jueves, 21 de mayo de 2009

Feria del Libro (IV) Oficios de Benítez Reyes

A Felipe Benítez Reyes lo vi por primera vez subido al escenario de la gaditana sala Cómix, tocando blues con aquella banda suya llamada Prim 14. Era hijo de un alcalde de Rota y favorito del pope poético Paco Bejarano, y ambas cosas me inspiraban bobos recelos. Pero me gustaban sus revistas, Fin de Siglo y Contemporáneos, y me convenció su novela Humo, cuya presentación en el Café de Levante una noche mágica no me perdí, y defendí en prensa sus Vidas improbables de las injurias contraexperienciales... Han pasado los años sin que nos demos cuenta, pero sus cuentos suman ya un buen montón de páginas, aún más su poesía y más sus novelas, y me da vértigo verlo todo ahora, ahí, amontonado sobre mi mesa. Entrevistarlo, desde luego, sigue siendo para mí un placer. Hace unos días reincidí con la Feria como telón de fondo:
«El relato debe ser breve y a la vez infinito»
–Acaba de publicar su poesía completa [Libros de poemas] y sus cuentos completos [Oficios estelares]. ¿Está poniendo la casa en orden?
–A las bibliografías les sienta bien el orden, aunque sea el orden meramente cronológico, antes de que se convierta en un orden necrológico. Los libros van agotándose con el tiempo y las recopilaciones son una forma práctica de facilitar el acceso a ellos, en el caso de que a alguien le interese.
–Ha titulado sus relatos Oficios estelares. La literatura también está expuesta a las EREs?
–Me temo que ya lleva mucho tiempo expuesta a eso, porque las editoriales tienen un cupo. Hay autores excelentes que jamás logran entrar en ese cupo. Por suerte, están proliferando editoriales pequeñas, muy buenas y rigurosas, que abren el campo a autores con poca implantación comercial.
–Sus personajes suelen ser perdedores con dignidad. ¿No es una paradoja que le hayan dado tanto éxito?
–No tengo sensación de éxito, la verdad. El éxito, en literatura, tal vez consista en que la gente se crea obligada a comprar tus libros incluso cuando no le apetezca leerlos. Eso no me pasa a mí, ni tampoco estoy seguro de querer que me pase. Prefiero tener lectores más o menos interesados a tener un público cautivo.
–“En todo buen relato hay una historia previa que no se cuenta y una historia posterior que debe imaginar el lector”. ¿Qué pone entonces el autor?
–Las claves para entender esas historias escamoteadas. El relato es un fragmento que debe reverberar. Ser breve y a la vez infinito.
–Ha inaugurado un blog personal. ¿Otra forma de literatura, o simple grafomanía?
–Es un blog peculiar, porque no escribo allí. Sería ya lo que faltaba. Sólo cuelgo cosas publicadas previamente y de difícil acceso. Una forma de cortesía con los lectores.
(El Correo de Andalucía, 18/ 05/ 09)

Feria del Libro (III) Mucho Bernáldez

Confieso que llegué a tener serias dudas de que la embrionaria Asociación de Periodistas Culturales de Andalucía llegara a celebrar alguna vez su ceremonia fundacional, y mire usted por donde no sólo se ha estrenado en esta Feria, sino que además lo ha hecho con un encuentro de excelente nivel y, lo que es más importante, abriendo la puerta a un sinfín de proyectos para el futuro. Este éxito tiene nombres y apellidos, y rostros: el de Manolo Pedraz, presidente, que ha demostrado tener la iniciativa, la tenacidad, la flexibilidad y la capacidad para sumar, y el de toda la gente que se ha echado a la espalda la soberana trabajera que exigía este primer empujón.
El éxito también es de nuestro llorado -y reído, cada vez que nos acordamos de sus ocurrencias- José María Bernáldez, que da nombre a este colectivo. De su inesperada muerte hace ahora un año, su presencia sigue siendo irremplazable, pero Bernáldez es aún mucho Bernáldez. Qué gustazo tener en Sevilla a ese montón de buenos profesionales (Guillermo Altares, Sergio Vila San Juan, Toni Iturbe, Guillermo Busutil, Miguel Fernández, Fernando Iwasaki...) y sentir el respeto y el cariño compartidos por aquel maestro entrañable que en estas tardes soleadas, llenas de libros y de gente guapa pasando por la Plaza Nueva, se sentirá la mar de feliz allí donde esté.

lunes, 18 de mayo de 2009

Feria del Libro (II) El orden de Gutiérrez Solís

Salvador Gutiérrez Solís comparte página web con Pablo García Casado. Alguna vez llegué a pensar que Salva pudiera ser una invención, un alter ego narrativo del poeta cordobés. Luego caí en la cuenta de que nunca había visto en persona a García Casado, así que me asaltó la sospecha inversa: ¿Era García Casado el pseudónimo poético del narrador cordobés Gutiérrez Solís?
Bueno, por fin los conocí por separado y se disiparon las pamplinas. Salva es uno de los escritores más divertidos del panorama actual, uno de los que fuma con más moderación, y de los que mejor lucen con chaqueta azul. Es el autor de la saga satírica del escritor Malaleche, de una apasionante biografía de Barnaby Conrad -que bien podría ser un personaje hemingwayano- y de una novela recién salida del horno, El orden de la memoria. Se la presenté en la Feria, pero el día antes hicimos esta entrevista, que disfruté mucho:
«No puedo prometer que no haya sangre en mi próxima novela»
–¿Qué tienen en común el perverso protagonista de El orden de la memoria con su autor?
–El Real Madrid, los frutos secos y los restaurantes argentinos. Nada más, afortunadamente.
–Pone como paradigma de la maldad a un empresario. ¿No habría cuadrado mejor, dados los tiempos, un banquero?
–Hay banqueros, bancarios, tiburones, usureros y demás especies. Eloy Granero es un “malvado” circunstancial, no ejerce siempre de malo. Pero cuando es malo es muy malo, es un monstruo. Quería que mi personaje lo tuviera todo a su favor, aparentemente.
–¿Qué es más difícil para un escritor, describir un crimen o una escena de alcoba?
–Si uno fuera un vanidoso diría que un crimen, como dando a entender que de la cama lo sé todo...
–Antes de este libro, firmó la saga satírica del novelista Malaleche, la biografía de un torero californiano... ¿Promete que en la próxima no habrá ni gota de sangre?
–No puedo prometerlo: la habrá.
–Hay escritores que aseguran que los verdaderamente temibles son los lectores. Ahora que estamos de ferias del libro, ¿qué es lo más raro que le ha pasado con los suyos?
–Un día me escribió una chica diciéndome que se llamaba igual que la esposa del novelista Malaleche... No tuve arrestos para responderle. Espero que no me escriba ningún Eloy Granero diciendo que es fotógrafo y que me quiere retratar...
–Ha sido de los primeros en promocionar su novela por facebook. ¿Se nota en las ventas?
–Es pronto para saberlo. Espero que sí, aunque el tiempo lo dirá. Lo malo es que facebook me ha deshabilitado dos veces la cuenta de amigos de El orden de la memoria... con más de 1.500 amigos y yo me he dicho: antes morir trampeando que vivir deshabilitado.
–El público lector no lo sabe, pero también hemos hecho esta entrevista vía facebook. Si yo fuera Jesús Quintero le preguntaría si se ha sentido bien.
–De maravilla: me he comido una palmera de chocolate, me he bebido un café y me he fumado dos cigarrillos y usted ni se ha enterado. Una cosita aseada.
(El Correo de Andalucía, 17/ 05/ 09)

Feria del Libro (I) Savater y la pintura

Como el tiempo libre escasea y las obligaciones me arrollan, voy a permitirme ir llevando más o menos al día mi crónica personal de la Feria del Libro de Sevilla mientras acabo, poquito a poco y por entregas, mi relato italiano último. Volvió el jueves pasado la Feria a alegrarnos la Plaza Nueva, y a demostrarnos que no es tan distinta a la otra, la de Abril, la de fama universal. Aquí también hay casetas y pescaíto, a falta de caballos buenas son las bicicletas, huele a azahar y a papel recién cortado y cosido, y además tenemos la ventaja de ahorrarnos el insano albero y las cacofónicas sevillanas.
Aquí, como en la Feria de Abril, vienen también las autoridades a hacerse la foto y a amortizar sus desembolsos con discursos larguísimos, grávidos de protocolo, retórica parda y corrección política, que no interesan a nadie, empezando por ellos mismos. No sé de dónde viene esa mala costumbre, pero si emprenden una recogida de firmas para abolir por decreto tales martingalas, no se olviden de poner mi nombre bien arriba.
Otra cosa es la figura del pregonero. El año pasado, en la Feria de Cádiz, contrataron para tales menesteres a Zoé Valdés, y su intervención no duró al parecer más de 15 segundos. Les está bien empleado a los organizadores, porque no llamaron a una escritora, o no la llamaron porque fuera escritora. Contrataron a una celebridad de cartón piedra, a un fenómeno mediático, y obtuvieron en consecuencia un pregón fenomenal. Para otro año, que contraten a un escritor-escritor, que en España hay muchos y la mayoría vive un año con lo que cobró la cubana aquella tarde gloriosa.
Algo más, pero tampoco mucho, se estiró este jueves Fernando Savater. Hombre público, hombre admirado, es capaz de concitar mucho público, y eso ya es un aval. Tampoco podemos esperar que se ponga a hablar para las masas de Spinoza o Nietzsche, o tal vez sí: nadie mejor que él, dado su conocido didactismo. Pero en fin, Savater optó por improvisar un discurso hecho de retales ya conocidos, con su poquito de humor, su poquito de erudición y su poquito de vanidad. También duró poquito tiempo, de modo que todo fue diminutivo cariñoso, salvo quizás sus honorarios.
El título de esta entrada puede inducir a error, pero advierto que no voy a hablar de arte. Voy a acordarme de aquel empresario gaditano que encargó a un pintor impresionista -muy bueno, pero más conocido por su pereza que por su talento- que le hiciera un cuadro de grandes dimensiones para decorar su bar. El artista hizo su trabajo, sí, y era una excelente composición, pero saltaba a la vista que se había aliviado bastante. De modo que el mecenas acabó diciéndole:
-¿Y no podrías echarle cien o doscientos gramos de pintura más, picha?
Valorar tu arte en gramos, a menos que tu arte consista en fundir oro o refinar cocaína, es uno de los palos más lacerantes que puede recibir un artista. A Savater le faltaron cien o doscientos gramos de oratoria. La buena noticia, que la Feria por fin ha empezado.

lunes, 4 de mayo de 2009

Regreso a Italia (II) Cena con Pep Bernadas

El tiempo, tan veloz, me humilla. La tiranía de la agenda me tiene vedada la compañía de los amigos, lecturas pendientes, ciertas inaplazables tareas domésticas y ciertos ocios gratificantes, mi cita con esta bitácora. Pero de hoy no pasa que continúe con el relato de esa última escapada italiana, que vuelva a verme a mí mismo junto a la placa a Shakespeare que hay casi escondida en los Portoni della Bra en Verona. Allí me citó el profesor Jordi Canals, allí me recogió junto con Pep Bernadas, de la editorial Altaïr, recién aterrizado.
El coche se pone en marcha y emprendemos el camino más largo pero más hermoso hacia Trento, ese Lago di Garda que ya conocí en mi primera visita, pero que ahora bordeamos por la orilla opuesta, la más goethiana: Torbole, Malcesina. A esta hora del atardecer las aguas asemejan un azogue envejecido, surcado por orgullosos patos. Pasamos junto a la torre que Goethe quiso dibujar, levantando las suspicacias de los vecinos, que lo tomaron por espía, y al fin cae la noche sobre nosotros. Un rato después, estamos llegando a Trento. Nos espera nuestro hotel, junto a Santa María Maggiore, la bonita iglesia que acogió varias sesiones del famoso Concilio. Jordi tiene que marcharse a ultimar los detalles del congreso, pero no sin antes recomendarnos un buen restaurante para cenar. Allí nos dirigimos después de refrescarnos un poco, y con cierta prisa porque -ya se sabe- los horarios italianos no son los de España.
Pep Bernadas camina a buen paso, pero con muletas. Me confiará su historia en el Pedavena, una birreria muy espectacular que fabrica su propia cerveza en descomunales alambiques a la vista del público, aunque nosotros nos decantaremos por un suave tinto de la zona, acompañado por unos suculentos strangolapreti, que no son cordones como los strozzapretti, sino una especie de gnocchis a la espinaca.
Pep, salta a la vista de inmediato, es de esos extraños hombres que concitan simultáneamente la bondad y la sabiduría en grandes proporciones. Hablando de los países que conoce -y los conoce bien- y calculando por lo bajo, sale la cuenta de cien años de vida. Me contó de sus estudios de antropología, de la curiosidad por las tribus nómadas que le llevaron a afincarse en Argelia cuando era un país algo más hospitalario. Se demoró en relatar la fundación de su editorial, Altaïr, y la revista homónima. También el paso por el quirófano por unas fuertes dolencias de espalda, la mala hora en que le tocaron la médula, motivo por el cual vive atado a las muletas y con la movilidad reducida, aunque nunca perdió esa arrolladora vitalidad. Pep no quiso denunciar, porque entendió que aquel cirujano había intentado aliviarle como dios le dio a entender. Pasó una larga convalecencia en el hospital y un buen día dijo que necesitaba vacaciones, y ahí que se lanzó a estrenar silla de ruedas... por Irán.
Es inútil preguntarle qué le queda por ver en el mundo. Haciendo gala de la mayor humildad responderá: "Todo". Con el estómago pesado, pero felices con la amistad recién inaugurada y bautizada con vino, caminamos de vuelta al hotel bordeando la catedral. Al llegar a mi habitación ya sabía que Trento iba a ser ya siempre para mí, entre otras cosas, una espléndida cena con el maestro Pep Bernadas y un paseo nocturno y cómplice.

domingo, 3 de mayo de 2009

Regreso a Italia (I) Asomado a Verona

La memoria tiene estas cosas: soy incapaz de recordar dónde he puesto las llaves, pero mientras el avión descendía -me fijé por primera vez en la belleza del Po fluyendo sobre la llanura padana, con los Alpes nevados recortados al fondo- recordé una entrevista que le hicieron en el Faro de Ceuta a una prima mía cuando fue miss de su barriada, hace unos treinta años. "¿Adónde le gustaría viajar?", le preguntaban. "A Verona, para ver la tumba de Romeo y Julieta". Mi memoria infantil registró aquel extravagante dato, y ahora me volvía a las mientes... Verona, tenía que asomarme a Verona.
En el aeropuerto me encontré con una vieja amiga de mi adolescencia gaditana, Chachu, a la que hacía años que no veía por la sencilla razón de que está afincada en Milán. No le acaba de enamorar la ciudad, cara y frenética, pero lo sobrelleva y se escapa cada vez que puede a Cádiz, a la Arcadia salada y soleada de sus años mozos.
Parece que fue ayer cuando estaba en la Estación Central de Milano, pero fue hace un mes. Cubrí el trayecto somnoliento y, cuando quise darme cuenta, ya estaba caminando hacia la Porta Nuova buscando, antes que nada, un buen plato de pasta con el que reponer fuerzas. Luego me decidí a dar un digestivo paseo por los alrededores del Arena, el anfiteatro que, conforme vaya cayendo la tarde, irá tomando tonos encarnados, como si estuviera hecho de rodocrosita.
Salí por las magníficas murallas buscando el río, el Adige, que es sin duda uno de los elementos más favorecedores de Verona: una caudalosa S cruzada por una docena de bonitos puentes, que refresca a los paseantes y aporta una claridad muy peculiar a todo lo largo y ancho de la ciudad. De hecho, me pasé media tarde fotografiando balcones, fachadas y ventanales, encandilado con el modo en que parecen absorber la luz y retenerla.
Lo enojoso de Verona es precisamente lo que volvía loca a mi prima Susana, y es esa obstinada presencia de los famosos enamorados veroneses por doquier. Tiene gracia, por ejemplo, que la calle Shakespeare se halle entre la via Montecchi y el lungadige Capuleti, no lejos de la tumba de Julieta. Pero lo verdaderamente delirante es la Casa de Julieta, cuyo pasaje de entrada está cubierto de toscos graffitis con iniciales, corazones combados y asaeteados, declaraciones de amor a dos tintas, todo ello apelmazado bajo el efecto de un insuperable horror vacui. Mientras los turistas se retratan junto a la estatua de la susodicha o bajo el dichoso balcón, yo curioseo en la tienda de souvenirs: venden pasta con forma de corazón, delantales con forma de corazón e imanes de nevera con forma de corazón.
Pero no empañará todo ese empalague el disfrute de recorrer morosamente las calles, salir de nuevo al río o a la populosa Piazza delle Erbe -antiguo foro romano-, asomarme a algunas librerías, rodear la catedral o la iglesia de Santa Anastasia y volver a perderme al azar por cualquier esquina. En mis primeras visitas a Italia, a veces veía a gente no corriendo de un lado a otro con la cámara y el plano desplegado, sino leyendo mientras sorbían un capuccino, y me parecía el no va más del placer y el buen gusto. Antes de que vengan a recogerme yo seré ese tipo con un libro en una mano y la taza en la otra, a la caída del sol, celebrando el arte del café de este país y mirando de reojo la hora en un reloj del siglo XVI.

viernes, 1 de mayo de 2009

Otras lecturas/ relecturas del mes de abril

Stefano Fabbri/ Danilo Manera. Il monile di Bengasi.
Martin Amis. Experiencia.
Henri Michaux. Las grandes pruebas del espíritu.
Henri Michaux. Un bárbaro en Asia.
Henri Michaux. Frente a los cerrojos, seguido de Puntos de referencia.
Antoine Compagnon. ¿Para qué sirve la literatura?
Ricardo Menéndez Salmón. El corrector.
Arturo Pérez-Reverte. Ojos azules.
Javier Codesal. Feliz humo.
Aquilino Duque. Entreluces.
Mario Benedetti. Testigo de uno mismo.
John Ashbery. El doble sueño de la primavera.
Juan Gelman. Mundar.
Nazim Hikmet. Poemas finales.
Rafael Ramírez Escoto. Ziggurat.