y tengo en la memoria muchas tardes hermosas, atravesando los pinsapares de Grazalema, alcanzando Setenil o subiendo a Zahara, enfrentándonos a públicos adversos ("Esto es como Canciones para después de la guerra", me susurró más de una vez el Noni) y descubriendo tesoros gastronómicos. Ahí empecé a querer a Ana, y hasta hoy.
A su hija Ruth, mito televisivo de nuestra infancia y hoy actriz consagrada, le publicamos sus primeros poemas en la revista Caleta, y puedo asegurar que es digna heredera de muchas virtudes de su madre. Lo que sucede es que Ana -y me lo conforma la lectura de su último poemario, el intenso y metaliterario Llenar tu nombre-, nos es como la mayoría, o sea, periodista y poeta, profesor y poeta, dramaturgo y poeta... Aunque ha hecho muchas cosas y todas con gran exigencia, para ella debería inventar Hacienda un epígrafe que me consta no existe: el de poeta-poeta.

2 comentarios:

Cangrejo Pistolero dijo...

Qué bonita crónica! Y qué pena no haber podido ir. Pero ya me voy recuperando, y en breve estaré en todos estos maravillosos saraos poéticos. Un saludo desde un piso pequeño.
v

Alejandro Luque dijo...

Ponte bueno, Antonio, que todos los refuerzos son pocos. Un abrazo.