Pues sí: por si no tuviera suficiente con tres teléfonos, dos cuentas de correo, una de MSN y el blog, he sucumbido a la tentación del facebook, ese divertimento burgués del que no tardaremos, también, en cansarnos. Lo que me interesa del invento es la posibilidad de reencuentro que presta, esa suerte de segunda oportunidad que nos brinda para retomar amistades extraviadas, quién sabe si también de revivificar amores marchitos y medio olvidados.
A mí me ha dado mucha alegría, por ejemplo, citarme de improviso en ese rincón virtual con Marcos-Ricardo Barnatán y su familia. Cuando terminé mis Palabras mayores y me dispuse a buscar prólogo, dudé entre pedírselo a alguna firma más o menos famosa, como Savater, o a quien no siendo tan célebre gozara de otra clase de prestigio. No me arrepiento nada de haberme decantado por la segunda opción. Barnatán, novelista y crítico de arte, argentino de cuna pero con el alma y el aspecto de un sabio de Sefarad, era y es el autor de la mejor biografía que hay sobre Borges en español, y por ello me atreví a pedirle unas líneas. No sólo no dudó en remitirme el texto deseado con sello urgente, sino que aceptó venir a Cádiz a presentármelo, y consintió la misma molestia en el acto similar que celebramos en la madrileña Casa de América.
El regalo de tener a Barnatán en mi ciudad fue, además, doble, pues vino acompañado de su esposa, Rosa Pereda. Maestra de periodistas, activa currante en el germen de El País, autora también de un montón de libros que van de la pintura a la política, Pereda -como la llama el propio Marcos- es una mujer sencillamente cautivadora. Puede parecer una tontería, pero la recuerdo muy a menudo cuando tomo un taxi: "el medio de transporte de los periodistas", me dijo cuando confesé que no tenía carné. Aún conservo con cariño en mi casita de Cádiz un tosco muñeco de palo que ella me regaló, comprado en la Plaza de la Catedral a un veterano heroinómano: yo no tiro nada que me evoque momentos felices.
Un par de veces visité la casa de los Barnatán en Madrid. La primera vez me abrió la puerta el hijo, Jaime, jovencito educado y sonriente, que hoy es una pujante figura del cine y la tele. Debutó, si no me equivoco, en El día de la Bestia, luego ha hecho muchas series y filmes, desde Torrente a El Comisario, y hasta sigue los pasos de sus progenitores haciendo pinitos literarios. Creo que me gané el respeto de una ahijada mía el día que le dije que yo conocía a Chuky, su personaje favorito en Los Serrano.
No hace mucho, Marcos-Ricardo Barnatán sufrió un infarto. Me alegra mucho que saliera de ese trance, y encontrármelo ahora de vez en cuando en la ventanita del carelibro, como dicen los colombianos. Pero no puedo olvidarme en esta enumeración familiar de la madre de Marcos, aquella señora adorable que me sorprendió con su visita cuando presenté mis Palabras mayores en Buenos Aires. Pensé que acudir a aquel acto era para ella una forma de estar cerca de su hijo, siquiera un instante, y de revalidar ese orgullo de madre cuando tocara oír su nombre seguido de los obligados elogios y gratitudes. Sentada en primera fila, yo la veía asentir con la cabeza y sonreír comprensivamente, como si dijera: "Sí, hijo, yo ya sé lo que es tener en casa a un chiflado por Borges".
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