jueves, 28 de febrero de 2008

Amor caníbal

"Era experta en demoliciones humanas", dice de lady Elisabeth Brauthigam -o Brautigam- un poema del nicaragüense Francisco de Asís Fernández, inserto en su libro Orquídeas salvajes. Demoler o ser demolidos, esa parece nuestra suerte común, y el final de las historias de amor no es una mano arrugada, estrechada en un banco del parque, sino algo más parecido al paisaje después de una batalla. No siempre es malo: de las ruinas también brotan flores vigorosas. Y, salvo que un amor malogrado nos anule para siempre -cosa de la que seremos los principales culpables- siempre habrá un poso de gratitud hacia quien nos llevó a rastras por la calle de la Amargura, y no me refiero a la vía en la que resido actualmente. "Hay que comerse lo que uno mata, y yo me comí a todos los hombres que maté", dicen que dijo doña Elisabeth. Suena bien. Gracias por enseñarnos, gracias por el instito depredador, gracias por la amorosa confrontación. No me refiero, por supuesto, a las cuatro mujeres asesinadas a manos de sus maridos anteayer: ese nauseabundo juego de cuchillos no pertenece a los predios del amor, sino a un plano mucho más bajo y miserable de la condicíón humana. El dolor estéril es el único imperdonable, y estos imbéciles no matan "porque era mía", sino porque no lo era. Yo hablo del modo en que nos transforma -con una violencia que no es física, sino callada y sutil: con la violencia silente de lo que se consume, digiere y excreta- aquel que amamos y que nos ama. En el Quijote hay una cancioncilla que habla de "la dulce mi enemiga". Hay una nobleza en ello. El canibalismo puede ser también una forma de conocimiento.

Borges en Madrid

Leo en la prensa que Madrid tendrá una sede de la Fundación Borges. Apuesto a que será, con los equipamientos necesarios, el verdadero centro de estudios del escritor. Estuve en la sede de la Fundación en Buenos Aires, guiado por una viejita sabia y adorable llamada Irma Zangara, que tuvo la inmensa amabilidad de presentar mis Palabras Mayores. Me permitió hojear los tres pequeños volúmenes de la Divina Comedia en los que Borges se dejó las pestañas yendo y viniendo en largos trayectos de ómnibus, pude sostener el célebre bastón de laca del maestro, incluso me sentí un poco lelo haciéndome una foto con él. La casa, formidable, estaba llena de reliquias, pero no de lectores. Y un escritor sin lectores es eso, una mano incorrupta dentro de una vitrina, un montón de tinta dormida, una ciénaga de sangre estancada. A María Kodama, lo entiendo, le han hecho demasiadas pirulas con la obra de Borges: de tan cauta, se ha vuelto desconfiada, ve más enemigos de los que tiene. El mes de mi visita a la Fundación, sólo había programado un concierto de violín: el resto era silencio; religioso, pero silencio.
Esa mudez también la tiene la Fundación Alberti, por mucho que cubra el expediente con jornadas cada vez menos relevantes; la tiene la Fundación Quiñones, la que más me duele, encerrada todavía en un piso como si fuera un mileurista. Hay demasiado miedo en todas ellas, y una terrible falta de fe en que la obra de los respectivos autores esté por encima de pequeñas miserias administrativas. Sueño ahora con la fundación futura que tendrá Carlos Edmundo de Ory. Ya sé que habrá -las ha habido ya- ambiciones espúreas, politiquerías, tejemanejes. Yo mismo he movido mis fichas interesadamente: la última vez que estuve con Carlos, le dije que estaba dispuesto a todo con tal de ser el camarero de la cantina de la Fundación Ory. Por cierto, ¿qué van a tomar los señores?

martes, 26 de febrero de 2008

Valle-Inclán, a dos velas

Cuando un escritor se expone al riesgo de abandonarse a la vanidad, basta una simple liquidación de la editorial para poner los pies en la tierra: sic transit gloria mundi. Pero si esto no fuera suficiente, es bueno pensar en los grandes que murieron con una mano delante y otra detrás, jaleados apenas por un puñado de lectores entusiastas y enterrados al fin bajo una montaña de facturas sin pagar. Uno se cree que el mundo no puede vivir sin su verso y sin su prosa, y el mundo te devora o, en el mejor de los casos, te ignora sin más. No me parece mal: un país, una lengua, se definen por el mimo que ponen en sus creadores, en sus pensadores, y cada uno se retrata a su manera. Casos de genios consumidos en la indigencia hay cientos. Me gustó, por ejemplo, leer el grueso ensayo Almas en pena, chapolas negras, en el que Fernando Vallejo cuenta cómo José Asunción Silva, la cima de la poesía colombiana que se descerrajó un tiro en el bello barrio bogotano de La Candelaria, vivió y murió acosado por las deudas, lampando por un buen bisnis que le permitiera vivir bien y escribir su Nocturno sin pensar en números.
Del volumen de textos inéditos de Valle-Inclán -uno de los cinco o seis escritores de nuestro idioma que me parecen imprescindibles- me ha cautivado sobre todo su epistolario, y concretamente los pasajes en los que aparece canino. Sobre su Sonata de Otoño, dice: "El primer día que se puso a la venta, ningún librero quiso un solo ejemplar al contado. Yo me indigné y me negué a dejarlos en comisión..." Y en carta a Fernando Fe, leemos: "¿Por qué Vd. no se queda con los doscientos ejemplares de Epitalamio en treinta y cinco durejos (están al cincuenta por cien, y hago una rebaja de veinticinco pesetas). Saquémonos esa cuentecilla de encima, ¿le parece?"
Sí, tal vez sin esas fatiguitas, sin esas duquelas dobles, don Ramón no habría escrito, por ejemplo, Luces de Bohemia, pero no sé si sonreír o llorar ante esos sufijos despectivos, -ejos, -illa... Durejos. Cuentecilla. Maldito parné.

domingo, 24 de febrero de 2008

24 horas con Chaves

Tanto rajar de Yasmina Reza, tanto rajar, y de un día para otro mi periódico me pide una crónica -más bien literaria, no política- de los cuatro candidatos a la presidencia de la Junta. Un 24 horas con los aspirantes, desde el desayuno a la hora de hacer nanita, pasando por reuniones, mítines, desplazamientos, entrevistas y todo lo que vaya saltando. Al final sólo haré dos de ellos, pero el pasado viernes me estrené con Manuel Chaves, y precisamente en Cádiz, donde abría campaña. Back to the village y quince horas de aquí para allá, mirándolo todo con ojos de neófito, librando el habitual tira y afloja con la guardia pretoriana del presidente -y no me refiero a los guardaespaldas, que son encantadores, sino a la jefa de prensa- y disfrutando de un par de trayectos en ese autobús que es como un Air Force One en versión rodada. Conclusión: si el primer día de campaña es esta paliza, qué no serán los catorce restantes. ¿Cómo se portó Chaves? Hizo su trabajo: me sedujo. En el sentido cordial. Hablamos de sus libros (La elegancia del erizo, de la Barbery, un ensayo sobre los neocons, y no me atreví a preguntarle por Philip Roth, pero sé que le gusta), de cine, de música. Hablamos de Ceuta, que es nuestra común patria chica. Incluso hablamos de la caída del cabello, materia en la que ambos somos peritos. Los políticos, de cerca, ganan mucho: como los muertos y los locos, han visitado la cara oculta de la luna y traen noticias de allá. ¿A quién no le gusta conversar en confianza con un representante de cualquiera de estas tres prestigiosas categorías?

miércoles, 20 de febrero de 2008

Fidel, Hugh Thomas y los santos

Quienes me conocen saben que no soy supersticioso, y bastante poco religioso, pero siento un enorme respeto por los santos del sincretismo afrocaribeño. He presenciado algunas escenas de magia yoruba que ya quisiera David Copperfield, pero mi fe -por llamarlo de algún modo- nace del amor por la música que acompaña sus ritos: un credo que acarree esos cantos y esos tambores batá tiene que ser bueno. La única práctica que observo regularmente es la de entregar el primer trago, cuando descorcho una botella, a la mayor gloria de estas divinidades. Los santos cubanos tienen sed, y si no les das una ofrenda, ellos se la toman. Una vez, en cierto cóctel, fui testigo de una verdadera cadena de derrames accidentales que un amigo cubano tuvo a bien explicarme: no había duda de que "los de ahí arriba" estaban pidiendo lo suyo.
Ayer, Fidel Castro renunció a su sillón, y algo así no pasa desapercibido para las huestes de Ochún, Yemayá, Changó y Obatalá: el cielo descargó a gusto. A la noche, me llené un baño de agua caliente para desestresarme, y una fatal rotura de tuberías hizo que la casapuerta de mi edificio se inundara. Y cuando fui a abrir una botella de vino blanco, la mitad del contenido se vertió misteriosamente sobre mi cena recién puesta. Mucha sed tenían los santos.
Hoy, en fin, fui a la rueda de prensa que el eminente hispanista Hugh Thomas ofrecía para presentar su último libro, Beaumarchais en Sevilla. Cabe añadir que lord Thomas es autor de una sesuda Historia de Cuba, y estaba a punto de preguntarle por su pronóstico acerca del futuro de la isla, cuando el buen hombre se echó literalmente encima un bien servido vaso de agua. Se puso pippanding, vamos. Por si acaso, mejor no jugar con los santos, Mayeya.

Mendicutti, portavoz

Eduardo Mendicutti, el sanluqueño de acento y maneras más castellanas que conozco, me cae bien por muchos motivos: es simpático, es atento, y lleva muchos años demostrando a través de sus novelas que es libre. Ayer compartió café con la prensa para presentar la última, Ganas de hablar. Y hablamos. Recordamos algunos loables esfuerzos por dar voz a quienes nunca la han tenido: la señora zarandeada por la vida de Ángel Vázquez, la prostituta de Fernando Quiñones. Mendicutti ha querido escribir sobre el mariquita del pueblo -o del barrio, tanto da-, especie protegida por la comunidad y al mismo tiempo bajo una perpetua intemperie, querido por todos pero siempre marginado a las primeras de cambio. A menos que seamos del Opus, todos hemos conocido perfiles similares, pero también homosexuales casados y con hijos por mandato de la apariencia, o amigos que han hecho su larga y dura travesía en busca de la propia identidad.
El hecho de que no me tiente el sexo masculino no me salva de la indignación que siento ante algunas cosas, desde la ridiculización del gay a aquel informe que el PP expuso en el Congreso afirmando que se trata de una enfermedad que se puede -y debe- curar. La homofobia sólo puede ser patrimonio de los ignorantes, de los ágrafos (quién puede odiar a Wilde, a Lorca, a Cernuda...), pero sobre todo de un terror de fondo muy cínico: ese miedo a reconocerse a uno mismo como homosexual, o a un pariente próximo. Nunca olvidaré a un amigo del instituto, homófobo feroz, siempre irascible y desajustado con el mundo, que sólo necesitó marcharse a Inglaterra en busca de su destino -un novio adorable- para encajar la pieza que le faltaba: hoy es un ciudadano de lo más afable, y más que nada feliz.
No olvidemos que las cruces más grandes las ponían en la puerta los judíos conversos. Y que, como decía Sciascia, todo el mundo sabe que cuanto más se maneja la guillotina menos peligro corres de estar bajo la cuchilla.

martes, 19 de febrero de 2008

La literoterapia de Antonio Hernández

"¿Eres de Cádiz, entonces? Yo veraneo allí. Ven a verme. Y no olvides traer tus poemas". Eso me dijo cuando lo conocí en el tórrido estío madrileño. Y unas semanas después, fui a verle. Con mis poemas. Me recibió en bañador y camisa desabotonada, que es la guisa de poeta que más seriedad me inspira, y al cabo de un rato de pasar mis cuartillas me dio su opinión: mis poemas eran bastante malos. Pero lo dijo con tanto cuidado de no herir mis susceptibilidades, y con tanta fe en que podría hacerlo mejor, que salí de aquel piso loco de contento. Dejó de ser Antonio Hernández para convertirse en el Noni. Leí sus novelas -Nana para dormir francesas, Sangrefría-, sus poemarios -Oveja negra, Con tres heridas yo-, sus cuentos hilarantes, como El Betis, la marcha verde. Pero sobre todo trabé amistad con el hombre sensible, beligerante, irónico, polémico, culto, definitivamente cariñoso, amigo de sus amigos, temible para sus enemigos, tinta y sangre, genio y figura.
Hace un tiempo le fue diagnosticada una rara enfermedad crónica de origen nervioso. Coincidimos en su pueblo, Arcos de la Frontera, y aunque no parecía tener ganas de nada, nos fuimos de copas. A la vuelta estaba mucho más animado, y al despedirnos en el pasillo del hotel nos dio las gracias por el buen ratito echado. Me fui a mi habitación un poco afligido, pensando que el Noni tal vez no volvería a escribir con la misma chispa. Acaba de ver la luz A palo seco, un poemario que compuso a modo de literoterapia, para doblegar los males de la salud a fuerza de palabras vigorosas. El remedio le sirvió, y ahora nos sirve a los demás: es un libro muy hermoso, muy hondo, muy de verdad. Esta mañana le telefoneé para entrevistarlo, y lo encontré radiante. Tiene la agenda llena de proyectos, está mucho mejor de sus dolencias y, por si fuera poco, su Betis de sus entretelas le ganó el sábado al Real Madrid.