domingo, 19 de abril de 2009

Norte de Italia (y V) Del Lago di Garda a Bergamo

En su Viaje a Italia, camino de Verona, cuenta Goethe que "no lejos de mi ruta se hallaba un prodigio de la naturaleza, un espectáculo magnífico que no quise perderme: el lago de Garda". Nosotros llegaremos de noche cerrada, con el espectáculo oculto en una tiniebla espesa, a Riva del Garda, la ciudad de Elena, donde su familia cultiva un próspero vivero. No será hasta la mañana siguiente, con el sol ya calentando la cubierta de la casa de los Omezzolli, cuando rodeado de cultivos pueda contemplar las cumbres nevadas que anticipan a los Alpes, las copas de los olivos derramándose por las laderas, el silencio único de la montaña atravesado por enérgicos trinos.
Sin tiempo para mucho, tras un desayuno rico y abundante vamos en coche a asomarnos a la orilla del lago, el más grande de Italia y al parecer de lo más visitado en verano, pero en estas fechas casi desierto, un espejo resplandeciente, sólo perturbado por la ociosa navegación de los patos. Magnífico lugar donde recluirse con un amante secreto o una novela a medio terminar, éste fue el refugio terapéutico de Nietzsche, Kafka, Thomas Mann y Stendhal.
Para alguien criado al nivel del mar, como es mi caso, cualquier altura resulta imponente. Pero la de esta cadena rocosa que parece asediar el lago resulta de veras una visión que aturde. La sensación es de estar más en Suiza o Austria que en la mediterránea Italia. La última peli de James Bond, Quantum of solace, comienza con una aparatosa persecución por la carretera que bordea el Garda, la misma que recorremos atravesando las montañas perforadas; mis amigos más familiarizados con esta belleza, yo imaginando al viejo Goethe en su singladura desde Torbole a Bartolino, por estas aguas que todavía parecen emanar de un verso de Virgilio.
Es mediodía cuando llevamos a Agus al aeropuerto de Bergamo y, puesto que mi avión no sale hasta la madrugada, decidimos Elena y yo hacer tiempo haciendo una última visita. En busca de la ciudad alta subimos al funicular y, una vez arriba, echamos a caminar por las calles empedradas, sin prisa ya y sin demasiadas ambiciones turísticas, pero disfrutando, eso sí, de un pan con prosciutto al solecito como de la bella Iglesia de Santa María o de la capilla Colleoni, descubriendo una insólita calle de la Vagina (¿en honor a los genitales femeninos en general, o a alguna en concreto?) o enmudeciendo de pronto en las inmediaciones del castillo de San Vigilio, viendo cómo toda la ciudad se ruboriza a la caída del sol.
Ya sólo quedaba despedirme de Elena y afrontar mi cita con el aeropuerto, Orio al Serio, las horas en vela leyendo y cabeceando -y sin fumar, por increíble que me parezca- hasta la salida de mi avión. El día que ya no pueda con estas largas noches, me digo, entonces y sólo entonces me habré hecho mayor.

2 comentarios:

Helena dijo...

Que bonito revivir esa semana atráves de tus palabras!

alejo dijo...

:-)