martes, 13 de enero de 2009

1.25 dioptrías

Desde la pasada semana los macarras del barrio no pueden pegarme, me he quedado sin excusa para no saludar a los conocidos que pasan por la acera de enfrente y no hay contoneo de caderas callejero que escape a mi alcance visual: tengo gafas. Camino de la Óptica, iba recordando un episodio dramático de El mar no baña Nápoles, de la Ortese: aquella pobre niña a la que le ponen gafas, haciendo la familia un gran esfuerzo económico, y luego resulta que están mal graduadas, y hay llantos para dar y regalar.
¿Cómo habrían quedado las mías? Y, sobre todo, ¿me cambiarían la vida? ¿Cambiarían al menos mi visión de las cosas? García Montero fue al oculista una vez y de ahí salió uno de sus mejores poemarios, Vista cansada. A mí, hasta el momento, sólo me ha servido para mantener una conversación un poco surrealista con mi amigo Miguelito, en Cádiz:
-¿Te acuerdas de una peli que se llamaba El hombre con rayos X en los ojos? -me preguntó.
-Sí, claro me acuerdo -le dije-. Un tipo que empezaba viendo a las chicas desnudas, y al final tenía que arrancarse los ojos, porque no soportaba ver tanto.
-Así era.
-Es más, recuerdo que la pusieron en la tele un sábado por la mañana.
-¡Es verdad, era un sábado por la mañana!
La memoria de los viejos, dice Aquilino Duque, es así: no sabes donde has puesto las gafas hace un momento, pero te acuerdas de detalles de hace 30 años: los que han pasado, ¡ay!, desde aquella emisión.
Pero mi anécdota favorita alrededor de este tema es una que me refirió mi querido Manu Pérez. Al parecer, conoció a un niño de cuatro o cinco añillos, al que llevaron a una revisión rutinaria de la vista. La conclusión fue que el chaval veía menos que un gato de escayola, porque tenía como cuatro o cinco dioptrías en cada ojo. Había pasado los primeros años de su vida envuelto en una espesa neblina. Cuando aquella criatura se puso sus primeros lentes, dijo una frase que ojalá pudiéramos proclamar cada día:
-¡Mamá, mamá, qué bonito es todo!

10 comentarios:

MMontiel dijo...

Ay, Luque, traes a tu blog un tema que toca muy de cerca mi sensibilidad... Desde los seis añitos yo también he tenido que ver el mundo a través de dos cristales que me han mostrado la belleza de las cosas... (también la otra cara de una realidad que a veces es preferible borrosa y distorsionada...). Ahora sí que entras a formar parte de quienes pueden entender cómo cambia el mundo con unos ojos nuevos. Bienvenido al club de los "gafitas cuatro ojos...", aunque siento decirte que lo tuyo no pasa del nivel inicial... Jajaja. Un abrazo, poeta.

alejo dijo...

Todo esto me ha recordado que para mí, de chico, el hecho de que a alguien le pusieran gafas tenía algo de accidente trágico. A mi musa de los cinco o seis años, que se llamaba Mari Vito, le escribí una carta de amor que empezaba con un pésame: "He visto que a tu madre le han puesto gafas, lo siento mucho...". Por suerte nunca llegué a entregarle la misiva, y hoy es una gran amiga mía. ¡Cosas! ¡Besos!

Patricia Miranda dijo...

yo no los necesito mucho pero me gusta usarlos sobre todo para estudiar! me gusta eso de ser una cuatro ojos!! jejeje
un chaludo!

alejo dijo...

¡Patri, tú aunque no los necesitaras nada, los usarías por coquetería! ¡Una variante que no se me había ocurrido! ¡Besos!

MMAANNUU dijo...

Hay Ale, tres días de estrés llevo desde que leí tu entrada y me di cuenta de lo siguiente, de alguna forma sabes quien es el autor de tan excelsa sentencia y el mérito tiene llevárselo quien lo merece, yo solo actué como mensajero. La frase es del hermano de Carolina, nuestra amiga "chilena", y su madre fue la persona que recibió tal impacto. Solo eso, al Cesar lo que es del Cesar, y para ti los vinitos que nos debemos desde la última vez que nos vimos, que ya hace mucho.

Ivan dijo...

Tú que crees que dije yo a los 18 años?

Pero mejor es la frase del oculista que me las puso a tan avanzada edad: -¿Este chaval nunca sale de casa?
-Pues sí- dijo mi padre - y monta en bici.
-Hay cosas inexplicables- concluyó el oculista.

Tenía 6 dioptrías en cada ojo.

(durante años me seguía quitando las gafas cuando iba al monte: para saltar, preferiblemente de noche, de roca en roca me sentía más seguro sin ellas. Era como ver con los pies.)

Ivan dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
alejo dijo...

Queda constancia del copyright, Manu. Y Appu, ¡eso de ver con los pies da para un poema! Gracias a todos por las aportaciones, y más abrazos!

juan carlos y marieta dijo...

Bienvenido al club de los miopes. Nos 'vemos' pronto. Ah, por cierto, dichosas lentillas.

alejo dijo...

Ya casi puedo ver desde aquí la hermosa villa de Gines, pero si nos acercamos un poquito, mejor. Besos para los tres.