lunes, 17 de noviembre de 2008

La Osuna de Paco Camero

Fue una pena que no me acompañara en esta, mi primera visita a Osuna, un noble hijo de la villa y buen amigo, el periodista Paco Camero. Con más de dos metros de altura, Paco es perfectamente reconocible en medio de la calle Velázquez cuando vamos a una rueda de prensa, o en la bulla de los bares cuando se trata de practicar ese deporte olímpico que él llama levantamiento de vidrio. Cuando lo saludo con un abrazo, debo de parecer a su lado un insignificante birkiki, pero conste que sus dimensiones físicas sólo son comparables a las de su corazón y a su talla de profesional: un tío grande, vaya.
Me dirigí a la cafetería del hotel, situado frente a la Colegiata, e imaginé cómo sería la niñez de Paco en un pueblo como éste. Más sana que la de ciudad, sin duda. Pensé en barquitos de pan bogando alegremente sobre balsas doradas de un aceite como el que probamos anoche, y puse los ojos en blanco. Pregunté si había algo que comer. Nada, ni una mísera tostadita. Y lo peor es que estábamos un poco aislados, así que apuré un café de tres sorbos y me lancé, maleta al hombro, a pasear por Osuna.
Compré prensa y me asomé a un par de bares, pero eran las típicas tascas más propicias para beber chatos de vino que para tapear. Entonces recordé que el día anterior había pasado por una Venta Cervantes, cercana a la estación de ferrocarril. A mí Cervantes no me ha fallado nunca, así que me dirigí hacia allí. No hay venta en el mundo donde no se coma... salvo esta. Es cierto que había cacahuetes y patatas fritas tras la barra, pero como todo el mundo bebía cervecitas y vino, me pedí un tinto y me escurrí a un rincón. Donde fueras haz lo que vieras, pero ¡qué hambre!
Eran casi las tres de la tarde, y aún quedaba media hora para la salida del tren. Ya está, me dije: seguro que en la estación hay una cantina. O, en el peor de los casos, qué se yo, una máquina de sándwiches o un expendedor de chocolatinas. Hice el último esfuerzo y hasta allí caminé. Nuevo fracaso. Nada. No estaba ni el empleado de la taquilla. Estación fantasma total. Una nube de polvo y una sola pregunta flotando en el aire caliente: ¿Cómo ha crecido tanto Paco Camero, joé, con lo poco que se come en Osuna?

6 comentarios:

Herblay dijo...

Por mucho que quiera a Camero y a nuestra Ángela Serrato, hay un dicho sabio: "De Osuna, ni la luna". Toma nota

alejo dijo...

Ah, pero eso lo dirán "los de Marchena/ los hijos de la luna llena". ¡Besos!

K. dijo...

¡Hombre! Qué sorpresa 'encontrarme' en este lugar tan agradable. No conocía ese dicho, sabio o no. Sospecho, la verdad, que nunca seré la persona más apropiada para hacer un canto hagiográfico a Osuna. Siempre me pareció un perfecto lugar del que irse. Por otro lado, cada vez regreso con más placer, con la mirada menos viciada (un poco marioneta de la nostalgia).

En cualquier caso, querido Ale, de haber estado yo allí contigo, te habría podido llevar a algún que otro sitio donde, excepcionalmente, nos habrían puesto algo de comida, jeje.

El señor de la estación tiene ya estatura de mito. Recuerdo mis años de cándido estudiante, esas tardes de domingo, yendo en el coche de mi padre a comprar un billete para la mañana del día siguiente. En una ocasión tuve que esperar tres cuartos de hora, con el "Carrusel Deportivo" como hilo de sonido espectral, hasta que el empleado de Renfe apareciese (no supe bien por dónde) y me saludase como si siempre hubiera estado allí.

Luego uno se compra un coche de segunda mano, deja de ir a las estaciones las tardes de domingo, y todo, todito, todo, empieza a ser más normal, a veces más aburrido, casi siempre menos curioso.

¡Un abrazo!

Paco.

alejo dijo...

Gracias por la visita, hermano. Estaré encantado de conocer esos rincones gastronómicos, ¡el vino lo pago yo! Abrazos mil.

Unknown dijo...

Y komo nuestras mujeres ninguna.

JUAN Lm dijo...

Y komo nuestras mujeres ninguna.