sábado, 13 de febrero de 2010

Hablando en oro


Hace unas semanas se planteó en nuestro Estado Crítico el debate acerca de si el éxito (o lo que quiera que consideremos como tal: en líneas generales, el éxito de ventas, pero ¿cuántas ventas suponen un éxito?) es una prueba de excelencia o un sambenito para los escritores. Es una pena que la polémica en este blog tomara otros derroteros, porque me parece que la cuestión da para mucho. Mi opinión es que el escritor, consciente o inconscientemente, emplea las facultades que tiene a su alcance para dar forma a su obra, pero en el proceso hay apuestas o renuncias que le abrirán o cerrarán puertas a un determinado segmento de lectores. Si se pone elitista o críptico, se arriesgará a perder al gran público, porque estará buscando a unos interlocutores muy escogidos. Y quien quiera aspirar a un público masivo, orientará sus temas y sus recursos hacia ese objetivo. Unos y otros deben ser consecuentes, y no sólo cuando las cosas salen bien.

Pongo un ejemplo que me parece esclarecedor: Fernando Quiñones escribió en un altillo prestado de la Diputación de Cádiz, con una botella de anís y una caja de polvorones en el cajón como dieta básica, su novela La canción del pirata, la peripecia de un bribón del siglo XVII narrada en primera persona, remedando el lenguaje de la época. Un editor sugirió que si adaptaba el texto al lenguaje actual vendería mucho más, pero Fernando siguió en sus trece. "Esa no hubiera sido ya la novela que yo hubiera querido hacer -comentaba-, sino la que convenía hacer cara al dinero y de cuyo lenguaje no se hubiera podido decir, como alguien dijo, que era como oír y ver, por la calle y del brazo, a don Francisco de Quevedo y Manolo Caracol".

Quiñones hizo, como se ve, su apuesta y su renuncia. Prefirió vender algunos miles de ejemplares a cambio de un piropo como el que hemos transcrito, y de la admiración de un puñado de lectores que aún hoy seguimos seducidos por las aventuras de Juan Cantueso.

He vuelto a recordarlo estos días, tras asistir al almuerzo de presentación de la última novela de Matilde Asensi, Venganza en Sevilla, ambientada también en la época barroca. Esta escritora de indudable éxito -se calcula que tiene cinco millones de lectores, tres de ellos en España- se quejaba con cierta amargura de la escasa consideración que tiene entre la crítica la novela histórica y de aventuras, un hecho que siempre parece ocultar envidias larvadas u otros factores extraliterarios.

La señora tiene todo el derecho de defender la dignidad de su faena, como los demás de someterla a examen. Para mí la definitiva prueba del algodón fueron sus palabras acerca del lenguaje empleado en la novela, que es el del Siglo de Oro pero adaptado a nuestros tiempos "porque cuando lees cosas del Quijote o del Guzmán de Alfarache, a la quinta página ya estás parando y diciendo ‘¿pero qué he leído? Ya me he vuelto a perder'. Yo cojo ese lenguaje, me impregno de él y lo suavizo. Y aun cuando no aporte nada al lector, tiene como objeto transportarle en el tiempo, dar aroma y color a la narración".

Y aquí es donde uno siente que, como diría Serrat, entre estos tipos y yo hay algo personal. Y no sólo por hablar del Quijote como si se tratara de un ambientador o una pastilla de avecrem, sino por el modo definitivamente ofensivo con que trata a sus propios lectores y se pone en evidencia a sí misma. ¿De modo que a la quinta página de las aventuras de don Alonso Quijano uno está perdido como si se hubiera metido en Ikea un sábado por la tarde? ¿Qué clase de papilla quiere administrar Asensi, y todos los asensis del panorama actual, a sus lectores desdentados, sean cinco o sean cincuenta millones?

3 comentarios:

carlos dijo...

Estimado Alejandro: el debate que se plantea es interesante. ¿Es el éxito un indicador inequívoco del escaso talento del autor? ¿Significan las ventas testimoniales la excelencia?
Probablemente, ninguna de las dos cuestiones tengan fundamento.
El debate da para mucho, lleva usted razón. Pero, ¿debe un crítico afrontar la reseña de una obra que se aparta de lo que, según sus gustos, es la buena literatura? Yo opino que no. Es decir (por citar la misma obra que usted), a mí (y lo digo con el mayor de los respetos) no me gusta La canción del pirata, ni la obra de Quiñones en general, y por tanto no soy la persona adecuada para hablar de ella porque, por muy objetivo que quisiera ser, no sería justo con ella. Y porque siempre habrá lectores potenciales de esa obra a los que yo podría privar de un libro con el que disfrutar.
No he leído la última novela de Matilde Asensi, pero sí he disfrutado con alguna de sus anteriores novelas, y pienso que es un acierto el lenguaje que utiliza para acercar a sus lectores a la maravillosa época del Siglo de Oro.
Por último, el debate sobre el éxito en el blog Estado Crítico al que hace alusión, supongo que es sobre la reseña de la novela El violinista de Mauthausen. Leí con perplejidad los comentarios en ese blog, y también los que se escribieron en el blog del autor de la novela en cuestión. Ciertamente, el debate podría haber tomado otros derroteros, pero en la Red estos rifirrafes son inevitables. Yo soy uno de los lectores de El violinista de Mauthausen, y me sentí ofendido al leer la crítica de su compañera, porque en ella se atacaba, de una manera soterrada, a los lectores. Recordará usted que la autora de la reseña se preguntaba si el autor los había tomado por retrasados. Amén de otras cuestiones que sería largo de explicar aquí, y no quiero abusar de su confianza. Pero traigo este asunto a colación porque creo que el fondo de la cuestión es si un crítico puede faltar al respeto a un autor y a sus lectores. Yo creo que no. Y, si yo, por ejemplo, no sería el más adecuado para reseñar una obra de Fernando Quiñones, es posible que usted, por sus gustos literarios, no sea la persona indicada para escribir sobre una obra de Matilde Asensi, o Pérez Domínguez, que son dos escritores muy diferentes, por cierto. Pero eso daría para otro debate.
Por supuesto, todo lo que he escrito, sin la menor acritud.
Un saludo.

Alejandro Luque dijo...

Estimado Carlos:
Empezando por el final, permítame que sobre la ingrata polémica del Mauthausen no añada nada a lo que ya escribí en mis diversas intervenciones. Convendrá conmigo en que no tiene mucha gracia reavivar aquí unas ascuas que llevan rato extinguidas en su foco original.
En cuanto a su pregunta de si un crítico debe reseñar libros que (a priori) no le gustan, son muchos quienes como ud. opinan que no, y sin duda tienen sus razones. Yo creo que sí, porque a un crítico se le puede perdonar que yerre, pero no que deje de dar honestamente su opinión; debe aplicar su criterio, no sus prejuicios. Creo recordar que mi amigo Luis Manuel Ruiz admitió que él no debería escribir sobre un libro de Antonio Gala, ¿cómo que no? A mí me encantaría que el gran lector que me consta es Luis sometiera a Gala a una lectura limpia, y argumentara su opinión. Quién sabe qué saldría de ahí: algo interesante, sin duda.
Sobre la calidad literaria de Quiñones, daría para mucha charla y mucho café argumentar en favor o en contra, pero no se trataba de eso. De lo que hablaba en mi post es de algo que ud, tal vez sin querer, viene a confirmarme: Quiñones hizo su apuesta, y en ella se ganó a unos lectores (que yo podría representar) y defraudó a otros (los representaría ud). Lo que jamás vi a Quiñones fue quejarse de la falta de unanimidad en su obra, ni de por qué fue finalista del Planeta y no ganador, ni por qué Gala (gran amigo suyo, por cierto) vendía más que él. Jugaba sus cartas, ganaba y perdía, ya está.
Asensi, según nos contó a la prensa, no entiende por qué un segmento de la crítica le vuelve la espalda. Cinco millones de lectores le parecen pocos: los quiere a todos. A veces las ventas millonarias van acompañadas de esa extraña soberbia; puede ser humano, pero no por ello me parece demasiado noble. Es mi opinión.
Ahora bien, amigo Carlos, conste que cuando Asensi dice que sus lectores se pierden en la página cinco del Quijote; es decir, que son incapaces de continuar la lectura cuando topan con un término que no les resulta familiar, y por supuesto la pereza les impide recurrir al diccionario; o que las circunstancias de un hidalgo que vive con su ama y su sobrina y ha perdido el juicio leyendo libros de caballerías si no hay espadachines y acción desde el primer párrafo; entonces ahí quien les está ofendiendo, pienso, es la autora, y no quien eventualmente registre esas palabras o discrepe respecto a sus artes narrativas.
En cualquier caso, mi fe en la sana confrontación de opiniones es inquebrantable: estoy seguro de que si quisiera podría ud. llegar a convencerme de algunas bondades de los libros de Asensi, y yo creo que podría hacerle ver ciertos encantos de la obra de Quiñones. Algún día, quién sabe. Salud,

A.

carlos dijo...

Sería un encuentro interesante, sin duda. Como tampoco tengo dudas de que Quiñones podría ser enriquecedor para mí y quién sabe si Asensi para usted.
Saludos